Los caminos separados de la política venezolana

Por Reinaldo Iturriza.

Si decidiéramos asumir como válida la premisa de que ya no es posible hablar de una Venezuela polarizada políticamente, en tanto que el campo político ha dejado de ser el escenario de un conflicto entre dos proyectos antagónicos de país, lo más lógico sería elaborar algunas hipótesis sobre el derrotero de los polos en pugna, principalmente de sus bases sociales de apoyo, antes que de sus respectivos liderazgos.

Lo anterior viene a cuento porque en el mundo de la opinática antichavista parece estar muy arraigada la creencia de que, después de años de estéril enfrentamiento, el profundo malestar popular con la clase gobernante habría terminado por darle la razón. Imagínese usted: el antichavismo no solo habría estado siempre del lado correcto de la historia, sino que incluso tendríamos que reconsiderar la pertinencia de un término que, francamente, luciría extemporáneo: antichavismo. Puede que en tiempo pasado tuviera sentido apelar a él para nombrar a una importante, pero minoritaria, parcialidad política. Hoy, en cambio, se trataría de una identidad que habría venido difuminándose hasta el punto de hacerse indiscernible del sentir mayoritario: el pueblo todo unido contra una minoría chavista empeñada en perpetuarse en el poder.

La realidad, por supuesto, no es tan sencilla, y no transige con autoengaño alguno. Lo primero es que aquella es una creencia en sentido estricto, esto es, algo más cercano a un acto de fe y muy alejado de un genuino análisis de la situación.

Acto seguido, habría que precisar: no es correcto concluir que el torrente mayoritario de la base social del chavismo, es decir, de lo que en su momento constituyó la principal fuerza política del país, terminó confluyendo en el cauce del antichavismo.

Un primer balance general de la etapa post-Chávez (primera parte)

Por Reinaldo Iturriza*

medium.com

Si bien es cierto que en determinadas circunstancias podrán coincidir en algún punto ―por ejemplo, en el rechazo de la clase gobernante―, es también cierto que se trata de fuerzas que transitan caminos separados, con itinerarios muy distintos, determinados entre otras cosas por sus diversos orígenes de clase, por la orientación y el contenido del horizonte programático con el que llegaron a identificarse, de lo que se deriva a su vez que sus trayectorias sean inevitablemente paralelas.

En verdad, la percepción generalizada de que la polarización a la vieja usanza -aquella de los tiempos de Hugo Chávez- ha quedado atrás, puede confluir con la idea de que otras coincidencias son posibles: por ejemplo, en torno a un liderazgo político que enarbole un programa de carácter nacional y popular. Pero en este momento nada apunta en tal dirección.

Ahora bien, ¿cabe realmente hablar de distintos itinerarios y de trayectorias paralelas cuando lo que se ha producido durante la última década es la desafiliación masiva de la identidad política chavista?

Mi respuesta es afirmativa. Considero, además, que es justo en este punto donde yerran buena parte de los análisis políticos sobre la situación venezolana y, en particular, los que se hacen desde el antichavismo y que, en muchos casos, no pasan de ejercicios en extremo autocomplacientes.

Un primer balance general de la etapa post-Chávez (segunda parte y final)

Por Reinaldo Iturriza*

medium.com

El de la desafiliación política es un fenómeno de masas muy lejano aún de su plena comprensión. En lo particular, no dudo en reconocer la dificultad para dar con algunas claves interpretativas mínimas, pero no tengo ninguna duda sobre la imperiosa necesidad de reconocer la significación histórica del fenómeno.

Mi generación, cuyo bautizo de fuego fue el 27F de 1989, ha tardado más tiempo del deseable en asimilar el hecho de que los hitos históricos de las generaciones más recientes, esos que hoy definen su carácter, su manera de ver el mundo, sus perspectivas de futuro y su relación con la política, son otros muy distintos: en lo económico, la experiencia de la depresión económica, la hiperinflación y las sanciones; y en lo político, la circunstancia de que los efectos profundamente destructivos de todo lo anterior sean atribuibles, en menor o mayor medida, con mayor o menor razón, a una clase política llamada a continuar con el proceso de transformación inaugurado por Hugo Chávez.

Dichos hitos, cuyos efectos, por supuesto, hemos debido padecer todas las generaciones vivientes, pero fundamentalmente las acciones y omisiones de la clase política orientadas a lidiar con ellos, en general valoradas por amplios sectores del pueblo como desacertadas o insuficientes, están en la base del fenómeno de la desafiliación política.

Planteado de la manera más sencilla posible, lo anterior podría resumirse de la siguiente manera: predomina la percepción de que se erró el camino y, en consecuencia, terminamos, como sociedad, en un callejón sin salida.

No obstante, algo que debe comprenderse es que la desafiliación política no significa que lo que alguna vez fue, simplemente ya no es, y por tanto no queda más alternativa que comenzar de cero o, peor aún, hacer lo posible por retornar a un improbable pasado en el que reinaban la paz y la armonía. Hay que rehuirle a la tentadora idea de la tabula rasa histórica.

Antes, al contrario, tendríamos que apuntar que la desafiliación entraña un malestar respecto del rumbo adoptado.

Afiliarse a un proyecto político, a una identidad, significa adoptar como propio un horizonte compartido por muchos, una causa común, unas ideas-fuerza que nos inspiran y movilizan, unos objetivos, un diagnóstico de la situación, un liderazgo aglutinante, un conjunto de sentimientos, maneras de pensar y de concebir la vida. Además, la pertinencia, la validez, la vigencia, la fortaleza de un proyecto político, de una identidad, se ponen a prueba en los momentos de mayores dificultades. Es en tales momentos en que hay que reafirmar el rumbo, o apelar a la inteligencia, a la voluntad, al saber-hacer, a la perspicacia del conjunto de fuerzas implicadas en el proyecto para reorientarlo si es necesario, pero sin perder de vista el horizonte programático, que es lo que en última instancia define la naturaleza, el carácter del proyecto.

La desafiliación política es lo que acontece cuando una parte de las fuerzas identificadas con determinado proyecto deja de reconocerse en el rumbo adoptado, cuando desconoce o desaprueba la reorientación dada por quienes ejercen funciones de liderazgo.

El desafiliado es alguien que no está dispuesto a adoptar lo que interpreta como un rumbo distinto del que suscitaba su identificación con el proyecto y, por tanto, ya no puede reconocerse en quienes representan, por así decirlo, la identidad política. ¿Lo anterior supone una renuncia al proyecto, incluso a la identidad política? En lo absoluto, en el caso del proyecto. No necesariamente, en el caso de la identidad política.

En el caso específico del chavismo, lo que parece prevalecer es un distanciamiento, una relación problemática con quienes representan la identidad política y, en aquellos casos en que el rechazo se ha convertido en hartazgo o, peor aún, en indiferencia, la situación describe una desafiliación de la propia identidad. No ocurre de la misma manera, a mi juicio, con el proyecto político, al que sin embargo tiende a percibírsele como postergado, inviable, suspendido, lo cual no desdice, habrá que insistir, su pertinencia histórica. Dicho de otra manera, la circunstancia de la filiación política trasciende el hecho puntual, por más decisivo que este resulte, de la identidad.

En todo caso, no encuentro ningún sustento en la idea de que la desafiliación de la identidad política del chavismo se traduzca en identificación con el antichavismo, salvo que se incurra en el equívoco, de impronta claramente oportunista, de confundir coincidencia puntual de propósitos con genuina identificación. Tan sencillo como que las «estructuras de sentimiento» ―para tomar prestado el concepto acuñado por Raymond Williams― de chavismo y antichavismo son incompatibles, y esto sigue siendo válido para el caso de los desafiliados del chavismo.

El desafiliado, proveniente de lo que podríamos denominar chavismo histórico, constituye hoy día un importante y decisivo contingente de millones de personas que atraviesa el desierto político que significa no encontrar solución al problema de la representación política.

Uno de los problemas de los más serios y desafiantes que enfrenta hoy día la sociedad venezolana, y que por cierto permanecerá irresuelto el día después de las elecciones presidenciales el venidero 28 de julio. Un problema que ni por asomo será capaz de resolver ningún liderazgo proveniente del antichavismo. Un liderazgo que, por regla general, jamás reconoció un atisbo de dignidad en el pueblo chavista, en razón de lo cual sigue sin manifestar la más mínima voluntad de distinguir entre clase gobernante y chavismo ―y mucho menos para reconocer el fenómeno de la desafiliación política―, y al cual sigue concibiendo como el hecho maldito del país burgués.

Tomado de medium.com/la-tiza/

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