Lenin, la Rusia americana y la colonización interior

Por Matthieu Renault.

n 1907, Lenin, exiliado en Europa occidental desde siete años atrás, confió a un allegado: “Conozco muy poco de Rusia: Simbirsk, Kazán, San Petersburgo, y eso es todo”[1]. Fue en Simbirsk (hoy Ulyanovsk), ciudad del sur de la “Rusia europea”, bañada por el Volga, donde nació y pasó su infancia. En cuanto a Kazán, centro cultural musulmán histórico y futura capital de la República Soviética de Tartaristán, situada un poco más al norte del río, se había trasladado allí en 1887 en compañía de su madre, hermanos y hermanas. Allí comenzó sus estudios de derecho en la Universidad Imperial, altas esferas del orientalismo científico ruso, antes de ser expulsado de él y forzado a abandonar la ciudad a causa de su participación en manifestaciones contra la burocracia zarista. La provincia de Kazán estaba por entonces compuesta por casi un tercio de tártaros y otras nacionalidades de habla turca, baskires (musulmanes) y chuvasios (cristianos ortodoxos). Aunque la conquista de la ciudad por Iván el Terrible, que ayudó a abrir “la vía a la expansión imperial hacia el sur y el este, databa de más de tres siglos (1552), las tensiones entre rusos y tártaros eran palpables, y Kazán daba en ciertos momentos la sensación “de ser una colonia remota donde el mantenimiento del orden obligaba al recurso a la violencia”[2].

Lenin no debió de haberse visto afectado en mayor medida por ello. La Universidad Imperial no acogía a casi ningún estudiante tártaro[3], y “las únicas organizaciones autorizadas por el ministerio eran las zemlyatchestva, agrupaciones de estudiantes conforme a sus orígenes geográficos”, el zemlyatchestvo de Simbirsk-Samara, en el caso de Lenin. Autorizado a regresar a Kazán en el otoño de 1888, se embarcó en lecturas políticas intensivas, prestando una dedicación muy especial a El Capital de Marx, intensificó sus contactos con activistas revolucionarios y se unió a círculos marxistas creados bajo impulso de Nikolai Fedoseyev[4]. En este entorno principalmente ruso (étnico), apenas tuvo oportunidad de relacionarse con los tártaros, menos aún de conocer sus crecientes aspiraciones y reivindicaciones nacionales. Estas estaban vinculadas principalmente al desarrollo del jasidismo, un movimiento de reformadores musulmanes modernistas, iniciado por Ismail Gasprinski (1851-1914), tártaro de Crimea, y cuya influencia se estaba expandiendo por todo el Imperio ruso, hasta Asia Central. Una línea divisoria, producto en gran medida del modo de gobierno imperial, separó a los marxistas de los jadid, jóvenes representantes de corrientes cuyos respectivos desarrollos eran contemporáneos y de amplitud parecida.

Es así como, bajo tan distinto prisma, se representan, subrepticiamente, las poblaciones musulmanas del Imperio en el primer gran libro de Lenin, terminado durante su exilio en Siberia: El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899). Refiriéndose a los ensayos de un tal Nikolai Remozov en la provincia de Ufa, Baskiria, ciudad situada a unos 1.300 kilómetros al este de Moscú, Lenin evoca, no sin entusiasmo, a “los “colonizadores” [rusos] que talan bosques para obtener madera y que transforman en fábricas de trigo los campos liberados de baskires ‘salvajes’”. Y añade sobre la marcha: “Esta es una porción de política colonial que no tiene nada que envidiar a cualesquiera de las hazañas de Alemania en cualquier lugar de África”[5]. Esta comparación, sorprendente a primera vista, ha de ser ubicada en el contexto más general de las ocasionales reflexiones del joven Lenin acerca de la expansión del capitalismo en los márgenes de la Rusia imperial. En la cita precedente, Lenin analiza la cultura comercial de los cereales cuyo corazón, dice, se desplazó de la “zona central de las Tierras negras” a las “provincias de las estepas y del Bajo Volga”, traspaso motivado por las grandes migraciones de población hacia el sur de Rusia tras la abolición de la servidumbre (1861): “Las estepas de las regiones fronterizas han sido colonizadas por la Rusia centroeuropea poblada desde hace mucho tiempo. La abundancia de terrenos vacíos atrajo a una masa de colonos que expandieron las superficies cultivadas a un ritmo acelerado”. Estas nuevas “colonias” suministran trigo a Rusia central, y a cambio reciben de ella sus productos manufacturados y mano de obra: “El desarrollo de la industria de Rusia central y el de la agricultura comercial de sus confines están […] indisolublemente vinculados y crean un mercado recíproco”. Este proceso, basado en una división estructural del espacio de producción entre centro y periferia no es otra cosa, asegura Lenin, que una ejemplificación de las tesis de Marx acerca de la “colonia capitalista” en el libro tercero de El Capital[6].

De todos modos, si hay una diferencia es porque en un país integrado recientemente en el concierto de las naciones capitalistas y sometido aún al feudalismo y, Lenin dixit, a “la dominación del modo de vida asiático”, la colonización económica camina con retraso en relación con la conquista política. Por esta razón, ésta se define como “colonización interior”, noción que probablemente toma prestada, más allá del lenguaje burocrático prusiano, de la historiografía rusa, en particular de un historiador a quien él se refiere en otra parte, Vassili Klutchevsky. Desarrollando los análisis de su predecesor, Sergei Solovyov, en la presidencia de la Universidad de Moscú, Klutchevsky declara que toda “[l]a historia de Rusia es la historia de un país que se coloniza. El área de la colonización se ha extendido al mismo tiempo que la del Estado”[7]. Para Klutchevsky, la historia de toda Rusia, incluida su región central, debe por tanto concebirse en términos de auto-colonización. En los términos de Lenin hasta el presente, la colonización interior es la propia de “un territorio donde quedan tierras desocupadas y no está plenamente poblado”. En una situación así, los campesinos, expulsados ​​de la agricultura en las zonas pobladas, no están condenados a engrosar las filas del ejército industrial o a irse al extranjero como es el caso de Europa occidental, y pueden también emigrar a “territorios nuevos” en el interior del país; por lo tanto, se trata de dos formas de desarrollo del capitalismo: un desarrollo “en profundidad” que hace “progresar” las relaciones capitalistas (industrialización) allí donde ya existen (en el centro) y un “desarrollo en extensión”, o “en anchura”, por expansión geográfica (hacia las periferias): “Y estos son precisamente los dos procesos que se están produciendo simultáneamente en Rusia desde la abolición de la servidumbre”[8].

Este “concepto de colonia”, prosigue Lenin, “se aplica incluso mejor aún en el caso del Cáucaso”, que ha experimentado un enorme poblamiento y donde la superficie de tierra explotada ha aumentado considerablemente. Este movimiento ha estado acompañado de la ruina de la artesanía local bajo el impacto de la competencia de productos importados del centro de Rusia y el extranjero. Esto selló inseparablemente “la decadencia del régimen feudal de Georgia y sus memorables banquetes” y generó una europeización tanto de mentalidades como de comportamientos, sinónimo de “civilización”, y simbolizado por la transformación de las modas indumentarias:

“El capitalismo ruso ha arrastrado al Cáucaso hacia la esfera de las transacciones mundiales, ha eliminado las particularidades locales que eran un vestigio del antiguo aislamiento patriarcal y se ha creado un mercado para sus fábricas. […] Monsieur Coupon [los capitalistas] ha despojado sin piedad a los orgullosos montañeros de su atuendo poético nacional para imponerles la librea de los lacayos europeos”[9], la vestimenta del proletario.

Lenin habría podido, además, reivindicar a Engels, quien, a pesar de su rusofobia notoria, había confiado a Marx en 1851 que “[l]a dominación rusa, […] a pesar de su sordidez, a pesar de toda la mugre eslava, tiene una influencia civilizadora en el Mar Negro y el Mar Caspio, en Asia Central y sobre los baskires y los tártaros”[10].

En Lenin, esta visión elogiosa del proceso de colonización no es de hecho otra cosa que la expresión, en términos de geografía marxista, de la convicción que es también la suya, y que hereda de la socialdemocracia alemana y de Georgi Plejanov, acerca del carácter fundamentalmente progresista del capitalismo a pesar  de los estragos que causa, de la “misión” que debe llevar a cabo hasta su final, el de dar a luz y hacer madurar las fuerzas que lo derrocarán. Esta visión se manifiesta en un otro ensayo, “Nuevas observaciones sobre la teoría de realización”, publicado en marzo de 1899, donde evoca, a la vez que la evolución histórica que llevó al desarrollo de la “gran industria mecánica” en los “viejos países” de Europa occidental, “la poderosa tendencia que empuja al capitalismo desarrollado a hacer suyos otros territorios, a poblar y dar relevancia a nuevas partes del mundo, a fundar colonias, a habituar a los pueblos salvajes al torbellino del capitalismo”. No había ninguna razón para que en Rusia fuera de otra manera, cuyo “período capitalista”, empeñado para bien en la abolición de la servidumbre, fue inseparablemente un período de colonización que está lejos de terminar: “El Sur y Sudeste de la Rusia europea, el Cáucaso, Asia Central y Siberia sirven por así decirlo de colonias para el capitalismo ruso y para asegurarle un crecimiento gigantesco no sólo en profundidad, sino también en anchura”[11]. Ni que decir tiene, subraya también en El desarrollo del capitalismo en Rusia, que “fenómenos análogos” están en marcha en las regiones periféricas rusas más lejanas, hasta los confines de Rusia, Asia Central y Siberia. En este sentido, el potencial expansivo del capitalismo ruso se manifiesta aún mayor que el de Europa occidental:

“Estudiar de forma un tanto completa el proceso de colonización de sus fronteras y la extensión del territorio ruso desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo requeriría toda una obra. Por el momento, nos limitaremos a señalar que gracias a la enorme superficie de tierras libres y accesibles a la colonización que tiene disponibles entre sus fronteras, Rusia se beneficia de condiciones particularmente favorables en comparación con otros países capitalistas”[12].

En 1907, revisando su Historia de Rusia, Klutchevsky añadió un apartado sobre las migraciones de principios del siglo XX, patrocinadas por el Estado zarista hacia Siberia, Asia Central y la costa del Pacífico, observando allí la manifestación última del proceso secular de colonización interior de Rusia[13]. Lenin, aunque acotando el uso de esta noción a la era capitalista, no dice nada distinto. Es desde esta perspectiva y sólo desde ella como entiende, siempre en concierto con Siberia, a los territorios coloniales de Asia Central como inmensos espacios “libres” para un poblamiento con fines de explotación de recursos naturales a gran escala, de extracción de valor. Estas densas latitudes, adheridas tardíamente al imperio y de límites imprecisos, vienen a perturbar el reparto entre “mercado interior” y “mercado exterior” en el que busca metodológicamente apoyo Lenin y cuyas fronteras se revelan porosas, movedizas:

“¿Dónde está entonces la frontera entre el mercado interior y el mercado exterior? ¿No es una solución mecánica tomar una frontera como criterio político de Estado? […] Si Asia Central es parte del mercado interior y el mercado exterior es Persia, ¿dónde ubicar a Jiva (Khiva) y Bujará (Bukhara)? Si Siberia es un mercado interior y China un mercado exterior, ¿dónde deberíamos colocar a Manchuria?”[14].

En el momento en que habla Lenin, el ejército imperial, aprovechando las consecuencias de la guerra chino-japonesa (1894-1895), se había embarcado en una vasta operación de invasión de Manchuria. En cuanto al emirato de Bujará y el Kanato de Jiva, habían sido anexionados respectivamente en 1868 y 1873 como parte de la conquista de Asia Central. Beneficiándose de su condición de protectorado de la Rusia imperial, no formaban parte administrativamente del Turquestán ruso, colonia cuya capital era Tashkent (hoy capital de Uzbekistán) y que fue puesta bajo la dirección de Gobernador general Konstantin von Kaufman, comandante de las tropas zaristas. Lenin no ignora en modo alguno que hasta el presente la tendencia económica expansiva, colonizadora, del capitalismo sólo puede manifestarse como un mundo de imperios, urdido de conflictos geopolíticos y guerras. Pero a sus ojos esto queda como una cuestión (política) de segundo orden, una pura y simple consecuencia, una prueba adicional de que el apetito de los capitalistas no conoce límite alguno: “Lo relevante es que el capitalismo no puede existir ni desarrollarse si deja de ampliar su esfera de dominación, si no coloniza nuevos países, si no arrastra a las antiguas naciones no capitalistas al torbellino de la economía mundial”[15].

En Rusia, como en las posesiones coloniales occidentales europeas existe, según Lenin, un indicador clave de la expansión capitalista, de su dominación espacial: el desarrollo de los ferrocarriles. Bajo el apremio de los capitalistas occidentales, que “lanzaron sus zarpas hacia […] Asia, donde por entonces sólo la India, una delgada franja de su periferia, estaba estrechamente vinculada al mercado mundial”, y que se embarcaron en una enloquecida carrera por la “construcción de vías férreas gigantescas”, los capitalistas rusos se esforzaron por establecer poderosas conexiones y relaciones de dependencia con sus más lejanas provincias: “El Ferrocarril Transcaspio” —que atraviesa el Turquestán ruso de este a oeste siguiendo el trazado de la Ruta de la Seda, y terminado en 1906 con la línea Moscú-Tashkent que favorecerá la afluencia de colonos— “ha “abierto” Asia Central al capital”. En cuanto al “’gran Transiberiano’ (grande no sólo por su longitud, sino también por la descontrolada malversación de fondos públicos cometida por los constructores, por la explotación abusiva de los obreros que lo construyeron)”, “ha abierto a Siberia”[16]. Lenin sabe que la industria ferroviaria es el lugar de la opresión más brutal, y que “la frenética caza a escala mundial de nuevos mercados desconocidos”, de la que aquella es punta de lanza, ha generado ya y en adelante una crisis destinada a agravarse cada vez más. Pero para él esta es la ley de hierro del capitalismo, una prueba de la que no se puede pretender escapar salvo arrullando espejismos, populistas u otros. El joven Lenin seguía fundamentalmente convencido de que nada podría detener la marcha irresistible de la colonización capitalista de las fronteras del Imperio ruso.

El tema de la colonización interior reaparecerá en Lenin el día después  de la Revolución de 1905, con motivo de los debates sobre la cuestión agraria que agitaban a la socialdemocracia rusa (marxista), ante el reto de la profundización de la revolución burguesa en curso. Lenin defiende entonces la “nacionalización de la tierra” que, lejos de ser sinónimo de restauración del modo de producción asiático como pretende Plejánov, es según él la única manera de “destruir todo el régimen medieval de propiedad territorial […] y de ‘limpiar’ toda la tierra para un nuevo modo de hacer valer una nueva explotación que responda a las demandas del capitalismo”[17]; este es el prerrequisito indispensable para la futura “socialización” de la tierra. Pero Lenin tiene muchos otros adversarios además de Plejánov, entre los cuales, además de las corrientes socialistas y liberales en competencia, están los “representantes de nacionalidades no rusas, de cuyo posicionamiento en la 2ª Duma (asamblea legislativa del Imperio ruso) él informa. Cita en particular a grupos musulmanes (tártaros, baskires, caucásicos del norte, kirguises) cuyos 28 delegados, pretendiendo “constituir más de veinte millones de la población total del Estado ruso”, reclaman la restitución de las “tierras enajenadas” en el marco del proceso de colonización interior. Tierras que, argumentan ellos, deberían constituir no un fondo estatal (nacionalización), sino un fondo agrario en “cada región” conforme a una lógica de municipalización. Algunos delegados condenaban en particular “el expolio de bienes Habous” inalienables (propiedad del clero musulmán), así como la prohibición a  musulmanes, tártaros en este caso, de asentarse en una parte de los territorios del Turquestán reservados a “personas de fe religiosa cristiana”. Y otros señalaban, contrariamente a las premisas de Lenin, la penuria de “tierra excedente”, de donde deriva el hecho de que el poblamiento ruso se tradujera sistemáticamente en “expulsión” de las poblaciones locales. La consigna de los delegados musulmanes era la siguiente: “La tierra debe pertenecer a los trabajadores según el principio de propiedad comunitaria”[18].

Lenin alega sin rodeos que esta cuestión, referida a los “derechos de las nacionalidades”, es de orden “político” y no tiene nada que ver con la cuestión agraria. Desde un punto de vista económico, la municipalización no es sino una estupidez “nacionalista-federalista”, que “no ha hecho más que servir a las tendencias nacionalistas de diversos grupos de la burguesía” y “fraccionar” al movimiento campesino a escala nacional “en pequeñas corrientes provinciales y nacionales”. Pretender sostenerla “mediante  consideraciones de acuerdo o no con las nacionalidades no es sino un argumento vulgar e irrelevante”: “Eso a nosotros no nos incumbe, nosotros (socialdemócratas) tenemos nuestros propios problemas. Un punto de vista así se coloca inevitablemente a favor de la burguesía nacionalista y de la pequeña burguesía”. El programa agrario del “proletariado socialdemócrata”, en lucha “contra la fuerza de la tradición, de los prejuicios, del provincianismo rutinario”, no debe en modo alguno ser influenciado por los intereses estrechos de las minorías nacionales[19]. Escuchen: estos últimos no podrían ser  los auténticos protagonistas cuya voz exigiera ser considerada aunque fuera para ser mejor combatida.

Las posiciones de los “nacionales” acerca de la cuestión agraria no conducen en modo alguno a Lenin a reconsiderar el “problema de la colonización”, al que él consagra una parte de su “Programa agrario de la socialdemocracia en la revolución de 1905-1907”. En todo caso, si hay alguna modificación, es en la medida en que para él el reto no es tanto describir la epopeya del capitalismo colonizador como señalar con el dedo las barreras que todavía frenan su expansión. Aunque todas “las cifras muestran claramente qué vastas son las extensiones de tierra de Rusia”, una amplia parte de entre ellas, acepta decir él, permanecen inutilizables, carentes de regadío. No obstante, esto no es más que un obstáculo secundario. El principal “obstáculo para una explotación económica racional de la masa de las tierras periféricas de Rusia” es la persistencia, en su centro, de latifundios feudales, herencias de  la servidumbre que mantienen “al campesinado ruso en un estado de embrutecimiento y que perpetúan […] los procedimientos y métodos de trabajo más atrasados de la tierra”, obstruyendo al mismo tiempo “el progreso técnico” y el “desarrollo intelectual de la masa campesina, el desarrollo de su actividad, su instrucción, sus iniciativas”, un espíritu de empresa sin embargo indispensable para la colonización de las tierras libres de los confines. La causa profunda de este mal reside en “las cualidades sociales de la puesta en valor en Rusia” más que en las “cualidades naturales de tales o cuales otras tierras periféricas”:

“Las numerosas deciatinas [antigua unidad de medida de superficie agraria rusa, equivalente a 5 o 6 metros cuadrados según el distrito] del Turkestán y en otros muchos rincones de Rusia ‘esperan’ la irrigación y toda una suerte de beneficios; ‘esperan’ también a que la población agrícola rusa se desembarace de las supervivencias de la servidumbre, del yugo de los latifundios de la nobleza, de la naturaleza ultra reaccionaria del Estado […]: Rusia posee un inmenso fondo de colonización que llegará a ser accesible a la población y a la cultura no solamente con cada avance de la técnica agrícola en general, sino con cada avance cumplido tendente a liberar al campesinado ruso del yugo feudal” [20].

Si para Lenin el desarrollo capitalista de Rusia sigue siendo sinónimo de europeización, pendiente de profundizar incluso también en la Rusia central todavía semi-asiática, en el presente él ubica el modelo de la agricultura avanzada no en Europa occidental, sino en los Estados Unidos. El interés de Lenin por el capitalismo agrario estadounidense se remonta, al menos, a su lectura de Agrarfrage de Kautsky (1899)[21], pero no fue hasta después de 1905 cuando hizo un uso sistemático de la comparación entre Rusia y EE UU. El desarrollo burgués de la economía agraria en Rusia, sostiene, es susceptible de tomar dos trayectorias: o la “reorganización de los dominios señoriales”, el camino de la “reforma”, o bien “la supresión del latifundio feudal”, el camino de la “revolución”: “Estas dos vías al desarrollo burgués objetivamente posible podríamos denominarlas la vía prusiana y la vía americana. Aunque estos dos ‘tipos’ ya se combinan en Rusia central, “donde conviven una al lado de la otra la explotación señorial y la explotación campesina”, la división colonial centro-periferia permite ver, “por así decirlo, una distribución espacial o geográfica de localidades donde predomina la evolución agraria de tal o cual modelo”. La expansión “americana” hasta las fronteras de Rusia a través de la colonización interior ha sido por otra parte más rápida que en “el centro atribulado por la persistencia de la servidumbre”. La evolución burguesa de Rusia, en toda su extensión, debe ajustarse al “modelo americano”, en lugar de seguir el ejemplo de los “Estados de Europa Occidental, que nuestros marxistas utilizan tan a menudo en sus comparaciones inconsecuentes y vulgares”, aun cuando en estos países “todo el territorio, en la era de la revolución democrática burguesa, ya estaba ocupado”[22].

Lenin defendió estas tesis hasta al menos 1915, cuando escribió un largo ensayo sobre el capitalismo estadounidense: Nuevos datos sobre el desarrollo del capitalismo en la agricultura –en el que se apoya en censos “notablemente detallados” del gobierno estadounidense, especialmente —algo que él ignoraba— un informe sobre la agricultura en el Sur elaborado por el intelectual y militante afroamericano W. E. B. Du Bois[23]. EE UU, escribe, “país en la vanguardia del capitalismo moderno”, constituye “el modelo y el ideal de nuestra civilización burguesa”. Es un país ejemplar en el sentido también de que se observan, sincrónicamente, todas las “formas de penetración del capitalismo en la agricultura” en el interior de un territorio unificado, de una “superficie gigantesca, […] apenas inferior a la de toda Europa”. EE UU constituye para Lenin un espacio en el que las diferencias territoriales-estatales europeas, con su densidad histórica, pueden ser proyectadas y reexaminadas desde el exterior. El “Norte Industrial” representa a Europa Occidental en América: “esas regiones más intensivas son las más típicas de los viejos países de Europa, desde hace mucho tiempo poblados y civilizados”; el Sur “antiguamente esclavista” presenta singulares similitudes con Rusia central, heredera de la servidumbre; en cuanto al “Oeste”, lugar de “colonización a muy gran escala”, su poblamiento y explotación ofrecen en muchos aspectos una hoja de ruta para la colonización interna de las periferias rusas, especialmente sus márgenes orientales, Asia Central y Siberia, densos territorios que constituyen una geografía que se asemeja más a la frontera estadounidense que al espacio de las estrechas fronteras de los Estados europeos occidentales. La geografía económico-capitalista de EE UU es la repetición espacial, en el presente, de la historia del capitalismo en Europa: “Una notable diversidad de relaciones que abarcan el pasado y el futuro, Europa y Rusia”[24].

Stalin difícilmente se equivocará, por tanto, cuando en sus Principios del leninismo (1924) afirma lo que para él ya no podrá ser cosa de afirmarlo más  tarde, a saber, que el “estilo del leninismo” combina dos características: “el impulso revolucionario ruso” y el “sentido práctico americano”[25]. Sin embargo, esto no hace de Lenin un panegirista del capitalismo estadounidense. Es cierto, dice, que la Guerra Civil y la abolición de la esclavitud “asestaron un golpe decisivo a las grandes propiedades esclavistas” y alentaron el desarrollo de la “pequeña agricultura comercial”, en particular de granjas pertenecientes a antiguos esclavos y cuya rápida multiplicación revela “la energía extraordinaria” que, con “el deseo de liberarse de los ‘propietarios de las plantaciones’ sigue manifestándose entre los negros medio siglo después de la ‘victoria’ sobre los esclavistas”; una revolución a la que fue incapaz de dar lugar la abolición casi contemporánea de la servidumbre en Rusia. Sin embargo, añade, hay que admitir el desarrollo no menos extendido en el sur de EE UU del sistema de aparcería, que combina el legado de la esclavitud con los métodos de opresión capitalista más avanzados. Los aparceros estadounidenses (sharecroppers), en su gran mayoría negros, son “medio esclavos” explotados “de manera típicamente rusa, ‘cien por ciento rusa’”. Los ex-siervos rusos, atrapados en las cadenas de los “servicios de trabajo” y encenagados en los latifundios, y los antiguos esclavos negros, todavía atados a las propiedades de las antiguas plantaciones, comparten un destino común[26].

Fue a temprana edad cuando Lenin descubrió la opresión racial en EE UU, no habiendo sido su libro favorito durante su infancia, si hemos de creer a sus biógrafos, otro que La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe[27]. En 1913, firmó un artículo bajo el título “Rusos y negros” en el que, justificando la comparación, que sabe sorprendente, entre una “nación” (rusa) y una “raza” (negra), subraya que, incluso si “[l]a emancipación de los esclavos americanos se llevó a cabo de una manera menos ‘reformista’ que la de los esclavos rusos”, la tasa de analfabetismo considerablemente mayor en el Sur (en la “Rusia americana”) que en el Norte (en la “no Rusia americana), entre los negros y también entre los blancos pobres y, más en general, la “situación de los negros de América”, “indigna de un país civilizado”, son la prueba de que si bien no puede haber emancipación sin profundizar en las relaciones capitalistas, “el capitalismo no puede ofrecer liberación completa, ni tampoco igualdad completa”. Y concluye: “!Vergüenza para Estados Unidos por la situación que hace padecer a los negros!…”[28]. Ese mismo año, durante de un nuevo episodio de su larga lucha contra los partidarios de la autonomía cultural nacional, en primer lugar el Bund (Unión General de Trabajadores judíos), declara que la condición de los negros en EE UU, en “los Estados del Sur, antiguamente esclavistas”, donde las escuelas están segregadas, es suficiente para demostrar que el proyecto de “nacionalización de las escuelas judías” en Rusia sólo puede contribuir a profundizar las desigualdades, y es por lo tanto profundamente reaccionario[29].

Tres décadas después, C. L. R. James elogió las tesis de Lenin sobre “la agricultura y la cuestión negra”, saludando la capacidad de su autor para resaltar la correspondencia de la evolución económica de dos sociedades situadas en las antípodas una de la otra y “tan acusadamente diferentes como la Rusia zarista y los Estados Unidos”[30]. No es menor el hecho de que la casi identificación que hace Lenin de los antiguos siervos rusos (más marginalmente los judíos de Rusia) y los antiguos esclavos negros americanos hace aún más evidente la casi ausencia, de un extremo al otro de sus reflexiones sobre colonización interna, de los pueblos autóctonos-indígenas de las periferias rusas, es decir, de los “nacionales”. Por delante incluso de Marx, quien había durante un tiempo coqueteado con la apología de la obra a la vez destructiva y (re)fundadora del colonialismo en Asia[31], los argumentos de Lenin sobre la colonización de los confines del Imperio ruso se hacen eco de la ideología (liberal-capitalista) de la expansión colonial en América, a la que John Locke había otorgado “credenciales de nobleza” dos siglos antes, y que partía de la premisa de la existencia de tierras vírgenes, deshabitadas o al menos sin explotar, terrae nullius que pedían ser ocupadas por individuos emprendedores, capaces de hacerlas fructificar para extraer el máximo valor del capital.

Las tierras (supuestamente) libres que Lenin ordenó poblar con una lógica típicamente colonial de la “puesta en valor” forma para él un mundo en el que apenas hay “indios” dispersos aquí y allá, los cuales, cuando no son “invitados” (como los Baskires “salvajes”) a dejar libres los campos para los colonos, están abocados (como los campesinos georgianos) a ser, no ciertamente eliminados, pero sí asimilados, desnacionalizados por relaciones capitalistas introducidas y reguladas desde fuera, desde el centro; mención especial para Asia Central, que es representada, al igual que Siberia, como una inmensa no man’s land. No es solo su “sentido práctico”, capitalista, el que Lenin toma prestado de EE UU, es inseparablemente su imaginario colonial. En esto, en última instancia, él no hace sino seguir los pasos del “padre del socialismo ruso”, cuya herencia también reivindica, Alexander Herzen, quien, en 1835, declaró:

“[¿Qué] es Siberia? Aquí hay una tierra que ignoráis por completo. He llenado los pulmones del aire helado de los Montes Urales; su soplo es frío, pero fresco y saludable. ¿Os dais cuenta de que Siberia es un país completamente nuevo, una América sui generis, precisamente porque es una tierra desprendida de origen aristocrático, una tierra que es hija de bandidos cosacos, que no guarda memoria de su ascendencia, y a donde llegan nuevos hombres, que hace la vista gorda a toda existencia pasada […]? Aquí, todos son exiliados y todos son iguales. […] Allí, [en la Rusia europea] la vida es más risueña y más esclarecida, pero las cosas más importantes son: la frescura y la novedad”[32].

Sin embargo, a este discurso, económico, de colonización interior, poco a poco se va a yuxtaponer otro, político, relativo al problema de la autodeterminación nacional, sin contradicción aparente a los ojos del propio  Lenin. Al menos así será hasta la Primera Guerra Mundial, que, quebrantando  sus últimas ilusiones acerca de la posibilidad de un desarrollo capitalista burgués, si no pacífico, al menos esencialmente lineal, abrirá el camino a esta nueva síntesis que constituirá la teoría del imperialismo.

Matthieu Renault es filósofo, especializado en los estudios poscoloniales

Nota: Este artículo es el capítulo 1 de L’Empire de la Révolution. Lénine et les musulmans de Russie, de Matthieu Renault, publicado por la editorial Syllepse en 2017. La introducción a este libro fue publicada en castellano en viento sur, 155, diciembre 2017, pp. 87-94. Accesible en https://vientosur.info/lenin-decolonial/

Traducción: viento sur

[1] Lenin, citado por Service, Lénine, op. cit., p. 294.

[2] Service, ibid., p. 115-116.

[3] Ibid., p. 117.

[4] Lenin, «Quelques mots sur N. Fédosséïev» [1922], Œuvres, t. 33, p. 465-466.

[5] Lenin, Le Développement du capitalisme en Russie [1899], Œuvres, t. 3, p. 269-270.

[6] Ibid., p. 269-270.

[7] Vasili Klutchevsky, citado por Jean-Louis Buer, La Russie, Paris, Le Cavalier bleu, 2009, p. 29 ; ver Vasili Klioutchevski, Histoire de Russie, 4 vols., Paris, Gallimard, [1904-1910], 1956.

[8] Lenin, Le Développement du capitalisme en Russie, op. cit., p. 594, 597.

[9] Ibid., p. 630-631.

[10] Friedrich Engels, citado por Safarov, “L’Orient et la révolution”, art. citado, p. 286.

[11] Lenin, “Nouvelles remarques sur la théorie de la réalisation” [1899], Œuvres, t. 4, p. 93.

[12] Lenin, Le Développement du capitalisme en Russie, op. cit., p. 632.

[13] Ver Alexander Etkind, Internal Colonization: Russia’s Imperial Experience. Cambridge/Malden, Polity Press, 2011, p. 67.

[14]Lenin, Le Développement du capitalisme en Russie, op. cit., p. 631-632.

[15] Ibid., p. 632.

[16] Lenin, “Les leçons de la crise” [1901], Œuvres, t. 5, p. 87. 17.

[17] Lenin, “Programme agraire de la social-démocratie dans la première révolution de 1905-1907” [1908], Œuvres, t. 13, p. 344-345.

[18] Ibid., p. 425, 428-429.

[19] Ibid., p. 432-433.

[20] Ibid., p. 260-267.

[21] Ver Lenin, “Le capitalisme dans l’agriculture (À propos d’un livre de Kautsky et d’un article de M. Boulgakov)” [1899], Œuvres, t.4, p. 133 y siguientes.

[22] Lenin, “Programme agraire de la social-démocratie dans la première révolution de 1905-1907“, Œuvres, op. cit., p. 251-254-55, 266-267.

[23] Ver “Lenin, V.I. (1870-1924)” en Gerald Horne et Mary Young (dir.), W. E. B. Du Bois, An Encyclopedia , Westport, Greenwood, 2001, p. 122.

[24] Lenin, Nouvelles données sur le développement du capitalisme dans l’agriculture. Primer fascículo. «Capitalisme et agriculture aux États-Unis d’Amérique » [1915], Œuvres, t. 22, p. 13, p. 16, 21-24, 57, 106.

[25] Stalin, citado por Jean-Jacques Lentz, De l’Amérique et de la Russie, Paris, Le Seuil, 1972, p. 91.

[26] Lenin, Nouvelles données sur le développement du capitalisme dans l’agriculture, op. cit., p. 22-23, 25, 36, 97.

[27] Service, Lénine, op. cit., p. 79.

[28] Lenin, “Russes et Nègres” [1913], Œuvres, t. 18, p. 565.

[29] Lenin, “De l’autonomie ‘nationale culturelle’” [1913], Œuvres, t. 19, p. 540.

[30] C. L. R. James, “Lenin on Agriculture and the Negro question” [1947], en Scott Mc Lemee (dir.), C. L. R. James on the ‘Negro Question’”, Jackson, University Press of Mississippi, 1996, p. 130-132.

[31] Karl Marx et Friedrich Engels, Du Colonialisme en Asie: Inde, Perse, Afghanistan, Paris, Mille et une nuits, 2002.

[32] Alexander Herzen, carta a  N. I Sazonov (18 de julio de 1835), citado por Mark Bassin, Imperial Visions: Nationalist Imagination and Geographical Expansion in the Russian Far East, 1840-1865, Cambridge/New York/Melbourne, Cambridge University Press, 1999, p. 65. Versión original: http://gertsen.lit-info.ru/gertsen/ letters/1832-1846/letter-41.htm.

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