China – El gobierno maquilla las cifras de crecimiento

Por Romaric Godin.

Para la economía china, ni siquiera las buenas noticias bastan. El martes, 16 de enero de 2024 en Davos, el primer ministro de la República Popular, Li Qiang, aprovechó su discurso en el Foro Económico Mundial para anunciar urbi et orbi la muy esperada tasa de crecimiento correspondiente a 2023. Con un 5,2 % en un año, el aumento del PIB chino fue ligeramente superior al objetivo del 5 % que habían fijado el gobierno y el Partido Comunista (PCC). Li Qiang se felicitó profusamente de este éxito y aprovechó para descartar toda posibilidad de un relanzamiento masivo de la economía. “No hemos buscado el crecimiento a corto plazo acumulando riesgos a largo plazo”, recalcó el jefe del gobierno chino.

El problema es que nadie se lo cree. El porcentaje del PIB es casi demasiado bonito para ser cierto. Desde hace varios meses, los datos procedentes de China son contradictorios y alimentan la sospecha de un maquillaje de las cifras por parte de las autoridades. Los inversores internacionales piensan que China no carbura y contaban con un relanzamiento. Decepcionados, a lo largo de la semana han acelerado las ventas de activos financieros chinos. Lo que debía demostrar la solidez de la política económica china se ha convertido en un desastre bursátil.

El viernes, el índice Hang Seng China Enterprises (HSCEI), que agrupa las acciones de las compañías chinas continentales, había descendido un 6,54 % en cinco días. En total, desde mediados de 2021 se han retirado nada menos que 6,3 billones de dólares de los mercados financieros chinos, incluido el de Hongkong.

Efecto de base
Por tanto, la segunda economía mundial es objeto de grandes dudas sobre su estado de salud real. Por supuesto, nadie duda de que en 2023 hubo un crecimiento, pero por una razón evidente: el año 2022 fue muy mal debido a las restricciones asociadas a la crisis sanitaria. Así que se produjo lo que se denomina un efecto de base: al ser muy bajo el punto de partida, el rebote es más fuerte. Este efecto de base vino impulsado por el consumo, que se vio sumamente restringido en 2021 y 2022. En 2023 aumentó un 7,2 %.

Las y los analistas calculan que este efecto de base asciende a algo así como dos puntos porcentuales, lo que relativiza en gran medida tanto el crecimiento como el objetivo fijado por Pekín. También hay que recordar que mucha gente piensa que la tasa de crecimiento de 2022 (3,5 %) estaba un poco abultada, teniendo en cuenta las condiciones reales de la economía china. Por consiguiente, es posible que la tasa de 2023 sea realista, pero únicamente porque la de 2022 no lo era.

Estas dudas vienen corroboradas por cierto número de incoherencias de los datos macroeconómicos, en particular en la evaluación de las inversiones, clave para el nivel de crecimiento. El aumento de las inversiones del 3 % en términos nominales parece muy elevado teniendo en cuenta la crisis inmobiliaria. Pero este aumento viene acompañado de una reserva importante de la Oficina Nacional de Estadística de China (ONE), que indica que el volumen de la inversión “no puede compararse directamente con el de 2022” a causa de varios factores, como “datos problemáticos descubiertos durante las inspecciones”. De hecho, esa cifra supondría que la inversión fue un 17 % inferior en 2022 con respecto al nivel anunciado por la ONE…

Más en general, varios elementos parecen poco coherentes con los demás datos. Las cifras sectoriales parecían indicar una aceleración entre el tercer y el cuarto trimestres, mientras que la cifra de la ONE indica que el crecimiento se desaceleró entre un 1,5 % y un 1 % entre los dos trimestres.

Asimismo, uno de los pilares del crecimiento chino de 2023 fue el vigor de la industria transformadora, cuyo valor añadido aumentó un 5 %. Sin embargo, el índice de gestores de compras (PMI), que traduce el nivel de actividad en el sector, registró ocho meses de descenso a lo largo del año. Todo esto contribuye a alimentar el escepticismo y, más en general, la prudencia al evaluar as cifras oficiales. El caso es que la realidad global de la economía china no es precisamente halagüeña. Incluso si se aceptan las cifras oficiales, el PIB chino ha abandonado sin ninguna duda la tendencia de antes de la crisis de la covid-19 para echar el freno. Y son numerosos los signos de una crisis sistémica, al margen de las variaciones del PIB.

Presiones deflacionistas
Desde el otoño de 2021 y la crisis del promotor inmobiliario Evergrande, la crisis inmobiliaria china no deja de ampliarse y expandirse. La situación en 2023 era muy preocupante. En diciembre, las ventas de bienes inmuebles se situaron un 60 % por debajo del nivel de 2019 en las treinta ciudades más grandes del país. El número total de ventas retrocedió un 6,5 % en todo 2023, según la ONE.

En general es difícil encontrar signos de  mejora. Es cierto que en diciembre el banco central chino, el Banco Popular de China (BPC), inyectó 350.000 millones de yuanes (unos 45 millones de euros) en el sector bancario para tratar de detener la hemorragia, pero los promotores inmobiliarios parecen estar sobre la cuerda floja, y ante la caída de los precios, numerosas personas que habían comprado un bien inmueble como una forma de seguro de pensión de cara a la jubilación, deciden vender para limitar las pérdidas.

Las previsiones oficiales han subestimado en gran medida el impacto macroeconómico de esta crisis. Ahora ya no cabe descartar un escenario a la japonesa, parecido a la crisis nipona de los años 1990-2000: el estallido de la burbuja provoca una restricción del crédito, lo que tiene un efecto negativo en la riqueza de los hogares que pesa sobre los precios, agrava la carga de la deuda y debilita todavía más la demanda.

Esta espiral deflacionista ya no es un escenario de ficción. En 2023, el deflactor del PIB, es decir, la evolución del nivel general de los precios en la economía, fue negativo durante tres trimestres. En el conjunto del año disminuyó un 0,6 %. Es la primera vez que sucede desde la crisis asiática de 1998-1999. Los precios al consumo, a su vez, han descendido un 0,3 % en un año. Es cierto que gran parte de este descenso está asociada a los precios de los alimentos (– 2,2 %) y de la construcción (– 1 %), pero también afecta a la industria (– 3,2 % en un año) y al comercio minorista (– 0,4 %). Y en el resto de la economía, los precios aumentan muy ligeramente. En los servicios, por ejemplo, el aumento no supera el 1 % en un año.

Esto no refleja una economía dinámica, sino, por el contrario, una demanda que flaquea y obliga a los productores a rebajar sus precios para clocar sus productos en detrimento de su rentabilidad. Si los precios bajan, el coste de la deuda aumenta en proporción. A menudo, la consecuencia es una revisión a la baja de las inversiones y del empleo. La ONE informa por cierto de que la inversión privada descendió un 0,4 % en 2023, lo que significa que el conjunto del alza de la inversión corre a cargo del sector público y que, por consiguiente, es la economía capitalista la que se halla en una crisis profunda en China.

El caso es que hoy por hoy no existe ningún motor económico distinto de la demanda. Las exportaciones no crecieron más de un 0,2 % en 2023. La debilidad del crecimiento económico europeo y de las ventas minoristas en EE UU no permite impulsar el resto de la economía. El éxito de los vehículos eléctricos chinos o de la producción eólica en Occidente ocultan una caída más general de la demanda de productos de la República Popular, redoblando así a presión deflacionista.

Los hogares parecen estar inquietos y no dejan de incrementar su ahorro. A finales de junio de 2023, este último ha registrado un aumento de 12 billones de yuanes –alrededor de 1,5 billones de euros–, que representa cerca del 10 % del ahorro total de seis meses antes.

Precios que bajan, deudas más caras, exportaciones renqueantes, hogares que ahorran y empresas que no invierten: la situación de la economía china está lejos del cuadro idílico pintado por Li Qiang en Davos. Esto es justo lo que inquieta a los inversores internacionales: el desfase entre un poder que minimiza la crisis y la percepción del riesgo tanto interior como exterior.

¿Cómo escapar del marasmo?
¿Podría estar la solución en el relanzamiento que tanto ansían los inversores extranjeros? Pekín tiene excelentes razones para ser prudente en este punto. En primer lugar, porque el estímulo de 2008-2009, con el que China salvó al capitalismo occidental manteniendo la demanda mundial, tuvo terribles consecuencias en China. El exceso de inversión y de producción condujo a una huida hacia delante a través de la deuda y la burbuja inmobiliaria. Además, el relanzamiento monetario y presupuestario fue bastante ineficaz en el caso japonés para sacar al archipiélago del marasmo: los miles de millones gastados por el gobierno japonés y el Banco de Japón solo sirvieron para evitar el peor de los escenarios, una deflación como la de la crisis de 1929.

Como hemos visto, el sector público apoya en gran medida la inversión, pero su estrategia parece tener en cuenta la lección japonesa. Así pues, la estrategia pasa por un aumento del valor añadido de la producción en general de la economía mediante el desarrollo de sectores tecnológicos y punteros. Sobre el papel, la apuesta es manejable. El sector de alta tecnología puede tirar hacia arriba del resto de la economía gracias a los enormes aumentos de productividad y frenar las presiones deflacionistas.

Pero también es una estrategia arriesgada. El caso estadounidense muestra que el desarrollo del sector tecnológico también va acompañado de presiones sobre los salarios globales. Esto es bastante lógico: la mayor parte de los empleos los crea entonces un sector servicios poco productivo, donde la presión sobre los salarios es fuerte. En otras palabras, no es seguro que esta estrategia esté a la altura del riesgo de deflación. El problema actual es precisamente que los aumentos de productividad en los sectores tecnológicos no se expanden, sino que, por el contrario, desarrollan sectores de baja productividad.

Por supuesto, se podría plantear el estímulo del consumo con la esperanza de que ello desencadene una afluencia de demandas que permita escapar de la lógica deflacionista. Pero también en este caso el precedente japonés muestra los límites de esta maniobra si el estímulo no se apoya en aumentos salariales sostenibles. El caso es que China se enfrenta a una competencia cada vez mayor para su producción industrial, sobre todo por parte del subcontinente indio y de la península indochina. Esto limita las posibilidades de subir los salarios sin aumentar la productividad.

Además, el crecimiento del gasto de consumo puede tener un efecto inflacionista a corto plazo, pero el caso de Occidente demuestra que las economías de consumo se enfrentan actualmente a las mismas tendencias deflacionistas que China. Por tanto, la realidad podría ser aún más preocupante de lo que pensamos. Es como si China hubiera crecido demasiado deprisa y se enfrentara ya a los mismos problemas que las llamadas economías avanzadas, y a los mismos callejones sin salida. El potencial de crecimiento es ahora estructuralmente débil dado el nivel de desarrollo de China y las ambiciones del poder.

Más aún teniendo en cuenta la rápida despoblación del país. El saldo demográfico natural de China es negativo desde 2021 y alcanzó en 2023 su nivel más bajo desde 1961, con una pérdida de dos millones de habitantes. A ello se añade una emigración neta de casi un millón. Esta presión demográfica refuerza aún más la necesidad de aumentar la productividad para mantener a flote la base productiva. Con unos aumentos de productividad cada vez más escasos, la ecuación se presenta ahora muy delicada. En resumen, China parece estar entrando en una crisis lenta y subyacente, pero real.

Mediapart

Traducción: viento sur

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