Ciencia ciudadana, la nueva revolución científica

Por Jaime García Gila

Si los siglos XIX y XX fueron los siglos de la física y la biología, lo que llevamos de siglo XXI destaca por ser el siglo de los datos.

Como si de petróleo, silicio o acero se tratara, hoy en día, los datos se han convertido en una «materia prima» de gran utilidad y muy alta demanda. Los datos se recopilan y almacenan de forma masiva para generar grandes bases de información. Estas son empleadas por numerosas compañías para elaborar complejos modelos descriptivos y predictivos que sirven para conocer los intereses de la población, y así, ajustar sus modelos de negocio a la demanda de productos, servicios e incluso de preferencias políticas.

La recopilación masiva de grandes cantidades de datos o Big Data ha supuesto, por ende, una revolución a la hora de entender el funcionamiento de la sociedad, siendo posible gracias al auge en las últimas décadas de las Tecnologías de la Información y la Comunicación —conocidas como TIC’s—. Dentro de las TIC’s destaca un elemento sobre todos los demás: el smartphone o teléfono inteligente. En los países desarrollados, prácticamente la totalidad de la población cuenta las veinticuatro horas del día con uno de estos dispositivos en su bolsillo, que es, en esencia, un recolector de datos; lo que convierte a cada ciudadano, sin darse cuenta, en una valiosísima fuente de información.

Sin embargo, la recopilación masiva de datos a través de teléfonos inteligentes no solo ha cambiado ámbitos como el marketing, la ingeniería social o el desarrollo de productos, sino también el de la ciencia.

Desde hace al menos veinte años, y de una forma mucho más evidente desde la aparición del teléfono inteligente, se ha implantado una tendencia a nivel mundial dentro del ámbito científico conocida como Ciencia Ciudadana. Esta, no es más que un nuevo tipo de producción científica, mucho más democrática, ya que hace partícipe de forma consciente y voluntaria a una gran red tejida por ciudadanos repartidos por todo el globo. Lo que consigue que, cualquier persona, independientemente de su estatus social o lugar de procedencia, pueda poner a disposición de la comunidad científica su inteligencia o sus recursos tecnológicos.

La Ciencia Ciudadana podría considerarse una nueva revolución científica, y es que la participación de la sociedad civil en la recolección, verificación, análisis e intercambio de datos hace posible que la ciencia adquiera unas dimensiones e interconexiones globales nunca antes vistas.

Hace menos de un siglo que la imagen del científico ermitaño —casi loco—, embutido en su bata blanca y absorto en sus experimentos en un frío laboratorio quedó atrás. La ciencia ha derivado, por complejidad, en grupos de investigación amplios, en ocasiones repartidos por varios países y conformados por personal multidisciplinar. Sin embargo, faltaba algo. La ciencia seguía siendo inaccesible para aquellas personas ajenas al mundo académico, por lo que en la recolección y tratamiento de datos estas quedaban excluidas.

En la actualidad, esto está cambiando. Con la Ciencia Ciudadana la democratización de la ciencia ha dado un gran paso adelante. Ahora, cualquier persona puede participar en la larga cadena de generación de conocimiento, lo que ha puesto en evidencia —con sus sombras— las numerosas ventajas que ello conlleva.

Por un lado, si, por ejemplo, un grupo de investigación quisiera conocer la distribución de una avispa invasora con una picadura de alta letalidad a lo largo de un continente, y otro distinto, los niveles de contaminación sonora de varias ciudades europeas, ambos grupos se enfrentarían a un grave problema: el esfuerzo de muestreo. El esfuerzo de muestreo no es más que la cantidad de tiempo, material y personal humano necesario para la toma de un número de datos suficientemente representativo de la realidad, que permita llegar a unas conclusiones fiables. Estos supuestos grupos de investigación tendrían que dedicar gran parte de su tiempo y presupuesto a desplazamientos, colocación de trampas y dispositivos de medición. Todo esto, además de ser en muchos casos inviable desde un punto de vista económico, retrasaría la obtención de datos, su interpretación y la toma de decisiones. Quizá, en el caso de la investigación sobre la contaminación sonora, la rapidez no sería el factor fundamental, sino elaborar un plan de gestión individualizado que se adecue a las necesidades de cada ciudad; pero en el caso de la distribución de la avispa invasora sí. Conocer con celeridad sus zonas de expansión y la velocidad con la que esta se produce, podría ser clave a la hora de elaborar una estrategia de erradicación antes de que la invasión sea imparable —como lo es en la mayoría de los casos.

Sin Ciencia Ciudadana, tanto la elaboración del plan de erradicación como el de gestión sonora sería muy costoso y, probablemente, inviable. En cambio, disponer de una red de ciudadanos con acceso a un teléfono inteligente que cuente con cámara fotográfica, GPS y grabadora de audio, cambia las cosas. Ahora, ambos grupos de investigación, tras elaborar un sencillo protocolo de identificación y obtención de datos, dispondrían de un ejército de ciudadanos interesados en los proyectos, fotografiando y geolocalizando los nidos de la fatal avispa o grabando el ruido del tráfico antes de entrar al supermercado. De esta forma, quedaría a disposición de los científicos una cantidad masiva de datos de forma rápida y fiable, pudiendo dedicar sus esfuerzos a la tarea de discriminación, análisis, publicación de los datos y toma de decisiones.

Estos casos, expuestos a modo de ejemplo, ya se están realizando hoy en día. El Fondo de Información Global sobre Biodiversidad o GBIF (www.gbif.org) reúne actualmente más de dos billones de registros biológicos —sobre cualquier grupo taxonómico— utilizados en casi ocho mil artículos científicos, donde más del 50% de los datos procede de la localización e identificación de especies biológicas a través de la Ciencia Ciudadana. Del mismo modo, la plataforma NoiseTube (www.noisetube.net) lleva desde 2008 monitoreando y elaborando mapas de la contaminación sonora en diferentes ciudades a nivel mundial, empleando los datos recopilados por los ciudadanos usuarios de la aplicación.

Por otro lado, la participación de la sociedad en la ciencia a través de la Ciencia Ciudadana no solo no queda limitada a la obtención de datos, sino que también está permitiendo ampliar el poder computacional de los grupos de investigación.

Si a un científico informático de mediados de los años ochenta le enseñáramos el nivel tecnológico alcanzado en los computadores actuales, no podría hacer otra cosa que deleitarse con la enorme cantidad de tareas de complejos cálculos para las que podría emplearse en aras del progreso. Sin embargo, la realidad hoy en día es que la mayoría de los computadores de uso personal, aun portando procesadores y tarjetas gráficas de muy alto rendimiento, son usados para tareas de bajos requerimientos como la visualización de películas o la lectura de libros y prensa electrónica; o tareas de altos requerimientos, pero de carácter lúdico, como los videojuegos. Estando estos computadores la mayor parte del tiempo apagados, sirviendo, fundamentalmente, como recogedores de polvo o adornos de estilizados ángulos sobre el escritorio.

Pero la realidad es que la Ciencia Ciudadana está cambiando este escenario. Ahora, se puede «donar» altruistamente la potencia de cálculo que no se usa para convertir el computador personal en una herramienta útil para la ciencia. Es decir, no se contribuye con datos, pero sí con recursos tecnológicos. Y es que a través de plataformas como BOINC (https://boinc.berkeley.edu), se pueden encontrar proyectos científicos de gran relevancia necesitados de poder computacional.

Uno de estos proyectos, aunque ya finalizado en 2020, fue el proyecto SETI de la Universidad de Berkeley, que empleaba radiotelescopios de gran potencia para la búsqueda de mensajes extraterrestres entre el ruido de fondo galáctico. La cantidad de datos registrada por los radiotelescopios fue tan enorme que, incluso empleando los potentes servidores de la universidad, se habrían tardado millones de años en procesar. No obstante, mediante la donación del poder de cálculo de 5 millones de voluntarios repartidos a lo largo de 200 países, se pudieron procesar cerca de 19.000 millones de horas de computación; lo que resulta, cuanto menos, inaudito. El proyecto se abandonó por la falta de resultados, pero quizás su logro más importante fue demostrar que la participación ciudadana permitió crear, a través de la interconexión de millones de computadores personales ajenos al proyecto, el segundo supercomputador más potente de la historia.

Otro ejemplo pionero en el uso de la supercomputación altruista por voluntarios es el proyecto GPUGRID (www.gpugrid.net), de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). En este proyecto se emplea el procesamiento de las tarjetas gráficas de los usuarios para simular potenciales interacciones entre biomoléculas, lo que permite conocer el comportamiento de nuevos fármacos «virtuales» contra enfermedades nerviosas, el cáncer o el SIDA/VIH. Sin la participación de voluntarios sería necesario disponer de un ejército de científicos —o un supercomputador que la universidad no puede costear— probando la casi infinita gama de posibles biomoléculas, hasta esperar encontrar una sola que obtenga resultados prometedores. Por lo que cabe imaginar que, sin la computación en red, esta tarea sería una utopía, ya sea tanto desde el punto de vista técnico como económico. Pero gracias al supercomputador creado por los usuarios, la utopía se convierte en realidad. Y es que tal y como expresan los fundadores de esta iniciativa «se necesitan pequeñas contribuciones para grandes causas».

Estos son solo unos pocos ejemplos del enorme esfuerzo que se está produciendo, tanto en el ámbito científico como en el social, para crear una ciencia más cercana, participativa y democrática, que involucre potencialmente a todas aquellas personas que, directa o indirectamente, se benefician del progreso de la ciencia y la técnica.

Quizá, y aunque se haya establecido como una tendencia dentro de la sociedad en los últimos veinte años, la Ciencia Ciudadana no ha tenido la repercusión que merece. Ya no por falta de interés por parte de la ciudadanía, sino por el propio desconocimiento de su existencia. Desde los medios de comunicación y las instituciones se deberían poner en valor estas iniciativas, brindando la repercusión mediática que se merecen, pues todos, de una manera u otra, acabaremos disfrutando de sus hallazgos.

Tras cientos de años de actividad científica, por fin, la sociedad puede verse involucrada en todas sus fases. Hace algunas décadas todo esto habría sido quimérico, pero ahora es ya una realidad, debiendo ser también un derecho y, en muchos casos, un deber. Y es que, si el fin último de la ciencia es proveer a la sociedad de conocimiento y una mejor calidad de vida, ¿por qué no debería ser la propia sociedad un actor clave a lo largo de todas las fases del proceso científico? Si esta nueva revolución científica terminara por imponerse, junto con sus luces y sombras, de seguro viviríamos en un mundo mejor, más justo y más científico.

Tomado de elviejotopo.com

Impactos: 5

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

RSS
Follow by Email