Lautaro Riveiro* – Stranger Things y la crisis climática

Creo que muchas películas o series que marcan una época expresan una problemática que las sociedades atraviesan en su realidad. Stranger things no es la excepción, además de ser una serie que representa una caricatura de la guerra fría y el conflicto palpable entre EEUU y la URSS en la década del 80′, dice mucho más sobre nuestras problemáticas sociales de lo que pensamos. Por eso voy a establecer algunas comparaciones entre la serie y la crisis climática que nos puedan servir para entrar un poco en el tema.

Comenzando con las primeras temporadas vemos a Once y sus amigos enfrentarse a lo desconocido, lo perteneciente al “otro lado” un universo alternativo, un lugar oscuro, de tormentas y seres extraños y violentos que de vez en cuando traspasan su territorio para atemorizar o incluso querer matar a nuestros protagonistas.
Podemos decir que hay dos etapas diferenciadas en la serie. Una primera etapa dónde en las primeras temporadas, este “otro lado” se presenta como algo extraño (tanto para los soviéticos como para los norteamericanos), que nuestros protagonistas tratan de combatir como la respuesta a una agresión sin mucha explicación: un nuevo demogorgon, un monstruo sombra. En esta primera etapa el “otro lado” actúa como lo que es, una realidad alternativa y nuestros personajes, como héroes que se enfrentan a lo desconocido, pero que raramente buscan ir a la raíz del problema para eliminarlo de una vez y para siempre. Es aquí donde comienzan las dudas ¿porque nuestros personajes esperan? ¿Porque cada problemática es resuelta momentáneamente? ¿Por qué no pueden eliminar el “otro lado”

Pero esto tal vez tenga sentido si nos hacemos la siguiente pregunta ¿qué ocurre cuando pensamos a este “otro lado” no como la representación del “lado malo”, es decir la URSS (idea que la serie deja bien en claro que no es), sino como la representación de lo que la naturaleza nos está alertando y a nuestros personajes como el sistema que cada tanto debe enfrentarse a las problemáticas (ambientales) para que no destruyan nuestro mundo? Es allí donde la serie comienza a cobrar sentido, un sentido más real que vivimos todos los días: una nueva ola de calor, inundaciones, sequias y tormentas que amenazan de manera parcial la reproducción del capital. Esta primera etapa, es un reflejo de nuestra sociedad actual frente a la crisis climática. El capitalismo se enfrenta a lo natural como algo extraño, exterior, inexplicable (alienado de lo cotidiano) pero que a su vez puede controlar y estabilizar a su antojo: cada nueva epidemia se resuelve con más vacunas, cada ola de calor insoportable con más energía de una industria fósil, cada sequía con nuevos paquetes tecnológicos (podemos nombrar el trigo HV4 ahora con la aprobación del Estado para su uso en Argentina).

Sin embargo, en la temporada 4 vemos un cambio radical: el “otro lado” tiene una explicación y no es más que el resultado de las acciones de nuestro lado o digámoslo así: que el capitalismo causa las principales consecuencias del cambio climático debido a su matriz productiva fósil. Esta segunda etapa de la serie nos muestra no sólo que el “otro lado” es una creación de las consecuencias históricas, sino también que el “otro lado” puede ser una realidad concreta de nuestra existencia, de la vida misma, que amenaza con integrar el mundo real para destruirlo. Podemos decir que el “otro lado” llegó para demostrar que puede ser una amenaza potencial para poner en riesgo la reproducción capitalista.

Si la característica de las primeras temporadas fue enfrentarse al “otro lado” como el mundo alternativo y la resolución a sus problemas como soluciones momentáneas, a partir de ahora ese otro lado formará parte de una problemática más aguda, es una problemática estructural que llegó para ser parte de nuestro mundo y terminar con la vida para siempre. ¿No será esta la mejor metáfora del colapso que se viene?

Un terremoto sacude a la ciudad de Hawkins y por primera vez en toda la serie una catástrofe del otro lado no es solamente observable para nuestros protagonistas, sino para la población toda. Once, nuestra protagonista principal, divisa el “otro lado” acercándose, queriendo ser parte del mundo del cual todos somos parte, traspasa la frontera que divide su mundo del otro y en un intento por comprender lo inexplicable recoge una flor que empieza a marchitarse hasta morir y ser parte de un mundo que ya desconoce. La humanidad bajo el capital ha transitado la era de los combustibles fósiles y el colapso se acerca. Vegna (el malo de la historia) se acerca, toma impulso para contraatacar, y las soluciones parciales del capitalismo ya no servirán para nada.

El colapso y las fotografías de Perry Anderson 
Ahora bien, la sencilla analogía entre la serie Stranger Things y la crisis climática desarrollada arriba no es del todo cierta. Me refiero a que la amenaza del Colapso no tiene que ver sólo con superar el 1,5 grados de temperatura global que desencadenaría diversos puntos de no retorno, sino con múltiples crisis que desembocan en una situación de irreversibilidad. Es decir, que el colapso es el resultado final de una crisis energética mundial (Turiel), una crisis de la economía mundial (Kurz), una crisis de los cuidados (Orozco) y de la crisis climática y ecológica que son provocadas por el capitalismo.

Se distinguen también ciertos debates mucho más finos en lo que respecta al colapso. En una reciente entrevista para Ambiente en Lucha (https://www.ael.ar/) el Licenciado y profesor en filosofia de la UBA, Facundo Nahuel Martin argumentaba lo siguiente sobre el colapso:

“A veces la definición “colapso” es muy amplia. Si el colapso es la incapacidad del sistema para proveer bienes y servicios básicos a la mayoría de la población, hay que ver si no estamos colapsados ya. Pero esa definición es, justamente muy débil, muy permisiva, porque puede haber mucha gente excluida, con necesidades insatisfechas, y que la dinámica del capital siga funcionando y una porción importante o hasta mayoritaria de la sociedad viva en ese marco del metabolismo social del capital. Entonces, ¿diríamos que colapsó el capitalismo? Me parece que podemos pensar otro criterio, más fuerte y restrictivo, donde colapso sería la incapacidad de reproducción funcional del modo de producción. Que la lógica del capital, que se resume en la fórmula D-M-D’, es decir, la dinámica de valorización que es el corazón de nuestro proceso social alienado, se interrumpa o quede muy reducida. Y de ese colapso parece que estamos lejos todavía.”

En principio tengo algunas objeciones sobre estas afirmaciones, aunque no me resultan del todo incorrectas. Para empezar, creo que siempre que se habla de colapso estamos haciendo futurología, pero no descarto la posibilidad de imaginar futuros de mierda.

Primero me gustaría decir que no considero al colapso como algo estanco, petrificado, o un mundo al cual se llegó repentinamente; mucho menos una “definición”. El colapso es un proceso histórico (igual que la modernidad, pero eso lo dejaré para más adelante) y como todo proceso histórico está atado al cambio permanente, la contingencia y es, de cierta forma, paulatino. Quiero decir, para que se entienda, que, si quisiéramos sacarle una fotografía al régimen Feudal, por ejemplo, podríamos ver que como dice P. Anderson está caracterizado por la parcelación de la soberanía donde vemos un territorio dividido entre: alodios, ciudades autónomas, feudos e Iglesias. Pero de esta manera lo estaríamos definiendo y estaríamos muy equivocados si quisiéramos decir que estamos analizando la historia o un proceso histórico, se omitirían las prácticas del Conde que dieron forma al régimen o los movimientos heréticos contra la reforma gregoriana o el surgimiento del capitalismo en el campo. De esta manera hay algo que se omite y es el motor de la lucha de clases, es omitir las formaciones sociales. Lo mismo pasa con el colapso, cuando solamente lo definimos se refuerzan sus características “esenciales” y se pierden sus elementos de cambio.

Acá esta mi primera objeción: no creo que el colapso se pueda definir, no es una fotografía, más bien es un proceso histórico.  ¿Cuándo ubicamos el fin del modo de producción esclavista como colapso? ¿con las invasiones germánicas? ¿Con el colapso del imperio romano de Occidente? ¿con la llegada de Carlomagno? ¿En el siglo XI con la consolidación del feudalismo? Me refiero también, a diferencia de lo que argumenta Facundo, a que pienso que el colapso del capitalismo podría comenzar y aun así seguir sosteniendo la fórmula D-M-D’. De todas formas, el colapso podría no ser el fin de dicha fórmula, sino un proceso disruptivo hacia su descomposición final. Quiere decir que si tuviéramos la noción de que el colapso representa el fin de la fórmula D-M-D’, o la reproducción capitalista, no estaríamos quizá explicando un colapso, porque esta definición no da cuenta de ningún tipo de proceso histórico, sino del fin en sí mismo.

Pero para no sonar tan abstracto, voy a explicar que es para algunos autores el colapso como yo lo entiendo, es decir, como proceso histórico. Según Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes (2021) en su obra En la espiral de la energía, alrededor del 2030-2040 se producirá un punto de inflexión en el colapso de la civilización industrial como consecuencia de la imposibilidad de evitar una caída brusca del flujo energético. La llamada Bifurcación de quiebra está caracterizada por: la quiebra del Estado fosilista, el derrumbe monetario-financiero, nuevo orden geopolítico (guerras por los recursos), la incapacidad de sostener las altas tecnologías y un proceso de desglobalización y decrecimiento generando economías localizadas y regionales. Este colapso es analizado por los autores, si quisiéramos verlo en términos marxistas, como un proceso de descomposición del capital: “habrá momentos de reactivación de la capacidad económica y del viejo orden social, pero seguirán nuevas crisis que terminarán en una mayor degradación de la complejidad” (p.203). Se argumenta que será rápido al principio (quiebra de la economía financiera y productiva global) y luego el ritmo irá siendo más pausado (quiebra del Estado fosilista, cambio en las subjetividades). Es decir, que existe la posibilidad de que el colapso sea parte de un proceso histórico que tiene un comienzo disruptivo y que continúe con un nuevo ciclo del capital en su intento por mantener la fórmula D-M-D.

Históricamente el comienzo del colapso (en las sociedades dominadoras) es el corte del flujo energético necesario para sostener la reproducción de la vida, lo que viene después es la agonía, el esfuerzo inútil de sostenerse hasta su muerte, el proceso histórico del colapso. Si hablamos del caso del capitalismo, obtiene su mayor parte de la energía fósil para la reproducción de mercancías que llegará a su límite material en 2030-2040. Este es el punto de colapso, lo que no significa necesariamente que el capitalismo termine, sino su fuente energética primordial. Puede que por sostener la fórmula D-M-D, se emprenda en la búsqueda de una transición energética de forma abrupta y se sostenga mundialmente bajo otros términos políticos, económicos y sociales. Así hablamos de capitalismo de colapso y no caníbal, porque el capital ya no podrá volver a los mismos niveles energéticos, ni se sostendrá fundamentalmente con el impulso de la energía fósil, sino que entrará en un periodo terminal. En otras palabras, y refiriéndome de vuelta a Stranger Things, el colapso comienza cuando el “otro lado” empieza a ser parte de nuestro mundo, no cuando ya lo abarcó todo.

Por otro lado, que la fórmula D-M-D quede reducida a un par de territorios tampoco me parece un buen parámetro para explicar el colapso. Esto si, y sólo si, el sistema mundo sigue operando. ¿Acaso podríamos hablar de capitalismo consolidado en América o África hacia el siglo XVII o XVIII? Quizás no, pero nadie que estudie historia puede negar que el capitalismo (entendido como la fórmula D-M-D) exista en ese tiempo principalmente en Europa y no vamos a pensar que Europa no es un espacio reducido. Eso es porque el capital no siempre necesitó de la fórmula D-M-D’ para su reproducción en todos los territorios del sistema-mundo.

Recordemos también que el molde donde se funde el capital industrial con una base energética fósil es el capitalismo de guerra. Durante los siglos XVI hasta mediados del XVIII, el capitalismo fundó su base material y energética no en la imposición de una fórmula, sino en la colonización, la expropiación de tierras y energía, y por sobre todo en la guerra. Quizá el colapso signifique el fin de la globalización por su alto alcance tecnológico y energético, pero no del sistema-mundo en sí mismo. No puede sorprendernos que este nuevo capitalismo de colapso en su deseo por nuevas fuentes energéticas no tan eficaces como el petróleo (en continentes como el nuestro que poseen minerales como el litio) muestre su viejo rostro al mundo otra vez. Parafraseando a Marx, si el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza, quizá pueda irse de la misma manera.

Pero todo esto fue bastante pesimista e hipotético, vayamos a las posibilidades que podemos tener si evitamos el colapso (por vía negativa).

 La desgracia del deseo moderno (el problema de la energía y la política en el colapso)

¿Deseará el ecologismo la abundancia?
En el 18 brumario de Luis Bonaparte (1852) Marx afirmaba con gran audacia que “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.” Y es que así como Carlomagno era incapaz de ser nombrado Cesar porque la transición al feudalismo había comenzado y con ello un periodo de parcelación de la soberanía; el ambientalismo (ecosocialista) y su deseo de mantener la abundancia también lo serán frente al comienzo del declive energético (que ya es independiente del sostenimiento del capitalismo o no). En resumen: la fuente de los deseos termina allí donde las condiciones materiales de existencia y el peso del pasado se imponen.

El mundo va hacia el decrecimiento, eso es algo que ya no podemos negar. La producción de petróleo crudo tocó fondo entre 2005 y 2006, y las formas de extracción de petróleo no convencionales hoy están sosteniendo la demanda de petróleo mundial. Uno de ellos es el fracking, que según los análisis más optimistas llegará a su pico en 2025. Por su parte el gas tendrá su pico entre 2023 y 2027. Mientras que el carbón (“los huesos” de la civilización, ya que son los encargados de la producción de hierro y acero en el mundo) ha llegado a su nivel máximo de producción en 2015 y ha decrecido desde entonces (Turiel; 2020). En cuanto a los minerales, su pico general llegará alrededor del 2030 según la Agencia Internacional de la Energía (sin contar el uranio que ha llegado a su pico en 2016).

Frente a este contexto de declive energético que se viene, se pueden distinguir casi siempre dos estrategias en la militancia ambiental para construir un futuro más justo, que generalmente se presentan como contrapuestas. Una modernizante (Partidos de izquierda y otras organizaciones) y otra, podríamos decir, de trinchera y resistencia civil para crear mejores condiciones sociales y ambientales una vez que llegue el colapso.

Esta última es llevada a cabo por organizaciones como XR (rebelión o extinción), con una crítica fuerte hacia la democracia capitalista pero con limitaciones. La forma en la que se lucha por abrir la democracia no se da de manera activa, es decir, construyendo un contra-poder ciudadano capaz de reemplazar los mecanismos de democracia indirecta, sino que se da de forma pasiva: demandando democracia directa a los mismos que sostienen la democracia representativa (la campaña en favor de una ley de acceso a la tierra es un ejemplo de ello). Se alienta así, a construir una organización en autonomía respecto del Estado, pero de carácter pasivo, es decir, que no se plantea construir una nueva sociedad en oposición o por fuera de las democracias indirectas y el Estado, sino subordinadas a ellas. Y claramente caemos en la ingenuidad cuando creemos que los poderosos se pegaran el tiro en el pie para que las mayorías participen y nos empoderemos. Es por esto que la propuesta de XR de abrir la democracia no se opone férreamente a la democracia como herramienta de dominación social de una clase sobre otra o como legitimación de un Estado extractivista para llevar a cabo sus proyectos. Su planteo de “abrir la democracia” es limitado como estrategia, porque más allá de ella está la lucha contra el Estado, es decir, la lucha política por una nueva sociedad. Sin embargo, sostienen que el decrecimiento es inevitable y que debemos prepararnos desde la organización comunitaria para enfrentarlo, que pueden ser algunos rasgos muy positivos.

Respecto a la primera estrategia, Facundo Nahuel Martin argumenta: “Se trata de salvar del colapso esos aspectos de la modernidad que nos interesan, a los que no podemos o no queremos renunciar, como la energía más o menos abundante, la tecnología ahorradora de trabajo, la globalización cultural y social, el desarrollo de la ciencia como una empresa planetaria de toda la humanidad, etc.”  En términos políticos se traduce en la misma lucha por el poder político del Estado en función de la revolución socialista (pero con la energía nuclear como antorcha).

El problema con esta perspectiva no es la búsqueda de una modernidad alternativa (posición que comparto) sino que su planteo energético roza lo utópico teniendo en cuenta las condiciones materiales y energéticas hoy en día. Un verdadero proyecto de modernidad alternativa no puede estar basado en la abundancia en tiempos de decrecimiento, no puede seguir apostando a la energía nuclear cuando genera miles de residuos que serán una carga para las futuras generaciones y cuando el uranio comenzará a escasear a partir de 2025 según la AIE. Más bien debe ser un proyecto basado en el decrecimiento elegido (por las mayorías) donde podamos democratizar la producción y diversificar la energía, apostando por la producción energética renovable no eléctrica (Turiel), terminando con la obsolescencia programada (Löwy), generando procesos de glocalización de las economías. Todo esto sin olvidar la lucha política por una nueva sociedad y el fin del capitalismo. El decrecimiento debe ser una propuesta ecosocialista contra la tiranía del capital.

La pregunta que surge entonces es: ¿se puede ser moderno y apostar por el decrecimiento? Yo responderé que sí. Porque lo que hace a la modernidad es su capacidad para adaptarse a las diversas características históricas de cada territorio. No existe una sola modernidad. La modernidad no es una definición compuesta por términos abstractos como “la democracia” o “el individuo”, sino más bien (valga la redundancia) un proceso histórico, una apropiación. ¿O acaso ciertos países africanos dejan de ser modernos por el hecho de que conciben al individuo como algo que no está profundamente separado de las (distintas) comunidades?

Ahora bien, que el decrecimiento como política sea un proyecto deseado por las mayorías quedará en nuestras manos y en la voluntad de las masas, y creo que será la única salida, ya que dudo mucho que seamos el famoso “freno de mano” de la locomotora capitalista si seguimos apostando por tirar más carbón al fuego (o en este caso Uranio).

El decrecimiento está allí, esperando el resultado de la pugna de intereses y la lucha de clases, para que alguien por fin lo dirija hacia un destino u otro…

Lautaro Riveiro es estudiante de la UBA

Tomado de contrahegemoniaweb.com.ar

 

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