Hacerse las preguntas correctas: la clase trabajadora y el sujeto de las luchas por la vivienda

Hasta hace no tanto, era una creencia común que la historia la hacían grandes hombres. Ricos y poderosos, reyes y emperadores, señores de la guerra y profetas, políticos electos y dictadores, que luchaban entre sí por imprimir su voluntad en el curso de la historia. Se levantaban palacios, templos y monumentos para ellos, eran protagonistas tan indiscutibles como indiscutible era su poder. Solo cuando ese poder se pone en jaque, cuando los motines y revueltas amenazan con convertirse en revoluciones, queda también en cuestión ese protagonismo. Entran en escena pueblos, naciones y clases, ciudadanos, obreros y campesinos, movimientos, sindicatos y partidos. Y con ellos una de las grandes preguntas: ¿quién hará esa revolución?, ¿cuál es su sujeto?

En los últimos meses, esta pregunta ha estado, directa o indirectamente, sobrevolando al movimiento de vivienda. Hemos visto debates estratégicos en forma de artículos cruzados entre el Movimiento Socialista y el Sindicat de Llogateres en los que ésta era una de las preguntas clave. Se han dado debates en los Encuentros Generales del movimiento de vivienda madrileño en torno a la pregunta de cuál es el sujeto político de nuestra lucha, sobre la necesidad de decantarse por sujetos universales o sectoriales, y sobre si ésta es una cuestión a plantear en términos de clase.

Este artículo pretende aportar desde una perspectiva socialista al debate que en estos espacios se está dando acerca de cuál es el sujeto de la lucha por la vivienda. Cómo planteamos la pregunta sobre el sujeto político; por qué este debe ser la clase trabajadora (o dicho con más precisión, el proletariado revolucionario); o qué relación guarda esto con el debate en torno al rentismo popular y las implicaciones que ello tiene, es lo que aquí se intentará desarrollar.

¿Cómo se construye un sujeto político?

Venimos de un ciclo político en el que los sujetos de nuestras luchas se daban por hecho. Eran algo que venía dado, la pregunta del sujeto se respondía de forma superficial e intuitiva. Hipotecados, inquilinos, okupas, o más en general, “quienes tienen un problema de vivienda” han sido las categorías que hemos manejado, sin llegar a concretar demasiado qué es un problema de vivienda o quién y por qué sufre ese problema. Es natural que esto ocurriese así en un movimiento como el de vivienda, que nació a partir de una problemática compartida como fue la oleada de desahucios tras la crisis de 2008 para encontrar una solución a los mismos sin planteamiento estratégico alguno que lo guiase.

Cuando más tarde intentamos abordar esta cuestión lo hacíamos con las preguntas equivocadas, planteando la pregunta del sujeto en términos tácticos. A menudo se entendía que responder a cuál era el sujeto de la lucha por la vivienda consistía en hacer una descripción empírica de los que formaban parte de él o de los que se veían más afectados por los problemas de vivienda a partir de algunas características inmediatamente observables (género, procedencia, sectores de clase, edad, forma de acceso a la vivienda, etc.). También se confundía una suerte de estrategia comunicativa “de mayorías” que acaba por confundir el sentido común hegemónico, que ya habían renunciado a disputar sin siquiera empezar, con el sujeto de lucha.

La cuestión de cuál es el sujeto es una pregunta estratégica que tiene que ver fundamentalmente con estas otras preguntas: ¿qué intereses defendemos?, ¿cuál es el sujeto colectivo capaz de realizarlos?

Para nosotras, en cambio, la cuestión de cuál es el sujeto es una pregunta estratégica que tiene que ver fundamentalmente con estas otras preguntas: ¿qué intereses defendemos?, ¿cuál es el sujeto colectivo capaz de realizarlos? Plantear la pregunta así nos hace conscientes de que el sujeto es algo que se construye, una elección política, y no algo que venga dado por una u otra problemática de vivienda.

Esto puede parecer un mero matiz, pero no lo es: obviar esa diferencia entre la composición de un movimiento y los intereses que defiende es uno de los principales errores del movimentismo interclasista del que venimos. No podemos dar por hecho que un determinado movimiento u organización, por el mero hecho de estar compuesta por personas de clase trabajadora, va a defender los intereses de esa clase. ¿Un equipo de fútbol formado por proletarios lo hace? En otras palabras, la diferencia en la posesión de la propiedad que genera “hipotecados”, “inquilinos” u “okupas” junto a las diferentes circunstancias directamente observables de la realidad como “precarios”, “mujeres” o “migrantes”, son categorías sociológicas que nada dicen de qué intereses se están defendiendo en la práctica.

Un ejemplo muy claro de la importancia de hacer esta distinción viene de la mano de la PAH y los Sindicatos de Inquilinas. Aunque compuestos mayoritariamente por personas de clase trabajadora (incluso, en el caso de la PAH, de sus sectores más precarizados), el hecho de tener una estrategia que no pone en tela de juicio la propiedad privada, que no supera el complejo de señalar y chocar con los intereses de los pequeños propietarios, y su tendencia a funcionar como pata necesaria de presión al Estado —que consideran neutral— para expandir derechos y repartir menos miseria, hace que el sujeto político que articulan sea el de la clase media. Cuando separas la autodefensa del salario que llevas a cabo en luchas como la de vivienda de la construcción de un proyecto político, dejas de problematizar el poder político del Estado burgués que es, en última instancia, el poder político de la burguesía y, de forma subordinada, de las clases medias.

Si decimos que el sujeto de la lucha por la vivienda debe ser la clase trabajadora es porque es la única clase cuyos intereses son universalizables

Si queremos ejemplos de luchas económicas sin sujeto revolucionario y sin más proyecto político que el del status quo, ninguno mejor que el que nos dan sindicatos como CC OO y UGT. Puede que sus afiliados sean trabajadores, pero a nadie se le escapa que no están precisamente al servicio de sus intereses como clase sino, en el mejor de los casos, del de ciertos sectores privilegiados de ésta y a costa del resto. Marcan así un camino que desde el las luchas por la vivienda haríamos bien en no seguir.

Pero, ¿por qué el sujeto de nuestras luchas debe ser la clase trabajadora, y qué significa que sus intereses representan el interés universal?

El interés de la clase trabajadora como interés universal

Como decíamos, una de las preguntas fundamentales para pensar sobre el sujeto de nuestras luchas debe ser qué intereses se defienden.

Si decimos que el sujeto de la lucha por la vivienda debe ser la clase trabajadora es porque es la única clase cuyos intereses son universalizables.

Frente a la concepción obrerista que reduce la clase a los trabajadores asalariados (e incluso a cierto estereotipo de trabajador fabril masculino, blanco, etc), entendemos la clase trabajadora como el conjunto de los desposeídos, formado por los diversos sectores sin un acceso estable a la propiedad y que por tanto para sobrevivir dependen, directa o indirectamente, de la venta de fuerza de trabajo para acceder a sus medios de vida: trabajadores y trabajadoras asalariadas, quienes están en paro o sobreviven con ayudas, nativos o inmigrantes, la ama de casa o el estudiante que dependen del salario de sus familiares para llenar la nevera y tener un techo.

Es precisamente la situación de desposesión que define a la clase trabajadora la que hace que sus intereses sean los que representan el interés universal. Son quienes no tienen nada. Quienes para hacer valer sus intereses no tienen privilegios a los que aferrarse, partido burgués que les represente o propiedades que defender, sino que solo les queda alterar los fundamentos mismos de la sociedad: la vivienda como mercancía, la sociedad de clases y la propiedad privada. Hacer esto es lo único que puede poner una solución real y universal al problema de la vivienda. Puede que se entienda mejor formulado en un sentido negativo: cualquier reivindicación que no sea universalizable (es decir, que no sirva como solución para todo el mundo de forma estable), no sirve para defender los intereses de la clase trabajadora.

Si algo queda patente en la lucha por la vivienda es que desde ella es posible organizar a sectores a los que difícilmente se llega por otras vías (un proletariado migrante, feminizado y profundamente desposeído)

En ocasiones se ha reducido esta comprensión sobre el sujeto a una política de radicalidad discursiva considerada anacrónica porque hoy nadie se identificaría con la clase trabajadora, por lo que esta estrategia estaría condenada a la marginalidad. Lo que verdaderamente proyectan estas caracterizaciones es una concepción de los sujetos políticos como grupos sociales ya existentes ahí afuera a los que bastaría llamar a organizarse. Esto implicaría que para apelar a “mayorías” debería adoptarse un discurso adaptado al sentido común hegemónico (es decir, al sentido común capitalista, normalmente en su versión socialdemócrata).

Pero si algo queda patente en la lucha por la vivienda es que desde ella es posible organizar a sectores a los que difícilmente se llega por otras vías (un proletariado mayoritariamente migrante, feminizado y profundamente desposeído), y no precisamente gracias a malabares discursivos para tratar de “no asustar a la gente”, sino por dar respuesta a sus necesidades más inmediatas. Esto no implica que no se puedan utilizar tácticas diversas e innovar en ellas para llegar a distintos sectores, sino que estas deben englobarse en una estrategia común. Una estrategia que supere la sectorialidad de la vivienda, que no se adapte a un sentido común ya existente sino que lo batalle y expanda con ello un nuevo sentido común en el que la superación del capitalismo es única vía para poner solución al problema de la vivienda.

“La emancipación de la clase trabajadora será obra de los trabajadores mismos”

Hasta aquí hemos visto por qué únicamente defendiendo el interés de la clase trabajadora es posible formular soluciones universales al problema de vivienda. Pero falta una segunda pregunta: ¿cuál es el sujeto colectivo capaz de realizar ese interés universal? La emancipación de la clase trabajadora será obra de los trabajadores mismos, dice una vieja consigna. No obstante, por más acertada que sea, solo tiene sentido si la llenamos de contenido.

Partimos de que lo que comúnmente se llama, de forma un tanto difusa, “problema de la vivienda” es una consecuencia del sistema capitalista que hace de ella una mercancía y divide la sociedad en clases (y no simplemente el resultado de un mal funcionamiento que requiera de algunos ajustes para ser solucionado). Por tanto, solo se puede acabar con él superando el capitalismo. Esto puede parecer una obviedad a muchos, pero tiene implicaciones que no podemos seguir ignorando. La primera, que la estrategia debe ser integral y no sectorial: resulta ingenuo pensar que una lucha sectorial como la de vivienda puede por sí misma realizar esa tarea. La segunda, que cualquier estrategia que pretenda solucionar el problema de la vivienda de forma aislada, está condenada a la impotencia y el fracaso.

Cualquier estrategia que pretenda solucionar el problema de la vivienda de forma aislada, está condenada a la impotencia y el fracaso

Este fracaso puede tomar formas aparentemente muy diversas, pero que alimentan por igual el proyecto socialdemócrata. Un viejo conocido del movimiento de vivienda es la cooptación e integración a través de las marcas electorales de turno; el hecho de que, pese a pensarse como movimiento social aparentemente autónomo (e independientemente de la radicalidad discursiva de la que se haga gala), en ausencia de proyecto político revolucionario independiente la socialdemocracia es el único agente capaz de rentabilizar políticamente la lucha, integrando las demandas sectoriales en un programa general.

Si la lucha no puede ser sectorial, su sujeto tampoco: el único sujeto capaz de apuntar a la superación del capitalismo es la clase trabajadora. Y no lo es únicamente porque su interés represente el interés universal, sino porque sus intereses y necesidades más inmediatas se ven amenazados continuamente, y su propia desposesión le deja sin más herramientas para defenderse que organizarse con otros en la misma situación, pues un Estado que monopoliza la violencia en su contra, unos servicios y alternativas que no puede pagar y una ley que blinda la propiedad privada capitalista nunca serán herramientas para su liberación por más que pueda tener momentáneamente ciertas necesidades básicas cubiertas a costa de someterse a la explotación inherente al trabajo asalariado.

Si la desposesión empuja al proletariado a organizarse para defender sus intereses, necesitará extender y fortalecer esa organización para superar los límites con los que va chocando. Cuanto más amplia, general y sólida sea esa organización, más capaz será de combatir y desarticular el poder del capital. La toma de conciencia de sus intereses comunes, de la raíz capitalista de sus problemas, y la progresiva superación de las barreras locales, sectoriales, nacionales o cualquier forma de división y opresión dentro de la clase, es lo que la constituye como sujeto y le permite apuntar a la superación del capitalismo como totalidad. Pues ese sujeto universal no se construye ignorando estas opresiones o divisiones que atraviesan la clase (como tampoco generando sujetos sectoriales interclasistas para abordarlas), sino en lucha contra ellas: que unos sectores obtengan migajas a costa de otros nunca será un interés de la clase trabajadora en su conjunto, sino una traba.

Este proceso por supuesto no es automático, sino algo que se construye políticamente y que requiere de mediaciones organizativas cada vez más complejas. Tampoco un capricho de unos pocos iluminados, sino un requisito para poder superar cada uno de esos límites, generando un poder de clase independiente que no busca únicamente pequeñas mejoras concretas, sino acabar con el poder del capital, tomar el control de los procesos de producción y reproducción social, y así garantizar un acceso universal a la vivienda, por seguir con el ejemplo que nos ocupa. Algo que, por más que sea algo perfectamente posible ya hoy en cuanto a condiciones técnicas y que solo el imperativo de acumulación capitalista impide, solo se puede hacer efectivo con el paso al socialismo.

Sin esta independencia política, el proletariado puede organizarse en diversidad de proyectos, pero no actuar como sujeto. Lo hará bajo proyectos corporativos de sectores concretos o de las clases medias, no en defensa de sus intereses comunes como clase. Lo hará como carne de cañón, al servicio de los intereses de otros.

El rentismo popular, la sociedad de clases medias y la clase trabajadora

Recientemente se ha dado un debate acerca de la estructura de la propiedad inmobiliaria y el mercado del alquiler, que es ya un tema habitual en la lucha por la vivienda. Si se lee superficialmente se podría pensar que solo se está discutiendo sobre datos, y sin embargo en él entran en juego muchas de las cuestiones arriba planteadas. Para situar el debate a quienes no estén familiarizados con él, se trata de una discusión entre quienes caracterizan el mercado del alquiler como copado por una élite minoritaria, compuesta por fondos buitre, inmobiliarias y grandes tenedores (hipótesis seguida por los Sindicatos de Inquilinas y que de hecho motivó su surgimiento), y quienes dan centralidad al rentismo popular, al hecho de que el mercado del alquiler está mayoritariamente en manos de pequeños propietarios, pertenecientes principalmente a las clases medias.

Uno de los problemas de la primera hipótesis es precisamente que antepone mantener su esquema discursivo populista donde una “élite rica” se enfrenta a un “pueblo indefenso”, a la precisión en los datos. Así, llegan a hablar del “mito de los pequeños propietarios” cuando, incluso según sus propios datos, estos controlan el 40% del mercado del alquiler (el 90% según otros datos más completos) frente a un 25% de grandes rentistas.

Pero algo a destacar aquí es que, aunque efectivamente el mercado del alquiler estuviese copado por grandes caseros, seguiría siendo peligroso políticamente formularlo en esos términos, ya que no es lo mismo defender a una mayoría vulnerable frente a una élite, que defender unos intereses de clase universales. ¿Por qué? Porque basar la argumentación en que “los caseros no necesitan protección porque sus rentas son muy altas” es decir implícitamente (aunque quizá no sea lo que se busca) que sí la necesitarían si sus rentas fuesen más bajas. Entonces, ¿deberíamos defender sus intereses como caseros porque necesiten esas rentas para “llegar a fin de mes”, porque fuesen “vulnerables”?

Este tipo de argumentos obvian no solo que los pequeños propietarios no son ningún ser mitológico, sino también que, de hecho, forman un bloque de intereses propietarios junto con los grandes

Este tipo de argumentaciones y discursos oscurecen en lugar de aclarar el hecho de que una solución universal al problema de la vivienda pasa por que ésta sea gratuita, de acceso universal, de calidad, y controlada por la propia clase organizada. Es decir, pasa por la abolición de la vivienda como mercancía. Obvian no solo que los pequeños propietarios no son ningún ser mitológico, sino también que, de hecho, forman un bloque de intereses propietarios junto con los grandes. ¿Cómo? Los pequeños sirven, efectivamente, para legitimar socialmente la propiedad privada y el rentismo, mientras los grandes utilizan su poder económico y político para actuar a través del Estado, los medios de comunicación, etc., en defensa de esos intereses.

Sin embargo, la crítica al simplismo de este esquema discursivo populista se ha extendido a quienes defendemos que las luchas por la vivienda deben tomar a la clase trabajadora como sujeto. A veces, simplemente, es una confusión de quienes proyectan su propia idea obrerista de qué es la clase, la cual reducen a los asalariados. En otras ocasiones, el argumento es que la defensa de la centralidad de la clase trabajadora no capta la complejidad de la estructura de propiedad en torno a la vivienda, pues en este ámbito no habría una división clara entre proletariado y burguesía (por fenómenos como el rentismo popular y la amplitud de las clases medias).

Pero esto es confundir qué es un sujeto político y qué son intereses de clase, como ya se ha expuesto a lo largo del artículo. El análisis de clase no es algo que sirva simplemente para clasificar quien es proletario y quien no (pues la estructura de clases es compleja y conocerla es fundamental para estudiar la coyuntura y desarrollar tácticas adaptadas a ella). Sirve, precisamente, para articular un sujeto y orientar el conflicto en ese terreno tan complejo. Para fijar qué intereses se defienden como proyecto político y en cada conflicto concreto, y no perdernos en ese tipo de dicotomías entre élites y mayorías que se vuelven más y más confusas cuanto menos encaja la realidad en ellas: no defendemos los intereses de la clase trabajadora por ser mayoritaria o dejar de serlo, sino porque sus intereses son los únicos universalizables.

La sectorialidad y el corporativismo no se supera aglutinando luchas en un mismo espacio o bajo unas mismas siglas, sino haciendo que esas luchas se doten de una estrategia integral común

Aterrizándolo en el ejemplo de antes: sirve para entender que los intereses de un casero de mantener sus rentas o propiedades no son intereses a defender. Por más que trabaje o sea un pobre hombre. No podemos basar nuestros argumentos o tácticas en que este sea o no “vulnerable”. Y no son intereses de la clase trabajadora porque no son sus intereses comunes, no son universalizables (es imposible que todo el mundo sea casero), sino que son contrarios a los de sus sectores más desposeídos. A quien le exprimen con el alquiler o le van a desahuciar, poco le importa que su casero sea Blackstone o Francisco Pérez.

Ahora bien, compartir la crítica que desde la hipótesis del rentismo popular se hace a la estrategia de los Sindicatos de Inquilinas y su planteamiento discursivo —que debe extenderse al movimiento de vivienda en su mayoría— no significa que se tengan que compartir la propuesta política que extrae su autor. Éste señala acertadamente que una de las claves es superar la sectorialidad, el corporativismo y el asistencialismo que caracterizan a las luchas por la vivienda actualmente. Pero la forma en que esto se plantea es problemática. La idea de comunidades en lucha sin un sujeto político bien definido no permite trascender todo esto, porque hacerlo no es una cuestión de mera voluntad. Una pista de ello nos lo dan las comunidades en lucha o sindicatos de barrio integrales ya existentes, que aunque puedan tener aportes o herramientas interesantes, en seguida empiezan a chocar con los mismos límites: localismo, falta de estructura y proyección estratégica…

La sectorialidad y el corporativismo no se supera aglutinando luchas en un mismo espacio o bajo unas mismas siglas, sino haciendo que esas luchas se doten de una estrategia integral común; esto es, qué se articulen como luchas políticas, como momentos de un movimiento políticamente centralizado. Tampoco se hace prescindiendo de la definición de un sujeto.

No es este el lugar para desarrollar en más detalle una propuesta política y organizativa, pero ciñéndonos a la cuestión del sujeto, que es la que en este artículo nos ocupa, tenemos algunas claves: si la lucha por la vivienda no busca poner parches parciales y temporales que contribuyen a perpetuar el problema, si no busca favorecer a unos sectores a costa de la explotación y exclusión de otros, si lo que busca es dar una solución estructural y universal al problema de la vivienda que solo se puede dar a través de la superación del capitalismo… Entonces, debe contribuir a constituir al proletariado revolucionario como sujeto: un sujeto que no se puede ir a buscar a ninguna parte, porque hoy no existe, sino que tenemos el deber de construir políticamente.

Tomado de elsaltodiario.com

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