Sobre ARGENTINA y VENEZUELA- JESÚS PUERTA*- En torno a algunos excesos: mileistas y nazis chavistas

02/01/2024

Según Picón Salas los venezolanos, de las tres grandes promesas de la revolución francesa, hemos asimilado con mayor claridad y gusto, la de la Igualdad (así, con mayúsculas, porque son palabras-fuerza). La libertad, a falta de una estructura social que pudiera digerirla, se interpretó más bien en una clave internacional, como liberación o independencia respecto de algún imperio, español, norteamericano o europeo en general. Incluso, cuando se mete la tan significativa palabra en un himno (por ejemplo, el de la Federación) se la asocia con el temblor de los oligarcas, los propietarios; no necesariamente el Estado, menos si este es “proteccionista“. La Fraternidad, otra palabra de la consigna central de los franceses del siglo XVIII, traducido a lo contemporáneo, sería algo así como la solidaridad, y se entendió como una referencia a la “ayudita” que se le podía dar a los menesterosos, los enfermos, los niños y los ancianos, en clave de filantropía o caridad cristiana.

Por eso don Mariano habría sentido un poco sorprendido por el fervor que muestran algunos con la consigna “Viva la libertad ¡carajo!”) del presidente Milei de Argentina. Desde siempre esa región de América Latina ha tenido una coordinadas ideológicas (unos códigos) muy diferentes a los del Caribe, por ejemplo. Ellos mismos hacen ostentación de que son más “europeos” que un venezolano o un dominicano, por ejemplo. Por eso, es un tanto exótico que tengamos un “libertario” o un “anarcocapitalista” entre nosotros. Nunca el anarquismo prendió mucho por estos trópicos, como lo saben los poquísimos conocidos anarquistas de la UCV y de Guacara. Ni siquiera el anarquismo orgullosamente proletario que llegó a la Argentina a principios del siglo XX. Mucho menos este nuevo anarquista que viene siendo un exceso estrambótico del neoliberalismo, o sea, la ideología del gran capital en los dos últimos siglos.

No se le escaparía a don Mariano que este súbito éxito ideológico del pensamiento de un desconocido como Robert Nozik (o incluso de F. Hayeck, más desconocido aún) entre los entusiastas “libertarios” venezolanos, tiene más que ver con la imprudencia aparatosa y alborotadora de unos tipos, embriagados por su propia vulgaridad, estrechez de miras y ese fanatismo estructural que los lleva a trasladar su misma ruidosa agresividad verbal a través de las diferentes estaciones de sus conversiones sucesivas, de tirapiedras en el arco de Bárbula, a pegagritos de la señora Machado. En otras palabras (para que me entiendan si me leen), es pura bulla escondiendo una profunda ignorancia que solo les permite articular, no razones, sino insultos, literalmente, a su diestra y a su siniestra, de acuerdo a sus mudanzas de posición, que van de una banda a la otra, sin tocar home.

El discurso de los ajustes pudiera ser racional, entendible, si llega hasta la explicación de la falta de fondos estatales para realizar los gastos necesarios para mantener una burocracia abundante e inútil, por ejemplo. Más convincente se hace esta argumentación si se apunta al despilfarro de los recursos oficiales, manifestada en vehículos, personal de seguridad personal o gastos festivos, y se denuncia la masiva corrupción que ha enriquecido a unos pocos, violando leyes y hasta la mínima decencia. Con un poco más de esfuerzo, se podría explicar que los desequilibrios macroeconómicos entre los ingresos y los gastos del Estado, o entre las exportaciones y las importaciones, o entre la capacidad productiva del país y el nivel de endeudamiento insoportable debido a la irresponsabilidad de los gobernantes, justifican ciertas medidas que afectarán a todos. Y este es un buen punto de la explicación: a todos es a todos. No solo a los más pobres y débiles, sino a los otros. Ah, y que la carga no puede ser igual para todos porque aquí la igualdad sería una injusticia. La carga debe ser mayor para los que tienen más fuerza y recursos. Esto es racional, se puede explicar y se puede entender y hasta aceptar resignadamente.

Pero no. El extremista tiene que plantear un plus. Que privatizará todo, incluso (o principalmente) aquello que debiera ser el mínimo de la vida que debe garantizar el Estado, por lo mismo que es un derecho humano: salud y educación. Pero además evidenciar que en esa privatización deberán participar solo los que tienen capital, sean nacionales o extranjeros. Porque esa reducción del Estado, afirmada como si se tratara de un mandamiento de Yahveh dado a Moisés, debe llevar a recudirlo a funciones de policía, tribunal y garante de contratos entre particulares. Pero, encima, que aplicar esas medidas implica despidos masivos, estancamiento o bajada de sueldos. Es decir, que para unos esa “reducción (o incluso, “eliminación” del Estado”) implica ganancias, mientras que a otros los arroja a la más abyecta miseria. Y la cosa no para ahí. Se va en contra de todo un entramado de leyes, se concentra la autoridad en el presidente que hasta podría valerse del recurso de los plebiscitos para torcer el marco jurídico y saltarse los contrapesos institucionales propio de cualquier democracia representativa de corte anglosajón, incluso.

Todo ese discurso de la eliminación del Estado, tiene dos fuentes opuestas. Una, anclada en las tradiciones del anarquismo europeo, junto al laborismo la primera expresión política de la clase obrera, parte de que el Estado, con todo su sustento jurídico e institucional, no sirve sino para defender los intereses de los capitalistas, por lo que un poder proletario, democrático por esencia porque proviene de abajo, tiene que empezar por desmontar el Estado burgués y marchar hacia nuevas formas de coordinación y toma de decisiones de todos los trabajadores. La otra fuente parte, a su vez, de dos mitos. Uno, que la economía puede llegar a sus equilibrios básicos (producción-consumo; o sea, satisfacción de necesidades) mediante un mecanismo impersonal: el mercado, que no debe ser tocado por el Estado. El otro mito es que los individuos son esencialmente libres, aunque de inmediato se alegue (como Locke) que son libres en tanto y en cuanto propietarios. Tanto los ideólogos de la libertad optimistas (pongamos Rousseau) como los pesimistas (Hobbes) se vieron en aprietos para explicar cómo es que esa libertad se convierte tan fácilmente en opresión. Locke mostró las patas al caballo: la libertad a la que se alude es la del propietario. Pero ¿y los que no son propietarios?

Las crisis periódicas del capitalismo desde el siglo XIX hasta ahora demostraron que el primer mito, el del equilibrio automático mediante el mercado, aunque muy bonito, era falso: incluso los más liberales respaldaron la intervención del Estado para reconstruir economías (los principales planteamientos de intervencionismo estatal, en la teoría, fue un economista, Keynes, quien explicaba que hacer que el Estado actuara en economía era la única forma de detener el comunismo). Los fieros neoliberales, ante las crisis financieras de la última década de los 90 y la inmensa de 2008, fueron los primeros en aplaudir la intervención de los Estados, con inmensas inyecciones de dinero (impreso ¿qué creen?) para hacer reflotar a los grandes bancos, responsables por otra parte de las crisis, debidas precisamente a la desregulación neoliberal de las últimas décadas del siglo XX.

Esa pugna entre neoliberales e intervencionistas a ultranza fue zanjada por el término medio de la “Tercera Vía” de los socialdemócratas en los noventa: tanto mercado como sea posible; tanto estado como sea necesario. Este sentido común parecía muy apropiado, sobre todo cuando se derrumbó la URSS y demostró el fracaso de una economía controlada estatalmente por un plan único. Pero fueron los neoliberales quienes ganaron la hegemonía del pensamiento y la política de las últimas décadas del XX y primeros del XXI, de la mano con el FMI y la aparición del “socialismo de mercado” en China y Vietnam, que abrieron el telón a una nueva época en la cual hay que pensarlo todo de nuevo. Pero esa es una historia muy larga que narraremos en otra ocasión.

Estos últimos párrafos los dedicaré a otra modalidad de esa estructura de personalidad que caracterizamos en el tercer párrafo: el extremista por imprudencia ruidosa. El ejemplo más destacado es el del diputado del PSUV que llegó a quejarse de que Hitler no pudo culminar su misión de exterminio de los judíos durante el famoso Holocausto.

Por supuesto que en este (¿qué? ¿barbaridad? ¿chiste de mal gusto? ¿expresión de una indignación o “arrechera”, como la de las “doñitas” de Capriles?) … se manifiesta la estructura general del incontinente verbal de groserías e insultos. Pero este fenómeno no es nunca individual. Este tipo de alteración siempre está asociado a un medio social, los más próximos “panas” con los que se comparte esas muestras de sarcasmo extremo, con su correspondiente celebración. No dudo que ese “chiste” de desear que Hitler hubiese terminado su misión (de hecho, el líder nazi pensaba que esa era su misión principal, además de convertir la raza aria en la dueña de las otras razas de subhumanos) se haya ganado los aplausos en cualquier reunión informal de los panas de Aranguibel (¡Ups! Lo nombré).

El sarcasmo como modalidad retórica es riesgosa. El primer riesgo, es que no se entienda, y pasa por un chiste malo, burdo, opaco, chimbo. El segundo riesgo es que quien lo dice o escribe en un tuit pasa por ser la persona más ácida, cruel, despreciativa, arrogante, sin siquiera lograr mostrar el pequeño ingenio que, según quien lo profirió y los que lo aplauden y celebran con una carcajada, se ha urdido. El tercer riesgo es decir una estupidez tratando de hacerse el gracioso o el ingenioso. Esto es un pecado. Entiendo que lo mínimo a que aspira el imprudente extremo es que sea considerado genial, no un estúpido.

El cuarto riesgo es que tus jefes no se rían con tu supuesta agudeza. Y que, encima, te expulsen del aplauso oficial, de las listas de camaradas, incluso amenacen con expulsarte de la de diputados. Aquí el desconcierto es generalizado, especialmente entre los panas. Ahora estos se dan cuenta de que existen las “fauces de la propaganda oficial“, la “eliminación faraónica” que dicta que el nombre del infeliz estúpido nazi no pueda ser mencionado nunca más, que incluso esta “persecución” contra el imprudente se deba a una posible conexión del gobierno con el lobby sionista, quién sabe, a cambio de un relevamiento de sanciones personales. Surge entonces una solidaridad desconcertante porque ¿entonces eso de alabar un genocidio por la “arrechera” por el que se está cometiendo contra el pueblo palestino, es compartido por otros “defensores del proceso”?

Aquí, lo siento mucho, me parece adecuada la respuesta (aunque hipócrita, claro), la inquisitorial y antipática del fiscal, la del presidente de la AN, la de la plana mayor y el “gran hermano” del PSUV para con el amigo Aranguibel. Y que conste que le llamé “amigo” solo porque estudiamos juntos los dos últimos años del bachillerato en el IEFD de los Ruices y no idea tenía que había sido pana de Alí Primera.

 

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