Vocabulario ecosocial a través de lentes de movimientos de justicia ambiental

A pocos kilómetros de Barcelona, en dirección Francia, la Nacional II atraviesa la comarca, pueblo a pueblo. Aunque atravesar es un eufemismo.

 

Por Laila Vivas

os significantes —las palabras— interpretan y crean mundos, encarnando vidas. La oratoria y la escritura matizan sombras de atención, a través de las cuales sentimos, nos orientamos y compartimos. Sentidos individuales y colectivos, patrimonios culturales y legados de vida. Estos son bien merecedores de reflexión, sobre todo cuando la temporalidad actual pugna por la atemporalidad, las vivencias telaraña, con sus convulsiones aceleradas, su pérdida de memoria y de atención.

Aposentándonos sobre el término pacificación, Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria introducen alguna perspectiva ontológica. Ellos que, a través de la sutileza del vocabulario, fueron componiendo el vocablo de la guerra justa, entre los siglos XIII y XVI. Una de tantas prefiguraciones de la guerra, justificada mediante marcos “consensuados” y jurídicos de justicia. No es lícito hacer la guerra, siempre y cuando… dicen estos marcos.

Pero la racionalización del uso de la violencia puede llevar a violencias solidificadas y banalizadas, como sugiere Hannah Arendt, o a una externalización de la violencia para legitimarla. Incluso a la confusión. Menciona Ulrich Beck que “el certificado de no toxicidad niega el carácter tóxico de lo tóxico y se convierte así en visado para libre circulación del envenenamiento”.

Una violencia racionalizada se halla en el paradigma fósil. Un modelo inmensamente dependiente de recursos fósiles que predomina en los espacios públicos y del cual uno de sus iconos estrella es el coche. Así pues, desde la contemplación de des-racionalizar la apuesta política por el vehículo privado, seduce e ilusiona la armonía de las proyecciones pacificadoras.

Hogarizar lo urbano

Pacificar las ciudades implica destronar el imperio fósil, rediseñar carreteras para hacerlas vías de uso para peatones y ciclistas, y fomentar el transporte público. Hogarizar lo urbano. Poner el juego, la acogida, el encuentro y lo común en el centro. Pacificar frente a guerras banalizadas, modelos fósiles y extractivistas que se despliegan en los simbolismos urbanos.

Por ejemplo, durante la pandemia del cocvid-19, las ciudades vivieron momentos de convulsión. Desposeídas de su ritmo habitual y forzadas a ser habitadas desde una tempestuosa quietud, lo urbano adquirió nuevos sentidos y se abrieron brechas a imaginarla de forma diferente. En múltiples ciudades catalanas surgió Recuperem la Ciutat, un movimiento que concibe el derecho a una ciudad con menos coches, menos vías de tránsito y menos ruido. Con más espacios de juego, más lugares para usar y más comunidad.

Recuperar la ciudad para recrear posibilidades de vida y problematizar las dicotomías entre lo público y lo privado. Con estas pretensiones, la ciudadanía salió a la calle, protestando a la par que celebrando las posibilidades de una ciudad mejor. Bicicletadas, niñas pintando sobre el suelo con tiza y coreografías sentidas son algunas de sus expresiones.

Baix Maresme

En la comarca barcelonesa del Maresme, el movimiento se abrió paso gracias a un grupo de personas de diferentes municipios. Estas se organizaron para componer Recuperem el Baix Maresme, un movimiento que reclama la pacificación de una parte de la Nacional-II.

La Nacional-II es una carretera que, entre tramos de nacional y autovía, une Madrid y Francia, pasando por Barcelona. A pocos kilómetros de Barcelona, en dirección Francia, la Nacional atraviesa la comarca, pueblo a pueblo. Aunque atravesar es un eufemismo. La carretera sacude, impregna e interactúa con el Maresme. Forma parte de un imaginario del Maresme compuesto por varias barreras de acceso al mar: una carretera, vías del tren, puertos deportivos… Una comarca motorizada y actuaciones políticas que fomentan las urbanizaciones dispersas y el consumo de masas.

El coche acerca, pero aleja al mismo tiempo

Las demandas de Recuperem Baix Maresme provienen de distinciones sobre el espacio público, en los que el zumbido de coches no es aceptado como inevitable. Agnès Sabat, de Recuperem el Baix Maresme, explica el mito creado en torno a la comodidad del coche. El coche acerca, pero aleja al mismo tiempo. Fomenta modelos de consumo lejanos y dispersos, mientras retroalimenta un individualismo angustiante. La paradoja de la comunicación: cuanto más comunicados están los municipios, menos vida de barrio, menos interacción comunitaria, más soledad.

Sabat indica que pacificar las calles es una cuestión social, de clima, de salud y especialmente, de modo de vida. Las reivindicaciones de Recuperem el Baix Maresme hablan de reapropiar espacio para caminar e ir en bici, transformar la movilidad intraurbana e interurbana y mejorar el transporte público.

Este año, el Govern anunció la pacificación de la Nacional-II a su paso por el Baix Maresme. Este anuncio es fruto de una coyuntura de circunstancias, en las que la presión e imaginación de Recuperem el Baix Maresme es significativa. Aunque el movimiento sigue bien atento… Tal y como nos enseña el embrollo lingüístico, pacificar, pacto y pagar tienen la misma raíz. Cuentan desde el movimiento, que los planes iniciales de pacificación del Govern tienen un amplio margen de mejora. En ellos, el coche sigue siendo esencial y al mismo tiempo, no se ha abierto un proceso participativo.

Justamente, las soluciones a problemas socioambientales pueden engendrar nuevos problemas si la justicia social y ambiental no las caracterizan. Si el espacio sigue vislumbrándose como moneda de cambio para la acumulación perpetua y particularmente, si la planificación no se percibe como una cuestión política. Así, la acepción de pacificar no está definida. Recuperem el Baix Maresme trabaja por una pacificación en pos del derecho al espacio público. La atención centrada en ello va de la mano de identificar cuando pacificación y guerras justas invisibilizadas se dan la mano.

Sin sentido crítico y reflexivo, se pueden acomodar ideas en males mundanos y urbanos. Los sentidos de lugar, de vitalidad y de pertenencia de territorios y poblaciones auspician lo contrario. Y unas calles, un Baix Maresme, pacificado y vital es inmensamente posible.

Tomado de Elsaltodiario.com

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