Gaza, el Vietnam de la Generación Alfa

Por Jorge Majfud.

La lucha por los campos semánticos: la pluma y el fusil

Por un lado están los hechos históricos que todos, más o menos, conocemos. Por otro lado hay algo mucho más importante, que es la lucha dialéctica y la guerra narrativa. En otras palabras: la guerra psicológica.

En el caso de la Masacre de Gaza, ésta se divide en dos grupos: (1) un grupo insiste en sus discursos (o en los hechos) de que no todos los seres humanos son iguales. Es una convicción medieval, pre-ilustrada. Por entonces, la sola idea de que la vida de un noble y la de un campesino valían lo mismo provoca una carcajada unánime, incluso entre los campesinos. El otro grupo (2) insiste en el principio humanista de que todas las vidas valen lo mismo. Irónicamente, son estos últimos los acusados de apoyar el terrorismo y de ser racistas.

El humanismo y la Ilustración introdujeron el consenso (la idea estaba de forma difusa en los antiguos griegos y en los primeros cristianos) de que cada vida es igualmente valiosa. Esta idea, antes absurda, se convirtió en un paradigma. Pero, en lo hechos, se sigue demostrando que no todas las vidas valen lo mismo. La frase “todos los hombres son iguales” refinada en la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos, fue, a un mismo tiempo, una verdad teórica y una mentira práctica. Quienes la escribieron creían en la superioridad de “la raza blanca”, eran esclavistas y nunca dejaron de serlo.

Aunque los de abajo lograron tomar (siempre por la fuerza o a través de alguna lucha desigual contra el poder de turno) muchos derechos en base a esa teoría, la evidencia de los hechos no ha cambiado mucho. Cuando en enero de 2015 un grupo terrorista asesinó a 12 personas en París, una decena de líderes de todo el mundo, desde Nicolas Sarkozy, Francois Hollande y Angela Merkel hasta Benjamin Netanyahu y Mahmoud Abbas marchó del brazo por las calles de parís. Al frente de la misma marcha iba el presidente de Malí, Ibrahim Keita y el presidente de Nigeria, Mahamadou Issoufou. El mundo se embanderó con el lema “Je suis Charlie”.

Casi simultáneamente, Boko Haram asesinaba a cientos de personas en Nigeria, luego de otras masacres cometidas en ese mismo país el año anterior, con una estimación de 6.000 víctimas. No hubo marchas. No hubo lágrimas. La prensa apenas lo reportó. Eran negros y, tal vez peor que eso, eran pobres y vivían en uno de esos “países de mierda”, en definición del presidente Donald Trump.

Los muchos cientos de millones de muertos de los imperios occidentales casi no se mencionan en los libros de historia y mucho menos en los grandes medios.

 Hamás ataca Israel

Según una nota menor del Washington Post, entre enero y setiembre de 2023, 227 palestinos fueron asesinados por las fuerzas militares de Israel y por los colonos, que de forma impune suelen desalojar a los palestinos de sus casas y de sus granjas. Cuando no los matan, los secuestran bajo cualquier acusación con base al criterio de los soldados y del derecho israelí. Estas 227 muertes pasaron desapercibidas. No hubo marchas ni indignación de los medios y de los poderosos líderes del mundo. Nunca importaron. Eran nadies, eran animales, eran números, eran nada.

Luego del trágico 7 de octubre (seguirían muchos días mucho más trágicos que no serán adjetivados obligatoriamente como tales), aquellos que desde el principio condenaron las acciones bélicas de Hamás y del Gobierno de Israel han sido acusados de estar “a favor del terrorismo” por aquellos que solo condenan a Hamás y justifican el terrorismo masivo, histórico y sistemático del Gobierno de Israel.

Que la frontera más vigilada del mundo se deje invadir por un grupo de rudimentarios terroristas y que la respuesta del cuarto ejército más poderoso del mundo es tan poco creíble como que unos estudiantes saudíes de aviación hayan derribado las dos torres más vigiladas del mundo secuestrando aviones comerciales en los aeropuertos más vigilados del mundo, 22 años atrás. Además, que se tardasen horas en reaccionar y que, cuando lo hacen, sus pilotos en super aviones con super tecnología no alcancen a distinguir a los terroristas de Hamas de sus propios ciudadanos. El ejército de Israel dice saber todo de los túneles debajo de hospitales que bombardea sin piedad, pero no sabía nada de un cruce de los militantes de Hamas en busca de rehenes…

Luego la brutal reacción “de defensa contra los terroristas” que va dejando más de 11 mil inocentes masacrados, casi la mitad de ellos niños, sin contar los miles de desaparecidos bajo los escombros y los dos millones de inocentes con el más profundo Trastorno de estrés postraumático (TEPT) que se pueda imaginar. Cantera de “terroristas” si las hay.

Se bombardean áreas enteras, incluidos hospitales, escuelas y campos de refugiados bajo la excusa de que allí podría haber terroristas. La inteligencia israelí que no supo prever ni evitar la breve invasión de Hamás el 7 de octubre, afirma que sabe todo lo que ocurre en el subsuelo palestino. La culpa de que tantos niños palestinos mueran es de los terroristas de Hamás que los usan de escudo. Como lo resumió al célebre Primer Ministra Golda Meir medio siglo atrás, “nunca podremos perdonarle a los árabes por obligarnos a matar a sus hijos”. A esta lógica genocida y profundamente terrorista hemos llegado en nombre de (1) Dios, (2) la democracia, (3) la defensa propia y (4) la lucha contra el terrorismo.

En este momento, aparte del principio unilateral del “derecho a defenderse”, los reclamos pro-israelíes se centran en la liberación de los rehenes que quedan en manos de Hamas. Algo que apoyamos abiertamente. Pero ¿por qué no hablamos también del secuestro sistemático de palestinos por parte del ejército de Israel? Varios miles de ellos languidecen en las cárceles de Israel sin juicio y bajo la acusación de insultar o desobedecer las órdenes arbitrarias de sus soldados. O por tirar piedras al Cuarto ejército más poderoso del mundo. El mismo embajador israelí Gilat ErdanMiles ante la ONU levantó un ladrillo para demostrar la agresión de los palestinos. ¿a qué distancia puede un niño, o un adulto, arrojar semejante bloque de hormigón provisto con una sola mano? Muchos de los encarcelados son menores, es decir, secuestrados por un Estado extranjero, como es el caso más reciente de la joven Ahed Tamimi, junto con otros 7.000 rehenes palestinos que no son llamados así para no herir la sensibilidad del Occidente democrático y civilizado.

Dejemos por un momento las contingencias históricas del presente y detengamos en los conceptos centrales de este conflicto que no es sólo regional sino global―por sus causas y por sus consecuencias.

Sionismo

El sionismo se originó en la Inglaterra imperial del siglo XVII. Sus promotores fueron cristianos protestantes que creían que la segunda llegada de Jesús ocurriría en 1666, luego del retorno del pueblo hebreo a Palestina y su aceptación de Jesús como el Mesías. Es decir, luego de la conversión de los judíos al cristianismo. Nada nuevo.

Según la historiadora israelí y experta en sionismo de la Universidad de Tel Aviv Anita Shapira, los evangélicos sionistas transmitieron esta idea a algunas comunidades judías a mediados del siglo XIX, a pesar de la resistencia de los mismos rabinos a un nacionalismo judío desde principios de ese siglo. Según las últimas estadísticas, actualmente el sionismo está compuesto por un judío por cada treinta cristianos.

Los principales anti sionistas, desde sus orígenes, fueron judíos. Aún hoy lo son. Cuando los mismos palestinos se han hecho a la idea de una solución de dos estados, los judíos ortodoxos anti sionistas reclaman el desmantelamiento de todo el Estado de Israel, el cual consideran antijudío. Para ellos, el “regreso del pueblo hebreo” a su tierra no es un hecho político y menos militar sino un milagro de Dios. Como dice un dicho popular, “los sionistas no creen en Dios, pero están seguros de que fue él quien les dio la tierra”.

En la actualidad, uno de esos grupos de judíos anti sionistas es el Neturei Karta, fundado en Jerusalén en 1938. Por entonces, Hitler apoyaba la idea sionista como una forma de limpieza étnica voluntaria, algo muy similar a lo que ocurrió con los negros en Estados Unidos, luego de que Lincoln los convirtiese en ciudadanos con derecho a voto: muchos fueron “enviados de vuelta” a Haití y a África, donde fundaron Liberia. Algo similar a lo que pretende Netanyahu y sus apologistas con la molesta población palestina: que se vayan, que busquen refugio en algún otro país. De hecho, la diáspora palestina, de aproximadamente diez millones, desde hace más de dos décadas supera el número de palestinos en Palestina.

Otros judíos ortodoxos anti sionistas viven al norte de Jerusalén, en el barrio Mea Shearim, el cual tuve la oportunidad de visitar en los 90s, cuando parecía que judíos y palestinos estaban cerca de lograr un acuerdo. Días después de que dejé Palestina e Israel (luego de dos horas de interrogatorio en el aeropuerto de Tel Aviv), un fanático de extrema derecha asesinó al Primer Ministro Yitzhak Rabin, logrando su objetivo de destruir cualquier esperanza de convivencia.

De la misma forma que en el siglo IV los cristianos dejaron de ser perseguidos para convertirse en persecutores con su oficialización por parte del brutal emperador Constantino, los judíos (perseguidos, expulsados y demonizados por los cristianos en Europa por siglos) se convirtieron en persecutores luego de la Segunda Guerra mundial.

En 1975, la Asamblea General de la ONU determinó, en su Resolución 3379, que el “sionismo es una forma de racismo y discriminación”. Esta resolución fue revocada en 1991 como condición de Israel para su participación en la Conferencia de Paz en Madrid, la cual llevó a los Acuerdos de Oslo. Luego de una década, también estos acuerdos fracasaron, debido a que la realidad los asentamientos ilegales iba en dirección contraria a todas las promesas de independencia palestina.

El pueblo judío ha sobrevivido en la diáspora dos mil años en Asia, África y Europa. Ha sido expulsado y perseguido decenas de veces, sobre todo en Europa y en Estados Unidos antes de 1945. Nunca ha sido quebrado moralmente hasta que el Estado de Israel logró hacerlo.

Antisemitismo

A lo largo de casi todo el siglo XX, sobre todo después del Holocausto judío y de la creación de Israel, la acusación de “antisemita” se convirtió en una de las etiquetas más temidas por cualquier crítico de las políticas del gobierno de Israel. Este absurdo procede de la confusión estratégica entre sionismo y judaísmo. De la misma forma, todos los nacionalismos siempre secuestraron a pueblos diversos identificando sus decisiones políticas con un país entero. En tiempos de guerra, cualquier crítica fue y es vista como antipatriótica, ya que todo se reduce a la vulgar y criminal dicotomía de “ellos o nosotros”.

Benjamín Netanyahu justifica la propiedad de la tierra en base a un místico linaje étnico-racial que va más allá de los dos mil años. Quienes se oponen son calificados de antisemitas, lo cual es una referencia racial o, por lo menos, étnica. No sin ironía, Netanyahu y la mayoría de los israelíes tienen menos de semitas que los palestinos. Los israelíes modelos tienen tanto de semitas como los sionistas tienen de religiosos. Varios estudios genéticos han demostrado que aproximadamente la mitad del linaje genético de los judíos puede remontarse al antiguo Oriente Medio y la otra mitad a Europa.

Los palestinos no sólo son más semitas que los israelíes, sino que son el grupo genético más cercano a los judíos modernos. Sin embargo, han sido calificados por diversos integrantes del gobierno de Netanyahu como “animales de dos patas” y no pocos israelíes los consideran bestias inhumanas o, por lo menos, humanos de una casta inferior―solo que deben sufrir de una violencia física y moral mucho peor que los intocables en India.

La vieja estrategia que aplicaron los nazis contra los judíos en Europa: primero deshumaniza; luego suprime, como se suprimen ratas. Nada de esto es considerado antisemitismo, vaya el Diablo a saber por qué.

Una trágica paradoja más. Esta identificación del judaísmo con el semitismo y con el Estado de Israel ha desacreditado (cuando no criminalizado) a las izquierdas en todo el mundo, objetivo principal sus acusaciones de antisemitismo. Cualquier posición humanista que no vea ninguna diferencia de valor y de derecho entre la vida de un palestino y un israelí es fácilmente etiquetada de antisemitismo.

A ese absurdo hemos llegado―pero hay más. Al mismo tiempo, las extremas derechas se han convertido en bastiones proisraelíes. Basta con considerar la extrema derecha en Estados Unidos con su supremacismo blanco e, incluso, con diversos grupos neonazis, históricos campeones del antisemitismo. O la extrema derecha en Brasil, como el clan del expresidente Bolsonaro, obsesionado con las banderas israelíes y su causa evangélica―todo vuelve al origen. O, en momentos en que millones de personas marchan por todo el mundo en protesta contra la masacre en Gaza, en Paris Marine Le Pen, líder histórica de la ultraderecha francesa integrada por neonazis y fascistas, y Jordan Bardella, presidente del partido de ultraderecha Agrupación Nacional, organizan una marcha “contra el antisemitismo” de aquellos que se atreven a denunciar la brutalidad del cuarto ejército más poderoso del mundo sobre una población civil sin ejército y sin derecho a anda.

Claro que el actual pánico de los imperios decadentes no es sólo de la extrema derecha. Céline Pina, asistente parlamentario en el Senado de Francia, militante del Parti socialiste (PS), quien en 2016 comparó el velo islámico con un brazalete nazi, tomó natural partido en el conflicto de Gaza. Su razonamiento es una copia de todos los imperios occidentales que devastaron y asesinaron a cientos de millones de asiáticos, africanos y latinoamericanos, siempre en nombre de la civilización, del Mundo Libre y, una vez más, contra la invasión de las razas inferiores: “una bomba que explota, destruye y causa daños colaterales, sin duda matará a niños (palestinos). Pero estos niños no morirán teniendo la sensación de que la humanidad los ha traicionado. Todo lo que eran, tienen derecho a esperar. Lo que es horrible aquí es imaginar que los niños (israelíes) de 8, 9, 10 años, que esas pobres mujeres murieron llevándose como última imagen una imagen de inhumanidad, de atrocidad y desprecio por lo que eran. Aquí es donde está el crimen contra la humanidad”.

Todos los panelistas que la acompañaban en la TV Francesa estuvieron de acuerdo. Más papistas que el Papa.

Según el físico Hajo Meyer, sobreviviente de Auschwitz y judío anti sionista “en las escuelas de Israel se enseña racismo contra los palestinos, se adoctrina sobre el Estado, la sangre y la tierra, igual que los nazis me enseñaron en Alemania. El sionismo es una ideología nacionalista, racista y colonialista”.

En 2006, Mayer fue acusado de antisemita en Alemania por comparar la ocupación israelí de los territorios palestinos con el régimen nazi.

Pueblo elegido

Actualmente, el 70 por ciento de la población de Israel se cree elegida por Dios. Claro que esta elección habría ocurrido miles de años atrás, pero, a juzgar por las creencias y las políticas impuestas a fuerza de aviones cazas F-35 Lightning, esta preferencia sería hereditaria. Según las mismas encuestas, el diecisiete por ciento de los israelíes no cree en Dios―pero esto es un detalle.

La idea de ser parte de un pueblo elegido no es muy diferente a la idea de ser un profeta elegido por Dios o, aún más, ser un hijo de Dios. Sin embargo, desde un punto de vista moral y sociológico, hay diferencias abismales en sus prédicas y en sus prácticas.

Vamos por partes. La idea de profeta que domina el mundo hunde sus raíces en la cultura griega: profeta es aquel que puede predecir el futuro. En el Antiguo testamento, los profetas no tenían nada que ver con esto. El profeta era aquel que, sin miedo y sin adulación se atrevían a señalarle a su pueblo sus pecados morales. Profetas como Amos eran claros en su crítica sobre la avaricia de la clase dominante y sobre la inmoralidad de las injusticias sociales.

Para gran parte de la tradición cristiana, Jesús es el Hijo de Dios, pero no es difícil entenderlo también en esta misma línea. Jesús también fue un profeta que no ahorró críticas a las faltas morales y a la hipocresías de su propio pueblo. Por algo fue ejecutado como un reo común, junto con otros dos criminales de la época.

Ahora, su afirmación de ser el Hijo de Dios fue considerada por entonces demasiado arrogante como, de hecho, lo es que un pueblo se considere “el pueblo elegido de Dios”. Idea sugerida en el quinto y último libro de la Torah, el Deuteronomio, cuando el egipcio Moisés preparaba a su pueblo para entrar en tierra Prometida. Este libro, en realidad, fue escrito siglos después del violento ingreso y conquista de la tierra cananea.

Sin embargo, en el caso de Jesús, su afirmación no se traducía en un derecho especial para oprimir a otros pueblos, sino lo contrario. Aparte de recomendar un amor democrático e indiscriminado, incluido el amor a sus propios enemigos, Jesús afirmaba haber venido para sacrificarse por los pecados ajenos. Mito o realidad, la idea no tiene nada de egocéntrica o genocida, sino todo lo contrario.

El problema surge cuando la arrogancia de considerarse el pueblo elegido por (su) Dios implica derechos especiales y, además, el derecho de oprimir a algún otro pueblo. Pretensión que, además, en términos históricos, no es algo muy especial ni muy exclusivo. Según una encuesta de PEW, el 70 por ciento en Israel se cree elegido de dios. El 17 por ciento ni siquiera creen en Dios.

Esta idea de ser “el pueblo elegidos de dios” ha sido la norma en todas las auto narraciones nacionalistas de una gran cantidad de otras culturas. Por ejemplo, Huitzilopochtli, el dios guerrero de los mexicas (luego aztecas) le había ordenado a su pueblo elegido emprender un éxodo hacia el Sur en búsqueda de la Tierra Prometida. Allí donde viesen un águila matando una serpiente sobre un nopal sobre un lago debían tomar posesión. Claro que esta tierra ya estaba poblada y hubo que aplicar la regla del desalojo por mandato divino bajo la convicción de que eran ellos el pueblo elegido.

En otro continente, como para no extenderme mucho, la religión tradicional del pueblo masái del este de África sostiene que el dios Supremo y único, Ngai, los ha elegido para pastorear todo el ganado del mundo. Naturalmente, esta creencia se ha utilizado para justificar el robo de ganado a otras tribus.

Aun aceptando lo inaceptable (que un pueblo tenga derechos especiales sobre otro por haber sido elegido por su propio dios), cabría la posibilidad de preguntarse: ¿Haber sido elegido por Dios, significa poseer el derecho de oprimir y decidir sobre otros? ¿Es el Creador del Universo un bárbaro nacionalista que odia al resto de su propia creación?

Según la “Declaración de principios del judaísmo conservador” de la Asamblea Rabínica Sinagoga Unida de América que tuvo lugar en 1988 en Nueva York, la condición de pueblo elegido por Dios “lejos de ser una licencia para un privilegio especial, implica responsabilidades adicionales, no sólo hacia Dios sino también hacia nuestros semejantes… Nos obliga a construir una sociedad justa y compasiva en todo el mundo y especialmente en la tierra de Israel”.

No conozco ningún caso de un pueblo que crease una religión y afirmase que el pueblo elegido por su dios eran sus vecinos. Que lo dijeran los cristianos caucásicos se debió a que su nueva religión surgió de la misma tradición, del mismo libro de los hebreos. Claro que no iban a renunciar al canon ancestral de considerarse, a su vez, los elegidos. El cristianismo se apoderó de este privilegio de ser preferido de Dios a través de la demonización del original pueblo elegido: aquí el verdadero antisemitismo.

En una entrevista de 1981, el estudioso de los mitos Joseph Campbell dijo que, para él, la idea de un pueblo elegido era “un mito cristalizado de otro tiempo” donde el héroe adquiere un carácter colectivo.

Fue acusado de antisemita.

“Tenemos derecho a defendernos contra los terroristas”

Este derecho no corre para los ocupados sino para los ocupantes. Como dijo el periodista israelí Gideon Levy, “no conozco en la historia ninguna fuerza de ocupación que se haya presentado a sí misma como víctima de los ocupados”.

El ministro de patrimonio de Israel, Amichai Eliyahu, piensa diferente: “Todos aquellos que ondean una bandera de Palestina no deben seguir viviendo en este planeta”. Días antes había propuesto arrojar una bomba atómica sobre Gaza, a pesar de que Israel insiste en que no posee esas cosas o no sabe cuántas tiene.

La declaración de la ONU (Resolución 37/43 de la Asamblea General, 1982) reconoce y “reafirma la legitimidad de la lucha de los pueblos por la independencia, la integridad territorial, la unidad nacional y la liberación de la dominación colonial y extranjera por todos los medios disponibles, incluida la lucha armada”.

No obstante, cualquier resistencia de los pueblos nativos, cualquier resistencia palestina ha sido siempre calificada por los más poderosos medios como “terrorista”. Exactamente la misma distinción que Estados Unidos e Inglaterra otorgaron por décadas a Nelson Mandela y al Congreso Nacional Africano por sabotear el Apartheid de Sud África, régimen racista y opresor definido por Ronald Reagan en 1982 como “un aliado del Mundo Libre”. El mismo Nelson Mandela, en su visita a Gaza en 1999 fue claro al recordar su lucha contra el apartheid: “debemos elegir la paz antes que la confrontación, excepto cuando no hay salida; entonces, si la única alternativa es la violencia, usaremos la violencia”.

¿Los Palestinos no tienen derecho a defenderse tomando las armas? ¿Por qué no? El gobierno israelí ha dicho que los 11.000 muertos inocentes en Gaza (hasta ahora) no son inocentes. Que los multimillonarios bombardeos a los hospitales se debe a que debajo existen túneles de Hamás y eso justifica la masacre de los inocentes que están siendo tratados allí, incluso afirmando que “no hay inocentes”. ¿Por qué Hamás no podría decir lo mismo, sobre todo considerando que los israelíes tienen servicio militar obligatorio y suelen ir armados con AK-47 o similares hasta cuando van de compras a sus modernos y pulcros malls?

Para un humanista, es una lógica deprimente que se pueda aplicar a un lado o al otro de la maldita frontera. No lo es para los fanáticos que se consideran con derechos especiales o elegidos por Dios. No lo es para los poderosos que la aplican todos los días su inalcanzable brutalidad sobre los “animales de dos patas”. Cuando la practican esos animales, es terrorismo, y quienes no sufren esa brutalidad pero tienen un mínimo de coraje para cuestionar esta lógica genocida, automáticamente son demonizados como “antisemitas” o como “apologistas del terrorismo”. Esto, aparte de terrorismo de Estado, es terrorismo psicológico y mediático que se ejerce a lo largo y ancho en los ya seniles imperios modernos.

Para los fanáticos racistas, “nosotros somos especiales”. Somos “verdaderos seres humanos”, y ellos, “los palestinos, son animales” que deben ser exterminados. Esto no es una interpretación. Lo dijo el Primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu de forma explícita en uno de sus mensajes televisados, citando a un pueblo destruido hace dos milenios y medio, según la tradición bíblica, Amalec: “Ve, ataca a Amalec y destruye por completo todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres y mujeres, a niños y a bebés, a bueyes y a ovejas, a camellos y a asnos” (1 Samuel 15:3). Expertos en los textos bíblicos sostienen que Amalec nunca existió, pero para el caso esto es un detalle irrelevante. Como debería serlo casi todos los argumentos basados en manipulaciones religiosas para asentar el Derecho Internacional de unos pueblos a oprimir a otros.

Nuestro Vietnam

Poco después de iniciada la tan deseada destrucción de Gaza por parte de un primer ministro acosado por las denuncias de corrupción y de golpe de Estado judicial y parlamentario, Netanyahu advirtió por televisión a Irán: “lo mejor que pueden hacer es guardar silencio”.

¿De dónde procede esta arrogancia geopolítica sino del poder militar y financiero que todavía se estructura sobre el antiguo orden de los agonizantes imperios modernos? Durante los primeros días de la nueva masacre palestina, Occidente liberó 16.000 millones de dinero iraní, secuestrado en Estados Unidos, para que ese país no se metiera en lo que no le importa.

Existen muchas otras razones exógenas a la tragedia de los miles de niños masacrados solo en Gaza. Una especulación no probada aún (y a mi juicio algo débil) consiste en que Israel quiere retomar el proyecto del Canal de Ben Gurion. Este proyecto fue estudiado y detallado en los años 50 y pretendía unir el norte de Gaza con el Mar Rojo a fuerza de bombas atómicas para competir con el Canal de Suez, nacionalizado por Gamal Abdel Nasser en 1956, lo que llevó a un largo conflicto. Por entonces, Gran Bretaña, Francia e Israel atacaron a Egipto para recuperar el control del canal. Según Netanyahu, en realidad el proyecto de unir la frontera norte de Gaza con el Mar Rojo sería más bien una línea de tren de alta velocidad. Quién sabe.

Otra especulación, con mayor apoyo factual, señala el descubrimiento de gas y petróleo en las costas de Gaza. Aún más probable resulta la explicación del actual candidato a la Casa Blanca, el demócrata Robert Kennedy Jr.: “Israel es un baluarte para nosotros… es casi como tener un portaaviones en Medio Oriente. Si Israel desaparece, Rusia, China y los BRICS controlarán el 90 por ciento del petróleo del mundo y eso sería un cataclismo para la seguridad nacional de Estados Unidos”. La fuerza de este argumento radica en que es suficiente.

Meses antes mencionábamos sobre un “terremoto geopolítico” que no ha sido registrado por la gran prensa. No es necesario ser muy listo para advertir que la reconfiguración del poder geopolítico moviéndose de Occidente a Oriente traerá diversas reconfiguraciones y conflictos, desde África y América Latina hasta la por el momento olvidada guerra de la OTAN en Ucrania. El conflicto israelí-palestino ha sido clave desde hace casi un siglo y lo será aún más.

Es más que probable que los servicios de inteligencia estadounidenses, europeos e israelíes tengan este dato caliente sobre la mesa. No creo que haya un mínimo espacio para la duda. Los documentos desclasificados para entonces, si queda alguno, revelarán que la idea y el objetivo más urgente es el siguiente: el mundo será mucho más difícil de manipular a nuestro favor en 2040; así que, hagamos lo que podemos hacer ahora que podemos, o renunciemos a nuestros objetivos para siempre. Entre esas urgencias está el uso y abuso de la creación de dólares antes que la divisa verde sea abandonada como divisa global y refugio del miedo ajeno. Antes que el abuso del recurso inaugurado por Richard Nixon en 1971 genere una hiperinflación aún mayor a la producida en los 70s, en el país que emite y administra la ficción monetaria para mantener al resto en estado de endeudamiento y producción.

El conflicto israelí-palestino es otro de esos objetivos urgentes antes de perder el control absoluto. Es decir, estamos en un escenario de múltiples “soluciones finales”, estilo Alemania perdiendo la Segunda Guerra, pero a una escala mucho mayor y a lo largo de un tiempo mayor. Como solución a la crisis humanitaria de Gaza, Israel propone, sin pudor, que los palestinos sobrevivientes a la masacre sean recibidos como refugiados en otros países, confirmando el plan original de limpiar el área de esos incómodos animales.

Como es la norma, las encuestas fraguadas se venden como pan caliente. Los manipuladores no solo hackean las opiniones de los pueblos sino, cuando éstas no son lo que se espera, hackean los resultados. Algunas suelen ser más confiables por la trasparencia de su metodología. Una de esas encuestas de 2021, realizada por el Instituto del Electorado Judío (JEI) entre votantes judíos, reveló que una cuarta parte de los encuestados coincidieron en que Israel es un Estado de apartheid. Para 2023, según PEW, la mayoría de los judíos estadounidenses no apoyaban la ayuda incondicional a Israel y solo estaban dispuestos a respaldar los miles millones de dólares que Washington envía cada año a Tel Aviv bajo la condición de que esta ayuda no se utilice para promover la ocupación israelí de los territorios palestinos. Como bien dice el dicho, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno.

Como consecuencia de la masacre en curso de los gazaríes, diferentes grupos judíos se organizaron y marcharon en protesta contra la brutalidad de Israel. Decenas que se manifestaban en Nueva York contra los más de diez mil muertos en Gaza, fueron arrestados. Otra decenas de Jews For Ceasefire (Judíos por el alto al fuego) fueron arrestados por protestar frente a al consulado israelí de Chicago. Entre estos grupos están los judíos anti sionistas hasidistas.

Palestina será el Vietnam de la nueva generación en Occidente. Como Vietnam, no cambiará la geopolítica global, porque ésta recorrerá otros caminos, pero cambiará la forma en que una generación percibe la narrativa dominante. El cambio radical tomará más tiempo y sobrevendrá con al nuevo equilibrio o desequilibrio geopolítico a partir de mediados de este siglo. Más bien antes.

Tomado de rebelion.org

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