Desde Brasil, André Freire*- Extrema derecha: crecimiento, resiliencia y normalización(II Parte)

Parte II: avanzar en la comprensión política, ampliar la lucha contra el fascismo en nuestro tiempo

André Freire*, redacción

Además de identificar la dinámica de crecimiento de las alternativas de extrema derecha en diversas regiones del mundo (ver la primera parte de este artículo), también es importante comprender el proceso de verdadera normalización de su agenda política ultrarreaccionaria y su presencia en los gobiernos, ya sea ejerciendo un rol mayoritario o formando parte minoritaria en administraciones de la derecha tradicional.

Lea también: Extrema derecha: Crecimiento, resiliencia y normalización – Parte I

La Unión Europea convive hoy, especialmente en el contexto de la Guerra de Ucrania, con varios gobiernos liderados por la extrema derecha, principalmente en Italia, Polonia y Hungría. También hay nuevos gobiernos en Finlandia y Suecia, encabezados por partidos de derecha pero en alianza con partidos de extrema derecha.

Habrá que esperar al resultado de las elecciones en España, previstas para el próximo domingo, para saber si la tendencia de acuerdos para la formación de gobiernos nacionales entre partidos de la vieja derecha y partidos de la extrema derecha llega también a la Península Ibérica. Recordando que ya hay varios acuerdos en administraciones autonómicas entre PP y VOX. También en Portugal, el PSD, principal partido de la derecha tradicional, mantiene un acuerdo de gobierno regional con Chega, en las Islas Azores.

Este proceso de normalización lo podemos identificar también en el Continente Americano, ya sea en la consolidación de una mayoría de extrema derecha en el Partido Republicano estadounidense, incluyendo directamente a grupos neofascistas; es decir, en Brasil, cuando estaba en vigor el acuerdo Centrão entre Arthur Lira y el gobierno neofascista de Bolsonaro.

Pero, además de la composición de los gobiernos, se puede identificar una normalización en cómo las propuestas de la extrema derecha han sido tratadas en los medios económicos, en las redes sociales e incluso en los espacios de poder. Los permanentes ataques a los derechos de los inmigrantes, en especial los de color, las mujeres, los hombres y mujeres negros y la comunidad LGBTQIA+ y los Pueblos Originarios, ya no son tratados como absurdos, que no pueden ser aceptados en regímenes democráticos, sino que se debaten como propuestas totalmente normalizadas, parte integral de la disputa política banal.

¿Qué factores pueden explicar esta situación?

Sin embargo, además de identificar el proceso de crecimiento, resiliencia y normalización de la extrema derecha en diversas partes del mundo, también es fundamental avanzar en la comprensión de las razones que explican la existencia de este proceso.

Ya está claro que la explicación no reside sólo en elementos meramente circunstanciales o efímeros, el resultado de los resultados electorales, o incluso las realidades específicas de uno u otro país. Por ejemplo, hay elecciones que gana la extrema derecha, otras las pierde (de hecho, la mayoría de las veces sigue perdiendo), pero hay una dinámica de consolidación de influencia masiva de organizaciones de extrema derecha en varios países de distintas regiones, incluyendo directamente a organizaciones neofascistas.

Las organizaciones de extrema derecha siempre han existido. Lo nuevo no es su existencia, sino el gran peso político-electoral que comenzaron a adquirir y sostener. Y este proceso se ha ido consolidando como un factor destacado, al menos en la última década. Por lo tanto, es erróneo identificarlo con un elemento solo de una coyuntura específica.

Su explicación hay que buscarla en elementos más permanentes, presentes en la coyuntura política, en un marco más prolongado de giro reaccionario, en buena parte del mundo. No hay un factor único, pero sí algunos elementos que se pueden enumerar, con hipótesis iniciales para una explicación de la permanencia de la extrema derecha como una de las fuerzas políticas más dinámicas en la actualidad.

La crisis de la economía capitalista, especialmente de 2007-2008, que con variaciones coyunturales, aún no ha sido revertida hasta el día de hoy, trayendo graves consecuencias sociales para los explotados y oprimidos; La profundización de la crisis climática y ambiental, con graves hechos que se suceden hoy de forma descontrolada, trayendo más miseria y sufrimiento, especialmente a los pueblos más pobres y oprimidos; la pandemia del Covid-19, con el recrudecimiento de la crisis económica y social, que ya venía ocurriendo antes; y la Guerra de Ucrania, con sus terribles efectos sobre los países directamente implicados, pero también sobre el importante empeoramiento del nivel de vida sobre todo en Europa; y, por último, pero no menos importante, el crecimiento de los conflictos geopolíticos, con la búsqueda incesante de una división del mundo en dos bloques opuestos,

La combinación de todos estos elementos llevó a la burguesía y al imperialismo a intensificar los ataques a los explotados y oprimidos, con énfasis en los llamados planes de austeridad, que no son más que una radicalización de la agenda neoliberal anterior. Ante la intensificación de estos ataques, hubo una fuerte reacción de los movimientos de explotados y oprimidos en diversas partes del mundo. En diferentes momentos, podemos destacar algunos de estos movimientos: Occupy Wall Street, la Primavera Árabe, los Indignados en España, la Juventude À Rasca en Portugal, las luchas e insurrecciones en varios países latinoamericanos, entre otros procesos.

Estos movimientos fueron, en general, derrotados por la represión estatal y/o desviados por la acción consciente de los regímenes políticos, gobiernos y organizaciones reformistas. Pero lo que luego se demuestra es la opción de importantes sectores de la clase dominante de apoyar, incorporar o visibilizar alternativas políticas de derecha más autoritarias, para imponer mejor sus planes de ajuste económico, echando todo el peso de la crisis sobre los hombros de los trabajadores y el grupo de los explotados y oprimidos.

El apoyo de la burguesía, o de sectores expresivos de esta clase social, ya sea en países centrales o periféricos, a organizaciones de extrema derecha es un hecho innegable. Otro factor importante es la gran visibilidad y normalización que el llamado poder mediático, ya sean los medios corporativos o las grandes empresas de comunicación que controlan las redes sociales, le han dado a la extrema derecha y sus propuestas reaccionarias.

Y, por último, también cabe señalar la total incapacidad de los sucesivos gobiernos para hacer frente al recrudecimiento de la crisis ambiental, económica y social, que asola a la mayoría de las poblaciones. En este cuadro de fracaso hay que incluir gobiernos de los llamados sectores progresistas, como Syriza en Grecia, el gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos en el Estado español y los gobiernos llamados progresistas en América Latina en la última década. Por eso es tan importante que gobiernos, como el de Lula hoy, enfrenten efectivamente la resistencia de los sectores más reaccionarios y cumplan sus promesas de campaña, en el sentido de mejorar significativamente la vida de los trabajadores.

Formas de ampliar la lucha.

Avanzar en la comprensión de este proceso solo tiene sentido práctico para las organizaciones de izquierda y los movimientos sociales si se trata de ampliar y fortalecer la lucha contra estas organizaciones de extrema derecha.

La principal diferencia entre las organizaciones de extrema derecha y las organizaciones de la vieja derecha no radica en el plano económico. En general, estas organizaciones coinciden en defender una agenda ultra neoliberal, ataques a los derechos sociales y económicos de la mayoría del pueblo. La principal diferencia radica, de hecho, en la cuestión del régimen político.

La extrema derecha, en especial las organizaciones directamente neofascistas, defienden romper los ya exiguos límites de la llamada democracia liberal, para imponer sus planes de atentar contra los derechos sociales y democráticos de los explotados y oprimidos y destruir la izquierda y los movimientos sociales.

Por tanto, ambos proyectos son capitalistas. Pero los gobiernos de extrema derecha y/o con participación de la extrema derecha se vuelven aún más peligrosos para quienes luchan por un mundo más justo e igualitario. Después de todo, además de imponer sus planes económicos, pueden derrotar significativamente, e incluso intentar destruir, las organizaciones políticas que representan los intereses de los explotados y oprimidos. Por lo tanto, tiene sentido concreto una política que coloque la lucha por derrotar a las organizaciones de extrema derecha como una prioridad para la izquierda y los movimientos sociales.

Esta lucha debe resaltar siempre la lucha política e ideológica contra las propuestas de la extrema derecha, en especial los terribles ataques que realizan contra los derechos políticos, democráticos y sociales de los sectores más oprimidos de la sociedad. Mujeres, negros y negras, pueblos originarios, comunidad LGBTQIA+, inmigrantes, son los principales objetivos de la extrema derecha en todo el mundo. Y, aun por eso, pero no sólo, la lucha en defensa de los sectores más oprimidos de la clase obrera no puede quedar relegada a un segundo plano.

Otra controversia fundamental es sobre la urgencia de enfrentar la crisis ambiental y climática como una prioridad. Muchas organizaciones de extrema derecha se caracterizan por defender una posición de negacionismo climático y defender una política de intensificación de la destrucción del medio ambiente.

La lucha contra la extrema derecha debe tener prioridad en la lucha concreta, porque es en este terreno donde estratégicamente podemos derrotar estas alternativas. Por eso, la búsqueda de la construcción permanente de un verdadero frente único que una a los movimientos sociales y la izquierda sigue siendo una prioridad para enfrentar en las calles, con movilizaciones y paros, a las organizaciones de extrema derecha y su agenda ultrarreaccionaria.

En la construcción prioritaria del frente único de los explotados y oprimidos de nuestra clase, también debemos estar abiertos a unidades de acción más específicas, que involucren incluso a sectores burgueses que se oponen concretamente a la agenda autoritaria y antidemocrática de la extrema derecha.

El enfrentamiento político con la extrema derecha debe darse en todos los espacios. Nuestra prioridad siempre es darle acción directa a esta lucha, pero es un grave error no darle importancia a las disputas electorales. Al fin y al cabo, ya sea por el reflujo de los movimientos o por la acción de los aparatos políticos derechistas y reformistas, este proceso de disputa se canaliza la mayoría de las veces hacia las elecciones.

La gravedad del momento exige, sobre todo de las organizaciones de izquierda socialista, generalmente minoritarias, ponerse a disposición de confluencias unitarias de izquierda más amplias en los procesos electorales, sin dejar de defender un programa anticapitalista y la independencia política de la clase obrera y sus organizaciones. Esta es una vía necesaria para mantener y ampliar la audiencia política de las propias organizaciones socialistas, buscando siempre desempeñar un papel útil en la lucha prioritaria contra la extrema derecha y en defensa de los derechos de las mayorías.

*André Freire:es historiador y miembro de la Coordinación Nacional de Resistência, tendencia del PSOL (Partido Socialismo y Libertad).

Fuente: Esquerda Online

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