Guayabera roja rojita

Por Roberto Hernández Montoya

En Venezuela, falleció Roberto Hernández Montoya, un lúcido intelectual y periodista que junto a Roberto Malaver animaron “Los Robertos”, un programa de la TV pública venezolana donde combinaban el humor, la ironía y el análisis polìtico. Publicamos uno de sus artículos, nacido como una crítica a la burocracia y al fariseismo de su país, pero que lo excede. Todos los burócratas del mundo se parecen.

 

 

 

Hay una primorosa guayabera roja de lino que vuelve inimputable a quien la viste. Es peligroso verla sin lentes ahumados porque su bermellón puede quemar la retina.

No se sabe dónde nació la guayabera de siempre, generalmente blanca, si en Filipinas, en México, en el Caribe, pero sí sé dónde nació la guayabera roja rojita. Dicen que sus amplios bolsillos exteriores servían para cosechar guayabas y de ahí su nombre. Desconfío de las etimologías populares, porque suelen equivocarse. Hay quienes atribuyen el origen de la palabra chévere a la marca de automóviles Chevrolet. No es cierto. Sí recuerdo una cuña comercial en la cual se cantaba “¡Qué chévere mi Chevrolet!”.

 

Propongo esta guayabera roja rojita de lino como monumento al fariseísmo. Sugiero también que la entreguen como ñapa con la compra de una camionetota negra. Que de paso no sé por qué no son rojas rojitas también. Ya sabemos quién fue el fariseo autor del sintagma “rojo rojito” y lo que perpetró escudado tras ese conjuro mágico.

Es que el fariseísmo es astuto y tiene estratagemas. Es hablantinoso y yente-viniente. Las consignas ayudan a movilizar pero también a disimularse tras ellas. ¡Cuántas camionetotas negras se habrán ganado por repetir mantras! La Contraloría General de la República se ahorraría muchísimos trámites si creara un departamento para detectar el fariseísmo.

Desconfío de cualquiera a partir de la tercera consigna que repite sin coger aire. Y ni te digo si lleva una guayabera carmesí de lino y anda con tres o cuatro camionetotas negras recién sacadas de agencia. Henry Ford decía que el olor de un carro nuevo es irresistible. E irrepetible, porque una vez que se desvanece ya no vuelve más. Otro misterio. Hay un aerosol que pretende reproducir ese aroma. No funciona.

Las que sí funcionan son las guayaberas rojas y las camionetotas.

Ya Blas Pascal en su obra Pensamientos hablaba de este fenómeno vehicular. Y de las pintas aparatosas y espectaculares de los caballeros que andaban en aquellos carruajes de más caballos que los que necesitaban. Por eso la Revolución Francesa promovió la llamada “austeridad republicana”, que se perdió junto con esa revolución. No sé si las guayaberas rojas rojitas se crearon en esa época. Cuestión de investigar.

Tomado de tramas.ar

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