El teórico de Milei y la batalla cultural

Por Daniel Campione.

Agustín Laje, figura intelectual de la extrema derecha argentina e internacional publicó en 2022 una extensa exposición acerca de la disputa en el terreno de la cultura como campo fundamental de la lucha política.

Agustín Laje.

La batalla cultural: reflexiones críticas para una nueva derecha.

1ª edición, 1ª reimpresión. Ciudad Autónoma de Buenos. Hojas del Sur, 2022.

512 páginas.

Un comentario de este libro tal vez suscite en muchos el interrogante ¿Por qué leer a un ideólogo de la extrema derecha para alguien que se halla en el ángulo opuesto a su pensamiento?

Quien escribe estas líneas considera que el conocimiento directo de la obra de este autor constituye una herramienta indispensable para comprender la trama ideológica de la ultraderecha local y regional. Entraña la posibilidad de ir más allá del discurso inflamado y plagado de exabruptos de Javier Milei, rumbo a una presentación más elaborada y sistemática de la corriente de pensamiento en la que éste se halla integrado.

Entiéndase bien, no es que Laje sea ajeno a los improperios que suele prodigar el líder de La Libertad Avanza (LLA) a quienes considera sus enemigos. No hace mucho que denigró a la vicepresidenta de Colombia tildándola de “mononeuronal”, por ejemplo. Asimismo mostró beneplácito por las balas de goma y los gases lacrimógenos que recibieron manifestantes opositores en movilizaciones recientes.

Su diferenciación con el actual presidente recae más bien en que, con formación en Ciencias Políticas y en Filosofía, toma un rumbo distinto a la preocupación absorbente por la economía que caracteriza a Milei, que va acompañada por el desinterés por temas que son ajenos a esa disciplina.

El autor del libro se ha mantenido cercano a Milei desde hace tiempo y es además un punto de referencia para los militantes y comunicadores “libertarios” que respaldan a LLA. Ha sido un escritor precoz, a poco de traspasar los 20 años publicó su primera obra, Los mitos setentistas: mentiras fundamentales sobre la década del 70, de 2011, en coautoría con Nicolás Márquez.

Su orientación ya era clara; el escrito estaba dedicado a refutar lo que consideraba la “historia oficial” sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por la última dictadura. Por esos años tomaba impulso el revisionismo negacionista que hoy se ha convertido en política gubernamental. Y a esa corriente aportaba esa obra.

Se ha convertido en un escritor de éxito, mostrando de paso que no son sólo las imágenes o los textos breves los que pueden captar la atención en estos tiempos hipertecnológicos.

Hacia una teoría cultural ultraconservadora.

La que hoy comentamos es quizás su trabajo más ambicioso hasta el momento, ya que comprende un apretado examen del pensamiento y la acción en el terreno de la cultura, desde la antigüedad al presente. De las ideas de Platón al posmodernismo y el “marxismo cultural”. Puede que haya por parte del autor una búsqueda de legitimación en el campo académico o de la literatura de divulgación más elaborada que tenga su incidencia en este tratamiento.

Al mismo tiempo es indudable el objetivo de “colocarle teoría” a las miradas intuitivas, cuando no elementales, que pululan entre los voceros del “libertarismo”. Y asimismo tiene la finalidad de constituir un campo que fusione distintos afluentes de la derecha “ultra”, para construir una fuerza nueva que supere consuetudinarias limitaciones de ese arco político e ideológico:

“…al libertario se le hace difícil concebir que exista algo llamado ‘identidad colectiva’. Probablemente piense que tal cosa es un síntoma de ‘colectivismo’ y que debe ser rechazado de inmediato. Pero no todo lo que tenga que ver con fenómenos sociales debería ser tachado de ‘colectivismo’ (¿no es acaso el propio libertarismo como movimiento un fenómeno social?), esto no sólo es absurdo, sino que bloquea la formación política misma, que termina siendo vista solamente desde una perspectiva similar a la de la ‘teoría de la elección racional’ como un conjunto de átomos racionales desesperados por conseguir renta en forma individual, sin referencia siquiera a otro tipo de interés egoísta. Se mira a la política como al mercado, y se quiere conducirla como a una empresa.” (p. 463)

Al lector desprevenido le resultará una sorpresa este firme reparo de un “libertario” a quienes perciben todas las relaciones sociales desde el ángulo mercantil.

Quien espere de este libro una arenga llena de desmesuras, plagada de falacias más que evidentes e insultos sin ninguna prueba verá desmentidas esas expectativas. Como adelanta el subtítulo, el estilo predominante será el de la reflexión.  Se indaga in extenso en la construcción de una “visión del mundo” con aptitudes para alcanzar una convocatoria masiva. Y de alcance internacional. El texto no está referenciado en Argentina, que sólo aparece en alguna mención ocasional, en un pie de igualdad con  ejemplos tomados de otros países.

Es recién en los últimos capítulos que emerge un sesgo normativo y programático. Pero sin dejar de fundamentar en un registro más o menos reposado. Militante pero argumentado con cierto cuidado.

Laje se dedica a un largo análisis acerca de la cultura, casi desde los orígenes de la humanidad. Es cierto que algunos ejemplos o digresiones ya expresan el credo contrario a la llamada “ideología de género”, enfrentado a la comunidad LGBT,  partidario de las restricciones a la emigración, crítico de lo que llama “globalismo”,  etc.  Pero no están en el centro de su escritura, al menos no en esta ocasión.

El grueso del libro está ocupado por el tono ensayístico, con citas de decenas de autores de diversas tendencias. Comprende un largo desarrollo destinado a la demostración del lugar creciente de la cultura en el devenir de la humanidad, hasta llegar a confundirse con la economía y con la política y convertirse, según el autor, en el centro de la lucha política y de las construcciones teóricas en las últimas décadas.

Hacia la “nueva derecha”.

El politólogo en cuestión  reconoce cuatro vertientes de derecha a las que se requiere articular en un mismo frente de la batalla cultural, y al mismo tiempo inspirarles la decisión de hacer política y a abandonar todo reparo en reconocerse derechistas. Son los libertarios, los conservadores, los tradicionalistas y los patriotas. No proclama identificación completa con ninguno de ellos, su preocupación explícita es la confluencia de todos en un plano superior.

Esa articulación debería ser el basamento de una identidad que Laje prefiere definir sobre el eje izquierda-derecha, bajo la denominación de “nueva derecha” ya que “derecha a secas no hace gala de la novedad de esta articulación y de su estrategia de batalla cultural. Además puede confundirse con el lamentable centroderecha demoliberal y tecnocrático hoy totalmente volcado al centro, desesperado por ser admitido en la familia de las izquierdas progresistas…” (p. 477)

El autor abreva en Antonio Gramsci, Herbert Marcuse y Ernesto Laclau, entre otros, no para defenestrarlos, sino en tanto que teóricos de la “batalla cultural” de quienes la derecha debe tomar lecciones. Del primero adopta los ejes de la lucha por la hegemonía, del hombre de la Escuela de Frankfurt la claridad para asignar a la lucha cultural el lugar central en el cuestionamiento radical del orden existente. Del último la “cadena de equivalencias” a generar para la creación de una fuerza política y cultural asentada en una fuerte identidad colectiva.

Sin que sean explicitados, de la exposición de Laje se desprenden algunos matices con la posición del hoy primer mandatario. Pueden destacarse dos: a) El “economicismo” en el que incurre el actual presidente, propicio a recluir a la “batalla cultural” a la discusión en torno al libre mercado en su versión “anarco-capitalista”,  falla a la que el autor alude sin mencionarlo y, b) La rendida admiración de Milei hacia el gran capital, incluido lo que el autor llama establishment globalista,  propicio según éste a apoyar y financiar a las “buenas causas” del progresismo contra las que desea combatir. Y al que visualiza atentando contra la soberanía de los estados nacionales, un valor que parece interesado en preservar. “Un Estado global (…) es ciertamente más peligroso que el Estado  nación.” (p. 483).

Afirma  enseguida: “…creo que una Nueva Derecha podría conformarse en la articulación de libertarios no progresistas, conservadores no inmovilistas, patriotas no estatistas y tradicionalistas no integristas.” (p. 484)

Nótese que la búsqueda de confluencia amplia no se tiñe de indiferenciación en aras de la “unidad”. Las cuatro corrientes a las que busca sumar son a su vez delimitadas en relación a subcorrientes de las mismas, no asimilables por el nuevo conglomerado político-cultural. No quiere libertarios “progresistas”, ni “centroderechas” timoratas.

Cuando Laje despliega el arco de sectores y voluntades susceptibles de aunarse en la derecha renovada, procura un horizonte multicultural, multiétnico, policlasista, interreligioso, diverso, etc, abarcado en un todo por el rechazo a los avances de la “izquierda cultural” expresada como progresismo. No niega la heterogeneidad y, dentro de ciertos límites, la propicia.

“La batalla cultural habrá de ser total, habrá de hacerse presente allí donde lo cultural se haya vuelto político: una suerte de ‘guerra de guerrillas’, pero cultural, que se infiltra en todas partes, donde la asimetría de fuerzas obliga al bando débil a volverse realmente creativo, escurridizo, a veces camuflado a veces descubierto, diversos en sus métodos, flexible en sus tácticas. Pero si la batalla cultural no se decide a coagular en un ‘nosotros’, entonces tiene la mera forma de la reacción corporativa, pero no contrahegemónica.” (p. 486)

Resulta notorio en el párrafo anterior el  esfuerzo por invertir el sentido de los términos utilizados por la tradición de izquierda, y en particular marxista.  Se lo hace para ponerlos al servicio de la construcción de una identidad presentada como novedosa. Hasta la noción de guerrilla es puesta a contribución de la nueva encarnación del reaccionarismo de género, racial, étnico y  religioso, junto con la concepción gramsciana de la hegemonía. En épocas de políticas identitarias, persigue la formación de una identidad nueva.

Laje predica una ofensiva total y de alcance mundial. Tiempo después de la escritura y publicación del libro, ya con LLA en el gobierno, cabe reconocer que ese ataque en toda la línea ha dado un gravitante paso hacia  adelante.

Consecuente con el enfoque “culturalista” que adopta y coherente con sus críticas al “economicismo”, el ideólogo no pone énfasis en la agenda económica de la derecha. A lo sumo cita alguna consideración general acerca de economistas enrolados en tendencias afines. No preocupa aquí el déficit fiscal o la dolarización, sino la lucha por la hegemonía.

Se trasluce a lo largo de todo el texto la voluntad de moverse en un plano más elevado, más universal, más “culto” en el sentido amplio del término. Los estudios de filosofía en la Universidad de Navarra exhiben su incidencia sobre el sesgo intelectual que trasluce el autor.

Como ya escribimos, estas más de 500 páginas pueden convertirse en una lectura útil. Gramsci leía y comentaba a los fascistas. Y produjo páginas brillantes a propósito de ese recorrido intelectual. Quizás debamos imitarlo.

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