México – La sucesión obradorista

Por Massimo Modonessi

A medida que se acercan las elecciones generales de 2024 en México, las disputas recrudecen. Si bien la sucesión de AMLO está decidida y ha contado con gran apoyo, resta por ver cuánto de personalismo y cuánto de construcción realmente hegemónica hay en el proyecto de gobierno de Morena.

La semana pasada concluyó en México la pre-pre-campaña para definir la candidatura presidencial de Morena, y Claudia Sheinbaum recibió de la mano de su mentor político, el presidente Andrés Manuel López Obrador, el bastón de mando con la cabeza de águila y fue nombrada Coordinadora Nacional de la Defensa de la 4T, una figura política inventada para eludir la legislación electoral que contemplaba que los procesos de selección de candidatos se debían realizar en noviembre.

Sin embargo, ya que los partidos estaban entrando en fibrilación, todo se adelantó. La oposición hizo lo propio: el frente amplio antiobradorista, compuesto por el PRI, el PAN y el PRD, escogió a la empresaria Xóchitl Gálvez como su candidata presidencial. Se vislumbra por lo tanto que en 2024, por primera vez en la historia de México, una mujer se sentará en la silla presidencial.

Sheinbaum obtuvo el 39% de las preferencias en una serie de encuestas paralelas —un mecanismo que ya es habitual en Morena— realizadas entre la población en general y no solo entre la militancia, demostrando que lo que interesa y se mide es la performatividad electoral de una candidatura y no el liderazgo interno de un dirigente. Pero también es cierto que esto corresponde a lo que es Morena: fundamentalmente, un aparato electoral de selección, promoción y disciplinamiento de funcionarios que solo marginalmente conserva hábitos de partido o movimiento popular, es decir de participación, movilización y formación política de sus bases.

#EsClaudia porque es AMLO

La flamante candidata, quien ostenta una destacada carrera política al lado de AMLO y que ha ocupado hasta hace pocas semanas el segundo cargo más visible del país (la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México), es una investigadora universitaria en ingeniería ambiental con una inclinación de izquierda desde finales de los años 80, cuando participó en un movimiento estudiantil que confluyó en la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y el PRD. Tiene fama de ser muy trabajadora, comprometida, competente y coherente, cuando no obstinada y autoritaria.

Su lealtad inquebrantable hacia AMLO parece haber sido la razón fundamental para que fuera reconocida como la «preferida» sin que el presidente tuviese que indicarla directamente como su sucesora, con el famoso «dedazo» por medio del cual se producían las sucesiones presidenciales priistas de antaño. Pero si el dedazo no se dio o se dio debajo de la mesa —otra tradición priista—, la «cargada», es decir, el apoyo en cascada de las principales figuras del obradorismo, fue evidente.

Esto provocó una distorsión en el proceso de campaña que fue denunciado por el principal contrincante de Sheinbaum, Marcelo Ebrard, quien obtuvo el 26% de las preferencias pero se había hecho ilusiones con que llegara su turno para aparecer en la boleta (tal como le había «prometido» AMLO, cuando en 2012 y 2018 aceptó que las encuestas no lo favorecían y apoyó disciplinadamente al actual presidente que lo consideraba «un hermano», contentándose con desempeñarse primero como Jefe de Gobierno y después Secretario de Relaciones Exteriores).

Los demás candidatos (que el proprio AMLO denominó «corcholatas», porque habían sido destapados, a diferencia del «tapado» que, en la tradición priista, era el candidato del presidente en turno) se repartieron el resto de los votos, que no fueron pocos, teniendo en cuenta que la victoria de Sheinbaum fue menos contundente de lo que se imaginaba considerando el peso de la «cargada». Como se acostumbra, todos fueron premiados por aceptar la derrota e incorporados por Claudia a su grupo de trabajo.

El proceso de pre-pre-campaña sacó a relucir la maquinaria y la parafernalia del modo de producción de la política mexicana actual. Se movilizaron los aparatos, los cazadores de curules y puestos hicieron sus apuestas, y los recursos fluyeron desde las arcas del Estado. Al mismo tiempo, alrededor de Claudia, considerada la sucesora autorizada, se notó el respaldo de las masas obradoristas. Todos repitieron por igual que había que seguir el camino trazado por AMLO y defender la llamada 4T. No hubo ataques frontales entre los candidatos porque AMLO los prohibió y señaló que el pueblo iba a castigar a aquellos que infringieran la regla de la unidad.

En la batalla de ideas, el eslogan #EsClaudia se impuso por sobre #MarceloVa. Más allá de la vacuidad discursiva, hay que reconocer una diferencia de perfil entre las inclinaciones clasemedieras de Ebrard y la ortodoxia obradorista de Sheinbaum, quien garantiza la continuidad de los programas sociales, las «joyas de la corona» de la 4T.

Equilibrios y claroscuros

El proceso de selección de la candidata, definido por AMLO como un «ejemplo de ejercicio democrático», deja fracturado el campo obradorista. Ebrard impugnó el proceso y pide que se reponga —lo cual no ocurrirá—; más tarde, declaró que fundará un movimiento político nacional y ya se verá como jugará sus cartas el tablero: al lado de la oposición, como una tercera opción centrista o, como parece más probable, negociando un acompañamiento externo a la 4T y a su candidata. En todo caso, su salida afecta la apuesta centrista del obradorismo, que frente a una oposición política débil y desarticulada, de cara a la ofensiva de los medios de comunicación y con la aversión de sectores sociales minoritarios pero socialmente bien posicionados, ha logrado, hasta ahora, sostenerse en el centro político.

La del obradorismo es una centralidad que se deriva de su capacidad de proyección hegemónica, basada en un sólido consenso entre los sectores populares y en el más precario apoyo de sectores de clase media urbana. Del otro lado, la 4T confronta con otras fracciones de la multiforme franja intermedia de la sociedad mexicana, pero fundamentalmente con las reacciones —a menudo descompuestas— de clases y grupos políticos otrora y todavía dominantes.

Pero se trata de grupos que en su gran mayoría siguen dialogando y siendo beneficiados por el gobierno, haciendo negocios y acumulando ganancias extraordinarias en un contexto económico favorable, ya que la 4T tuvo a bien cuidar los equilibrios monetarios y macroeconómicos, cabalgar el vínculo con Estados Unidos y no atreverse a reformar el sistema fiscal en sentido progresivo, concentrándose más bien en recaudar recursos combatiendo la evasión de impuestos, atacando la corrupción y reduciendo drásticamente los excesos de gasto en el aparato público.

El gobierno de AMLO logró así hacerse de un excedente extraordinario, y por ello no susceptible de crecer en el tiempo, drenando lo suficiente para impulsar los programas sociales destinados a los sectores más vulnerables, aumentar el gasto público en salud y educación y a financiar los llamados megaproyectos (tren maya, aeropuerto, refinerías). Por otra parte, aumentó sensiblemente el salario mínimo —que, no obstante, sigue a un nivel extraordinariamente bajo a nivel internacional— y abrió un proceso de democratización sindical, cuyos resultados son por el momento inciertos.

Este equilibrismo interclasista, sintetizado en el eslogan «por el bien de todos, primero los pobres», permitió sostener el crecimiento económico y tuvo efectos en el terreno de la pobreza pero no logró frenar dos hemorragias que siguen desangrando el país: la migración y la violencia. Frente a esta última, la decisión de mantener e incrementar la militarización constituye uno de los puntos más oscuros y polémicos de presidencia de AMLO.

Pax obradorista y tensiones electorales

Por otra parte, un tema fundamental que no aparece en los balances y los debates en curso es que la 4T logró contener el conflicto social a sus mínimos fisiológicos a través de una eficaz combinación de mecanismos y tácticas: alentar la esperanza, implementar políticas sociales, apaciguar demandas, negociar con organizaciones, cooptar liderazgos y construir lazos clientelares.

La derecha mexicana debería, paradójicamente, agradecer y festejar la pax obradorista, perturbada solo por esporádicas irrupciones de feministas, maestros disidentes o defensores del territorio y del medioambiente. Las izquierdas, por el contrario, solo pueden lamentarlo, ya que la desmovilización y la despolitización del conflicto les resta capacidad de arraigo y márgenes de maniobra. La contienda entre las derechas políticas y mediáticas y AMLO ha monopolizado del debate y ha sido el foco del conflicto político, el eje de un antagonismo que tiene su trasfondo clasista pero que no se traduce en politización, movilización y autorganización desde abajo.

Al calentamiento de la disputa partidaria en vista de las elecciones de 2024 habrá que agregarle las tensiones internas de Morena, que inevitablemente se recrudecerán cuando se destape el proceso de selección de los candidatos que pueden aspirar a diversas gobernaturas importantes, como la de Ciudad de México, y a centenares de diputaciones nacionales y locales y de puestos partidarios.

Se verá entonces qué tan sólido y eficaz es el brazo político-electoral del obradorismo que representa Morena. La centralidad hegemónica del oficialismo, que descolocó y desplazó a las oposiciones políticas, se realizó a partir de un centrismo ideológico y programático —el humanismo mexicano— pero resultó exitoso gracias a una concentración del poder en el superliderazgo de AMLO, una centralización no solo del proceso decisional sino a modo de pararrayos que catalizó toda la energía política, y alrededor del cual gira toda la atención y el debate. Esto no garantiza que la gran coalición de intereses que se reúne en el obradorismo logre convivir pacíficamente a la hora de la repartición del poder en un contexto de sucesión.

En este sentido, la coronación de Claudia como heredera de la 4T implica un cambio de formato que necesariamente genera incertidumbre respecto de si ella podrá cargar con todo el peso del bastón de mando o tendrá que recurrir a los servicios políticos del líder fundador, quien asegura que se retirará a su rancho en Chiapas en donde se dedicará a cultivar la tierra y a escribir libros sobre su experiencia en el gobierno y la historia de México. Descubriremos pronto si el bastón de mando con cabeza de águila tiene poder propio, como la silla presidencial, o si depende de que quien lo empuñe consiga seguir reproduciendo su aura de poder.

Tomado de jacobinlat.com

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