Paso, paso, paso

Por Kalewche

Las elecciones primarias obligatorias en Argentina provocaron un verdadero terremoto político que, por sus dimensiones, sorprendió al conjunto de la «clase política», a todos los analistas, e incluso a la propia ciudadanía y al precandidato ganador. No hubo big data ni «inteligencia artificial» capaces de prever lo que se venía, al menos no en toda su magnitud. Ni hubo «relato progre» capaz de ocultar la realidad de una inmensa mayoría de la población que la está pasando, desde hace años, realmente mal. Mucho peor, de hecho, de lo que son capaces de percibir las dirigencias políticas y unas clases medias cada vez más ensimismadas y replegadas en sí mismas.

¿Y qué decir de las encuestas preelectorales y sus yerros garrafales? Ya está probado hasta el hartazgo que no sirven para medir nada, al menos en el contexto maquiavélico y venal de democracia burguesa. No se hacen tanto para sondear la opinión pública, como para influenciarla, condicionarla, direccionarla, manipularla, formarla. Las encuestas se han vuelto un lucrativo nicho de PNT (publicidad no tradicional). Son, básicamente, propaganda encubierta, marketing subrepticio y deshonesto. A quienes las encargan y pagan, igual que a quienes las realizan y cobran, les preocupa menos conocer la verdad que perseguir su propio interés (a los partidos o coaliciones del establishment, publicitarse e instalarse como opciones atractivas; a las empresas encuestadoras, enriquecerse complaciendo y reteniendo a la clientela). “Una vez más las encuestadoras no pegaron una”, señala con sorna Sergio Zeta en su columna de opinión del 17 de agosto para Contrahegemonía. “Quizás en vez de la falible ‘intención de voto’ debieran medir la más certera ‘intención de castigo’, expresión del hartazgo hacia quienes –gobierno tras gobierno–, sólo mejoran sus propias vidas mientras agrandan las fortunas de sus mandantes empresariales”.

Pero antes de hablar del sorpresivo triunfo de Milei, el candidato de la derecha libertariana, es necesario poner las cosas en perspectiva. A diferencia de lo que se afirma por estos días, el escenario no es una elección de “tres tercios”: un tercio libertariano (suerte de derecha ultraliberal, individualista y poco institucional), un tercio de la derecha liberal más tradicional (PRO y aliados menores) y un tercio populista (kirchnerismo/peronismo). En realidad, el escenario es de cuatro cuartos: porque la abstención superó el 30%, y el voto en blanco o nulo llegó al 6%. Esto significa que el porcentaje de la ciudadanía que no votó por ningún candidato es bastante mayor que el porcentaje obtenido por el candidato más votado. Por otra parte, siempre se olvida –y estas PASO no han sido la excepción, aunque se trate de una verdad de Perogrullo– que los guarismos de votación adjudicados a las distintas listas no se calculan en base al total del electorado, sino en base a los sufragios emitidos. Cuando los niveles de abstención electoral son muy altos, como ahora, dichos guarismos se vuelven en gran medida ficticios. No es cierto, como repite la prensa, que a Milei lo haya votado el 30% de la ciudadanía. Lo votó solamente el 21% del padrón, es decir, una quinta parte, no “casi un tercio”. Otro tanto hay que decir de los porcentajes perdedores de Juntos por el Cambio y el peronismo. En términos reales, fueron aún más bajos de lo que se cree. No 29 y 28%, sino apenas 20 y 19%. ¿Somos conscientes de cuánto hay de irreal en la democracia representativa burguesa? Por no hablar de la simplificación pueblo = ciudadanía, también muy difundida. ¿Qué hay, por ejemplo, de la población menor de 16 años, de las minorías inmigrantes no registradas o no naturalizadas, de las personas encarceladas con condena firme?

Estas PASO fueron las elecciones del hartazgo. El desencanto llevó a que mucha gente no quisiera ni siquiera acercarse a las urnas, o bien, a que retaceara su voto a cualquier precandidatura. Y el mismo hartazgo, más una pizca de bronca, llevó a que el grueso de los disconformes con una situación económica y social verdaderamente insostenible le diera su voto a Milei, el candidato que, con mucha astucia y verborrea, logró presentarse como el tipo que viene a cambiar todo: el único dispuesto a patear el tablero, el rebelde antisistema y «anti-casta». Las propuestas concretas con las que lo haría, o las condiciones reales en las que podría cumplir así sea una parte ínfima de su supuesto programa, importan poco para el grueso de sus votantes. Más que con cualquier medida específica, quienes respaldaron a Milei simpatizan con su estética transgresora o rebelde, su discurso a favor de la libertad y sus diatribas maniqueas contra la cleptocracia (reducción moralista de todos los males económicos y sociales a la corrupción política). Y otra cosa más ha incidido, tan vieja como la democracia representativa: la circunstancia de que La Libertad Avanza –el partido de Milei– sea una fuerza nueva, que nunca ha gobernado, en obvio contraste con el peronismo y Juntos por el Cambio, muy desgastados por varios años de mala gestión.

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Algo en lo que se repara poco, un verdadero obstáculo epistemológico, es en el hecho de que el eje discursivo de Milei sea la libertad. “Libertad” es ciertamente un significante poderoso, y no es difícil comprender su fuerza y su potencia frente a los absolutismos y las dictaduras. ¿Pero por qué razón hallaría tamaño eco en medio de una democracia de cuarenta años? El pensamiento progre se consuela viéndolo como pura y simple manifestación de un individualismo que se mira el ombligo y le importa un bledo el resto del mundo. Los progres no se atreven a decirlo, claro, pero la presunción que subyace a su razonamiento es clara: los votantes de Milei confunden libertad con libertinaje. Lo que el pensamiento progre es incapaz, rotundamente incapaz de ver, es que venimos de casi dos años de imposiciones autoritarias al extremo. Es imposible cuantificarlo, pero en el triunfo de Milei, igual que en la holgada victoria que Patricia Bullrich obtuvo frente a Rodríguez Larreta en la interna de Juntos por el Cambio, debe haber influido bastante el hecho de que ambos alzaran su voz –así sea tardía y tenuemente– contra los confinamientos y la vacunación compulsiva. Seguramente fueron premiados por eso. Por el contrario, quienes encabezaron la gestión sanitaria autoritaria fueron castigados, por más que hacia marzo/abril de 2020 las personas que ahora los castigan les dieran su apoyo. Creer que un fenómeno como la pandemia de Covid-19 (con la magnitud, intensidad y consecuencias que tuvieron las patéticas medidas autoritarias que implementaron los gobiernos) no tendría consecuencias, es de una ceguera inaudita. Pero como el consenso «biempensante y bien sintiente» de clase media considera que todo lo que se hizo fue magnífico, y se empecina en negar tanto el carácter autoritario y policial de las medidas como sus consecuencias negativas y su escasa eficacia, entonces los análisis se resisten siquiera a considerar la eventual influencia electoral del fenómeno más impactante de la humanidad en las últimas décadas. ¿Obstáculo epistemológico? Quizá sea una manera demasiado educada de decirlo.

Incluso nos atreveríamos a afirmar que la repulsión ante las medidas pseudo-sanitarias que complicaron la vida al grueso de la clase trabajadora informal, y que empobrecieron a porciones significativas de la población, es mayor de lo que se podría suponer de acuerdo a la verbalización pasada y presente. Fue tan grande y tan uniforme la apología de los confinamientos y las restricciones, y tan omnipresente y moralmente descalificadora la crítica a quienes meramente dudaban (por no hablar de los látigos que caían sobre los críticos de las restricciones a la vida social y las obligaciones sanitarias, tachados de negacionistas, criminales, asesinos de abuelos, egoístas, «covidiotas» o antivacunas), que una enorme cantidad de gente sigue sin atreverse a manifestar en público lo que sintió, o carece de los elementos intelectuales para verbalizarlo ante la mirada moralista y condenatoria instalada. Aunque no se hable de ello, aunque la pandemia parezca ser hoy mismo un no-acontecimiento, lo cierto es que ocurrió y que sus coletazos nos seguirán golpeando, por mucho que los analistas y las autoridades se nieguen a verlo. Una espina quedó clavada, y ese malestar tarde o temprano se manifestaría: sospechamos que acaba de hacerlo. Los libertarianos fueron, después de todo, casi la única fuerza política que plantó cara a la gestión autoritaria de la pandemia. Y Patricia Bullrich también mostró en ocasiones su disgusto y participó de movilizaciones anti-cuarentena. El que haya casi duplicado los votos de Larreta, parece que no es poco lo que debe a que el jefe de gobierno porteño fuera uno de los generales de la lucha contra el virus (junto a Alberto Fernández), mientras que Bullrich tomó distancia de esa gestión tan autoritaria como ineficaz. Claro que también Larreta ha pagado el precio de estar gobernando, no así Bullrich, que es legisladora.

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El alineamiento del FIT-U con la gestión pandémica (a la que sólo se hicieron críticas parciales o a sus excesos, sin cuestionar su naturaleza) es con toda probabilidad una de las claves de su retroceso porcentual, que tiene lugar en medio de una crisis económica y política descomunal: precisamente el escenario más propicio, a priori, para que crezca una fuerza de izquierda radical.

Aunque los efectos pandémicos tardíos han tenido, a juicio nuestro, su incidencia en las PASO, no quisiéramos sobreestimar su importancia. Si lo señalamos es porque es un factor que uniformemente escapa al análisis. Sin embargo, la enorme crisis económica que atraviesa el país, con el cinturón de lastre de la deuda externa y los condicionamientos del FMI (pesada herencia del macrismo), con la devaluación sin fin del peso argentino y la espiral inflacionaria que la acompañan y en parte constituyen, es un elemento clave para entender la orientación del voto. Los oficialismos, de un color o de otro, fueron castigados en la mayoría de los casos. Y este componente no puede ser soslayado.

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La gran performance electoral de Milei encendió todas las alarmas. No sólo las de la izquierda y el progresismo, sino también las del centro y los agentes económicos y políticos del establishment. Milei no es su candidato, y aunque otrora los medios le dieron aire y le concedieron benevolentes entrevistas, hace ya tiempo que vienen tomando distancia de él con la finalidad de esmerilarlo. Pero lo que no comprenden es que, en el contexto actual y una vez pasado cierto límite, no es la crítica abierta lo que puede debilitar a un candidato como el prolijamente despeinado libertariano. Dado que se presenta como «anti», la crítica lo fortalece electoralmente.

Hace unos meses, en ocasión de la presentación de una conferencia de Fernando Lizárraga sobre la filosofía libertariana, ya habíamos alertado que “como Milei expresa electoralmente la bronca, la crítica mediática es más probable que lo engorde que lo debilite. Nada mejor para él, en términos de sumar votos, que se le vea como el tipo que viene a patear el tablero”. Lo previsible se ha corroborado con creces. Lo que atrae de él no son sus ideas, su filosofía, o sus propuestas concretas. Lo que atrae es su aura de rebelde maldito. Los candidatos de Milei en las provincias hicieron elecciones entre modestas y lamentables. Pero el gran payaso arrasó a nivel nacional. Ello muestra bien a las claras que lo que lo sostiene no son las ideas sino la imagen, y que sus votantes pocas preguntas se formulan en torno a la viabilidad de su gobierno. Es un voto light, bien a tono con nuestros tiempos.

Por eso, más que espantarse o alarmarse con su cosecha de papeletas, más que rasgarse las vestiduras con su habilidad demagógica para explotar las nuevas tecnologías o seducir a la juventud y los sectores populares, lo que se impone es la necesidad de comprender las razones del fenómeno. Ni reír ni llorar, ¡entender!

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De acuerdo a las lecturas dominantes, el escenario se habría corrido a la derecha, no pudiéndose descartar que las elecciones presidenciales se diriman en un ballotage entre dos fuerzas derechistas: Bullrich y Milei. Si se repitiera el escenario de las PASO, de hecho, eso sería lo que sucedería. Las previsiones de que Argentina sale de las crisis por el centro parecerían haber sido desmentidas. Pero esta conclusión es superficial. Las elecciones definen relativamente poco. Incluso si ganara, el radicalismo imaginario de Milei sería aún menos disruptivo que el de Trump en Estados Unidos. El extremo centro domina la vida política de las democracias occidentales por peso específico económico, aunque de tanto en tanto los electores se orienten hacia fuerzas que se presentan como radicales o antisistema. Sin ninguna estructura política seria, Milei será un rehén del círculo rojo, o un suicida. Y no nos olvidemos del llamado teorema de Baglini: una cosa es un político haciendo campaña desde la oposición, y otra cosa es un político con la responsabilidad de gobernar. De hecho, tras su triunfo del domingo pasado, Milei rápidamente ha ido moderando su discurso: ahora promete que la dolarización será gradual, que no eliminará los planes sociales en el corto plazo, que el Banco Central deberá seguir existiendo por un tiempo, etc. Incluso se ha mostrado más sereno, pacífico y respetuoso en sus diálogos con los periodistas… Grita y putea poco. Ya no carga tanto las tintas en su «utopía anarcocapitalista» de largo plazo. Ahora prefiere explayarse mucho más en su minarquismo de corto plazo. La «baglinización» del Milei en modo presidenciable resulta muy evidente.

El establishment económico, por lo demás, no quiere en la Casa Rosada un neoliberalismo purista y a ultranza, en versión libertariana, sino uno que tenga cierta cintura política para gestionar los costos sociales del capitalismo. El poder fáctico de la gran burguesía no come vidrio. Quiere hacer negocios, desde luego; y no tiene escrúpulos morales a la hora de expropiar, explotar, precarizar y pauperizar al pueblo trabajador. La desigualdad y la miseria no le generan mayores remordimientos. Pero hacer negocios implica también, no lo olvidemos, un gobierno capaz de evitar (por ejemplo, a través paliativos asistencialistas) que el país se incendie con un estallido social. Un nuevo 2001 sería un problema grande, un serio trastorno. Es por eso que el establishment económico, en general, no ve con buenos ojos a Milei de presidente (algo que ha quedado ampliamente evidenciado en la prensa hegemónica, que hace rato dejó de tratarlo con simpatía o benevolencia). No es tanto que sus convicciones o bravatas ultraliberales le causen espanto, sino que teme que él no quiera o no sepa administrar un país con 40% de pobres.

Más que un giro medianamente consciente a la derecha, lo que se observa –y se trata, en verdad, de una tendencia mundial– es un proceso de «despolitización». La palabra posiblemente no sea la más adecuada, y no quisiéramos caer en simplismos del tipo yo estoy politizado, pero ustedes no. Hay, desde luego, muchas formas posibles de politización. Pero convengamos que, a una buena mayoría, hoy por hoy, le preocupa mucho más su vida privada y sus horizontes individuales o familiares que la construcción colectiva o la política en un sentido tradicional. Consumir parece, para las mayorías, más importante que organizarse políticamente. En este contexto, mucha gente ya no vota o, cuando lo hace, es bajo la forma del voto castigo o el voto displicente. Sólo si aceptamos que no dar mucha importancia a la política es intrínsecamente una actitud de derechas, se puede hablar de derechización. Porque en realidad –y este es otro fenómeno global– ha sido la desorientación de las izquierdas sedicentes, autopercibidas, lo que favorece el voto supuestamente derechista, sobre todo entre las clases populares. La agenda de derechos culturales, las batallas simbólicas, el lenguaje inclusivo, las veleidades identitarias, el etiquetado frontal, el cupo trans y otras medidas de discriminación positiva hacia las minorías son cosas que pueden ser aceptadas –o toleradas– por las grandes mayorías trabajadoras, si su situación económica es relativamente buena, o no tan mala. Pero en un contexto de miseria, inseguridad, precariedad y ausencia de futuro, la política woke genera más tirria que otra cosa. Si hacemos una comparación de popularidad entre los distintos gobiernos kirchneristas/peronistas de los últimos veinte años (etapa inicial de Néstor Kirchner, primer y segundo mandato de Cristina Fernández, gestión de Alberto Fernández) se advierte la siguiente tendencia a largo plazo: un declive paulatino de las políticas redistributivas asistenciales, como los planes sociales y otros paliativos económicos para las masas populares, en paralelo al avance gradual de la agenda woke: reparaciones simbólicas, multiculturalismo, políticas de identidad, derechos de minorías…

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No es que todo este reformismo nos parezca negativo. Al contrario: lo consideramos un progreso, en muchos casos. Lo negativo es preocuparse unilateral o excesivamente en esa dimensión, sacrificando o relegando el bienestar material de la clase trabajadora y la lucha revolucionaria por el socialismo, que debieran ser prioridades. Lo negativo es, asimismo, olvidar olímpicamente que los sectores populares –y el preocupante éxito proselitista de las Iglesias evangélicas en las barriadas periféricas dice mucho al respecto– suelen ser bastante conservadores en materia de cultura y sexualidad, al menos en comparación con los sectores medios, mucho más abiertos en sus valores y costumbres al cosmopolitismo posmoderno, o menos filisteos. Y algo acaso peor: fingir con histrionismo ser de izquierda o progresista en base a retoques meramente superestructurales que dejan intacta la estructura económica profunda del capitalismo, abonando así el gatopardismo del sistema. Pero aclaremos algo: No se trata de claudicar en los combates simbólicos y en la defensa de las minorías, sino de conciliar este nuevo activismo sociocultural open mind con las viejas luchas materiales y reivindicativas de las mayorías proletarias, y con la vieja militancia del socialismo revolucionario; vale decir, con la lucha de clases, cuya centralidad estratégica debiera ser recuperada y asegurada. Esto es algo que podemos y debemos esperar de las izquierdas antisistémicas, pero no de un populismo kirchnerista/peronista que acepta con entusiasmo o resignación (entre la ortodoxia neoliberal y la heterodoxia neokeynesiana, según la coyuntura histórica y el sector interno del que estemos hablando) el status quo de la sociedad capitalista del siglo XXI: globalización, precariedad laboral, extractivismo, agronegocios, desigualdad de clases, etc.

La debacle del gobierno de Alberto Fernández se explica, en gran medida, por un cóctel suicida de puntillismo woke exacerbado y raquitismo redistributivo-asistencial. No tenemos dudas al respecto. Cuando Néstor Kirchner sacó el cuadro de Videla y reactivó los juicios por crímenes de lesa humanidad, lo hizo en un contexto de reactivación económica y redistribución del ingreso luego de que el país tocara fondo, al calor de la bonanza mundial de los commodities. Su progresismo fue aceptado, o cuanto menos tolerado por los sectores más humildes de la población. En cambio, cuando Alberto Fernández rompió lanzas por el lenguaje inclusivo, el cupo trans y el etiquetado frontal, lo hizo en medio de una grave crisis económica, y un no menos grave deterioro de las condiciones materiales de vida de las mayorías populares. Esta vez no hubo aceptación o tolerancia con las reformas moral o culturalmente heterodoxas de la progresía acomodada e ilustrada. Cayeron como una bomba, como una patada al hígado.

La agenda woke de la clase media progre (a la que con mucho entusiasmo suele plegarse la izquierda roja) no sólo deja indiferentes a los sectores populares, sino que tiende a generar, en un contexto de crisis, verdadero rechazo. Son cosas vistas como intrascendentes para su vida y que les hacen sentir que están en falta eternamente. Por muy importante que parezcan estas medidas a la progresía de clase media, las mismas tienden a generar el efecto contrario al buscado (como ha sucedido en Estados Unidos y Brasil con el populismo conservador de Trump y Bolsonaro, por citar solo dos ejemplos), y es de una gran ceguera no advertirlo, sobre todo entre quienes se consideran intelectuales. Resulta, además, muy preocupante la incapacidad para ponerse en el «lugar del otro» que muestra el progresismo, y las dificultades de la izquierda para interlocutar con el moderno proletariado precarizado, desempleado y subempleado.

En cualquier caso, la crítica a la cultura woke no es nueva. Arturo Desimone, un colaborador habitual de Kalewche, publicó en enero de este año un atinado artículo que tenía por eje, precisamente, a nuestro país: “Convertirse a la cultura woke mientras la Argentina quiebra”. Allí planteó tempranamente cosas tan elementales, pero tan certeras, como que “sustituir las mejoras materiales reales en la vida de la gente corriente por cruzadas identitarias de la clase media es una fórmula perdedora tanto en el Sur como en el Norte”. No sin dejar de advertir, quizá con algo de exageración, pero dando con todo en el blanco: “en esta aparente repetición de la guerra cultural estadounidense está en juego nada menos que el futuro de la izquierda en la región”. Quizá no el futuro de la izquierda, pero sí de ese progresismo que, en medio del dominio político del extremo centro neoliberal (que domina nuestra vida política, por mucho que se lo niegue) posa como «izquierda». Pero lo verdaderamente grave, desde una perspectiva auténticamente radical, es que la izquierda de inspiración revolucionaria permanece más pegada a esta sensibilidad de clase media que a las sensibilidades de la clase trabajadora. Tenemos una dura batalla político-intelectual por delante, más allá de las coyunturas electorales en las que –lo sabemos bien– se vota pero no se elige.

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El desempeño electoral de la izquierda fue muy pobre. No sólo se retrocedió porcentualmente en relación a los comicios anteriores, sino que dicho retroceso tuvo lugar en medio de una crisis rampante, y de un descenso del porcentaje de votos válidos y afirmativos (lo que cabría suponer que debería redundar en un porcentaje mayor del voto «ideológico», no coyuntural, de la izquierda). Parece evidente que muchos votos de la izquierda fueron a Grabois, quien duplicó en sufragios al FIT-U, probablemente gracias a una mayor empatía o sintonía con la sensibilidad popular (propuestas concretas y claras, y acaso también una escasa presencia de estridencias «clasemedieras» woke en su retórica).

El oficialismo peronista, por su parte, se aferró a la candidatura de Sergio Massa, un salvavidas de plomo. ¿Cómo puede ser candidato presidenciable el ministro de Economía de un país en quiebra y con la inflación al galope? Pero los votos que perdió el kirchnerismo no los ganó la izquierda: se los apropió Milei. Esto obliga a replantearse muchas cosas.

Milei, de hecho, recogió descontentos de Juntos por el Cambio y del kirchnerismo. Incluso parece probable que le haya rapiñado algunos votos al FIT-U. Sus votos han sido predominantemente juveniles, pero no sólo. Y ha concitado adhesiones de clase media/alta tanto como de las clases populares. No se trata solamente de un fenómeno de «clase media», aunque ese es el perfil de los youtubersinstagrammers y tiktokers que difunden en las redes el mensaje libertariano. Como figura pública, Milei ha sido capaz de explotar al máximo la lógica intrínseca de las redes sociales, en las cuales el escándalo, la «incorrección política», las pasiones humanas más bajas –incluyendo el odio– señorean por razones muy bien establecidas. Una lógica que mucho le debe al modelo de negocios basado en captar permanentemente la atención de los usuarios, extraer datos, modificar las conductas y vender publicidad. Y aunque desde una perspectiva genuinamente de izquierdas no sería correcto hacer un uso intensivo y acrítico de las redes sociales y su lógica intrínseca (sería como combatir la alienación por medio de la alienación), no se puede renunciar del todo a la lucha en este campo, si bien la misma debería librarse impugnando sus premisas y procurando desarrollar otras prácticas. Pero, ante todo, hay que comprender las razones del éxito de Milei.

La razón fundamental no es ningún misterio. El discurso libertariano tiene grandes bolsones sociales en los que hacer pie, y la crisis en curso facilita esta deriva. Su acendrado individualismo encaja maravillosamente con las sensibilidades contemporáneas formadas durante décadas de neoliberalismo práctico, propaganda publicitaria y consumismo desmedido (incluso cuando esas sensibilidades se autoperciban como progresistas o de izquierda). Su antiestatismo y su visión extremadamente abstracta o formalista de la realidad de una sociedad de clases se adapta bien con los sectores medios de pequeña propiedad, profesiones liberales y autoempleados, así como con la masa enorme de trabajadores cuentapropistas de la economía informal en situación de subempleo, pobreza y marginalidad. Ninguno de estos sectores (bastante más de la mitad de la población en un país como Argentina) tiene un claro contrincante patronal sobre el que descargar su bronca, a la vez que sienten que el estado hace poco por ellos, lo que los vuelve más que permeables al discurso «emprendedurista» y «meritocrático» del sálvese quien pueda, donde el éxito o el fracaso dependen esencialmente de las capacidades del individuo (si el estado lo deja en paz). En medio de una crisis mayúscula, con la miseria en niveles semejantes a los de 2001 y con mucha gente con ganas acumuladas de «castigar con el voto», el escenario estaba preparado para lo que finalmente sucedió. Fenómeno inicialmente porteño asociado a las clases medias, el éxito electoral de Milei se asienta ahora en un vasto espectro nacional de votantes entre las clases populares y los sectores de la juventud empobrecida. En una curiosa inversión, Milei ganó con amplitud en casi todas las provincias pobres del Interior profundo, en tanto que salió segundo en CABA. En ausencia de un horizonte socialista y de un movimiento obrero poderoso, esos sectores populares que se ganan inciertamente la vida día tras día, y que en otras situaciones podrían gravitar hacia la izquierda, se ven muy fácilmente atraídos por las lógicas de lo que podríamos llamar neoliberalismo popular. Por otra parte, al interior de la clase asalariada, los numerosos segmentos del precariado (por ejemplo, jóvenes repartidores al servicio de las grandes plataformas del capitalismo digital) no sienten ninguna alarma por las promesas de flexibilización laboral hechas por Milei. Tampoco las masas desempleadas, donde la juventud también es protagonista. En el postergado universo social del precariado y la desocupación, no hay derechos laborales a defender. Pero aunque estas condiciones objetivas no pueden ser ignoradas, hay que decir también que existen errores de las propias fuerzas de izquierda. Tales errores han hecho difícil poder revertir esa tendencia.

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A la vez que expresa un malestar social, el libertarianismo pretende afrontarlo multiplicando las causas que lo generan. En un mundo de mega-ricos y corporaciones gigantescas, el problema es menos el estado que estas fuerzas privadas, ante las cuales los emprendedores y emprendedoras individuales son hojitas en la tormenta. Pero el grueso de esas hojitas en la tormenta comparte una peculiaridad que no es individual, sino epocal: pocas veces hemos visto discursos tan ingenuamente amparados en la libertad individual, en la idea de «ser uno mismo», emanando de gente hasta tal punto moldeada por su contexto social, que parece incapaz de tener un pensamiento crítico. Gente que ignora supinamente cómo su endiosada individualidad es producto de fuerzas sociales e históricas a las que desconoce por completo. Gente que atribuye todos los males de la sociedad a la inmoralidad ilegal de la corrupción política, sin jamás cuestionar la «moralidad» legal del capitalismo como sistema económico.

Pero la crítica al individualismo libertariano no daría en el blanco, y estaría de hecho completamente desenfocada, si se quedara parada en una atalaya moralista descalificadora. Es necesario no solo captar las raíces sociales de la atracción que genera el discurso de Milei, sino también disputar el sentido de algunas ideas fuerza. Ni la libertad, ni la autonomía, ni la rebeldía pueden ser regaladas alegremente a la derecha libertariana, como se lo hizo ingenuamente durante la pandemia. Habrá que hacer a un lado la agenda simbólica e identitaria de la clase media woke y volver a hablar de economía, de condiciones materiales, de redistribución del ingreso. Incluso de revolución. Y hacerlo a voz en cuello, sin complejos. Es la izquierda roja, no el libertarianismo, lo verdaderamente antisistema. Pero habrá que convencer de ello a las grandes mayorías.

Esta reflexión al hueso de nuestro compañero Fernando Lizárraga merece ser citada: “Milei, falso profeta de una libertad que no es tal, obró de todos modos un módico milagro: les devolvió la voz y la rebeldía a quienes durante cuatro años callaron y se guardaron frente a las tropelías, ajustes, devaluaciones, violencias, persecuciones y desmanejos del actual gobierno. La lógica de cerrar la boca ‘para no hacerle el juego a la derecha’ evidentemente no funcionó. Bienvenidos otra vez a las ganas de denunciar, criticar y protestar. (Eso sí, por favor, tengan la humildad de no querer erigirse ahora en la vanguardia moral y política de la resistencia)”.

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El periodista Ernesto Tenembaum resumió así el problema en su programa de radio: “Es algo muy novedoso, muy fuerte, y es lo que estamos viendo. En términos de corriente de pensamiento que expresa la sociedad, hay un tercio que te dice, yo prefiero dar un salto al vacío antes que esto que estoy viviendo. Y eso es muy muy fuerte, porque es un personaje que no es solamente ideológico, es un personaje que es muy desafiante en su estilo personal. Alguien que una y otra vez les dedica sus triunfos a ‘los genios’, a ‘mis hijos de cuatro patas’, alguien que habla de zurdos de mierda, de periodistas roñosos, de casta de chorros; alguien que no se escandaliza ante la posibilidad de que un ser humano venda un órgano para vivir, o que venda un hijo para vivir, alguien que ha hablado en contra de las vacunas; es decir, Milei es muy disruptivo como personaje”.

Salto al vacío, sí. Solo una situación económico-social desastrosa, signada por el desencanto y la desesperación, pudo llevar a más de siete millones de argentinos y argentinas –en gran parte de sectores populares y del Interior profundo– a votar como votaron. Argentina es como un avión averiado en caída libre, cuyos tripulantes deciden arrojarse de la cabina para evitar un aterrizaje demasiado riesgoso, acaso fatal; y que, en la urgencia de escoger el paracaídas, agarran el contenedor de aspecto más nuevo y llamativo, sin revisar lo que hay dentro de la mochila, desechando los paracaídas más viejos porque entre ellos hay varios –lo saben por experiencia propia– de calidad probadamente defectuosa. Pero, ¿y si el paracaídas más nuevo y llamativo resulta ser peor que los otros? O mejor dicho, ¿si ese flamante y vistoso contenedor no contuviera en realidad ningún paracaídas, sino una bomba que detonará cuando toque tierra?

Pero no todos los viejos paracaídas son defectuosos, o al menos no todos han sido probados en Argentina… Allí radica nuestra esperanza. Siempre a contracorriente. Siempre por abajo y a la izquierda.

Colectivo Kalewche

Nota.— Quienes deseen profundizar en el conocimiento teórico y el análisis crítico de esa variante extrema del neoliberalismo que se ha dado en llamar libertarianismo o libertarismo, no en su expresión más vulgar (fenómeno Milei), sino en su versión intelectualmente más sofisticada (es decir, como una doctrina de filosofía política, social y económica sistematizada en Estados Unidos por pensadores como Murray Rothbard, Robert Nozick y Jason Brennan), pueden ver en video la conferencia de Fernando Lizárraga “El desafío libertariano”, de abril de este año; y leer la nota que en aquella ocasión escribimos para presentarla, disponible en el mismo enlace. Pueden leer, asimismo, “Los libertarianos y el contrato caníbal”, el ensayo que Fernando escribió para el primer número (primavera austral 2022) de nuestra revista trimestral en PDF Corsario Rojo, donde, más allá de sus disquisiciones teóricas, también hace referencia al fenómeno Milei.
En Kalewche pensamos que hay que tomarse en serio a nuestros contrincantes ideológicos de la derecha neoliberal radicalizada. Por muy reaccionarios o conservadores que sean sus referentes intelectuales, poseen una sólida formación e inteligencia, una gran capacidad para argumentar y debatir. Es a ellos a quienes primero hay que discutir y refutar, más allá de que en la arena política resulte ineludible lidiar con influencers, demagogos y haters mediáticos de la calaña de Milei. No se trata solo de una necesidad estratégica, sino también de un deber ético. Un deber ético que tenemos que honrar, aunque nuestros adversarios de derecha casi nunca lo honren (simulan pour la galerie que refutan al «comunismo» sin haber leído a sus teóricos, solo ridiculizando la vulgata y polemizando con la retórica militante).

Tomado de contrahegemoníaweb.com.ar

Kalewche.com

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