El arribista del poder

Diego Genoud reconstruye el zigzagueante recorrido de Sergio Massa hasta su actual doble rol de ministro de Economía y precandidato presidencial. Una mirada crítica e informada sobre «el arribista del poder».

El tiempo de Massa

El día anterior a su asunción como ministro de Economía, Sergio Massa no tenía ningún plan. El exintendente de Tigre se había promocionado a sí mismo como superministro desde septiembre de 2021, pero apenas contaba con dos o tres ideas sueltas que no tenía claro cómo ejecutar y un grupo de colaboradores que no alcanzaba a cubrir las secretarías de la megaestructura que había edificado. Sentado en la oficina principal del amplio espacio que el Frente Renovador tenía sobre la avenida del Libertador a metros del Patio Bullrich, Massa comenzó a incendiar los teléfonos de la heterogénea liga de economistas con los que tenía relación y a recibir a algunos de ellos cara a cara. Si alguna vez había existido, el equipo económico que Massa había vendido como propio durante años y exhibido como prueba de su preparación para ser ministro ya no era tal. Nadie quería sumarse a lo que visualizaban como una cruzada personal en un contexto de extrema fragilidad.

Dos meses antes de su asunción, en mayo de 2022, como parte de su ofensiva para quedarse con el Ministerio de Economía, Massa había propagandizado por todos los medios un asado con un grupo de economistas que, en su mayoría, lo conocía bien. De concepciones distintas, pero con muy buen vínculo personal, Martín Redrado y Miguel Peirano se habían reunido antes de viajar a Tigre porque sabían que Massa iba a difundir el asado como un gabinete en las sombras que estaba listo para reemplazar al equipo que había armado Martín Guzmán. Setenta y cinco días después de esa cena de autopromoción, sin embargo, Massa iba solo camino al Palacio de Hacienda. Redrado estaba de luna de miel en Italia, Peirano estaba en los Estados Unidos, Martín Rapetti trabajaba con Facundo Manes y Diego Bossio no podía ser parte de un gobierno de Cristina. Solo Marco Lavagna estaba dispuesto a seguir en el Indec, pero no a asumir nuevas responsabilidades.

Sin embargo, Massa los promocionaba como parte del team que llegaría al quinto piso del Palacio de Hacienda en notas que salían a través de medios y periodistas amigos. Cuarenta y ocho horas antes de asumir, un artículo sin firma en Clarín aseguraba que el superministro Massa ya había logrado, desde su casa de Tigre, lo que Guzmán no había conseguido en dos años y medio: tener un plan. «Cómo es el plan que le armaron a Sergio Massa sus economistas de confianza y que apunta a conseguir dólares». Al rey del corto plazo, el más rápido en una baldosa, nadie podía pedirle planificación ni, mucho menos, coherencia.

El supuesto programa era un cúmulo de generalidades y solo tenía un dato cierto. La primera medida de Massa era ceder a la devaluación a medida que reclamaba el agronegocio en el contexto de una brecha cambiaria que beneficiaba a los sectores importadores y llegaba al 113%. Massa llevaba un año y medio haciendo lobby por imponer un dólar diferencial para el campo. La primera vez que lo había enunciado puertas adentro del gobierno había sido durante una cumbre ampliada en Chapadmalal, en enero de 2021. Alberto Fernández había viajado junto a Guzmán, Santiago Cafiero y Axel Kicillof para pasar unos días. Tres meses antes, el gobierno había enfrentado la primera gran corrida, el dólar había llegado a 195 pesos y la brecha con el oficial se había disparado a 150%. Pero Fernández le había dado a Guzmán un respaldo mayor, la brecha había bajado en un mes al 83% y seguiría en descenso hasta quedar en torno al 60% en febrero de ese año. Contra la tendencia que ya se advertía, Massa sugirió en la sobremesa de esa cumbre que el dólar soja era la política que debía implementar el gobierno y recibió la indiferencia generalizada. Solo el gobernador bonaerense deslizó que se trataba de un premio excesivo para las grandes cerealeras.

La segunda medida del plan Massa era, según Clarín, la devaluación discreta después de recomponer reservas gracias a la liquidación anticipada de los sojeros. Ese punto del esquema que aparecía asociado al nuevo ministro era el abecé que recomendaba el mercado. Pero estaba vedado por partida doble. Demandaba una acumulación de reservas en el Banco Central que a Massa no le resultaría fácil obtener en un contexto de sequía en el que la República Unida de la Soja le iba a tomar el tiempo de entrada. Solo liquidarían con un dólar diferencial y cada vez en cantidades más estrechas, debido a que la primera edición del dólar soja ya les había permitido acceder a una liquidez que les daba un mayor margen de maniobra. A esa primera dificultad, se le sumaba otra de carácter político: con el Índice de Precios al Consumidor (IPC) más alto de los últimos treinta años y en un contexto de inflación global que no registraba antecedentes en cuatro décadas, Massa no tenía mandato para devaluar. Ni el presidente ni —sobre todo— la vicepresidenta lo autorizaban a dar ese paso, que iba a impactar sobre la base de la sociedad y afectar de manera especial a los votantes que se mantenían leales al Frente de Todos. Esa era una de las razones que espantaba a una parte de los economistas a los que Massa quería sumar a la gestión en el marco de la emergencia, y quienes afirmaban que no había manera de reducir la brecha sin ceder a la presión devaluatoria. Así como por distintos motivos Redrado y Peirano no se prestaron en ningún momento a la jugada del superministerio, otros tuvieron intercambios con el nuevo ministro. Emmanuel Álvarez Agis, Marina Dal Poggetto, Diego Bossio y algunos más hablaron con Massa en situaciones que tenían similitudes.

El exintendente atendía todavía en Libertador. Mientras a sus espaldas una foto lo mostraba junto a Jorge Brito padre con la camiseta de Tigre y el auspicio del Banco Macro, Massa se enfrentaba a la encrucijada de un gobierno al que le faltaban dólares después de haber registrado un superávit comercial excepcional, de alrededor de 35 000 millones de dólares, durante treinta meses. En esos encuentros, el superministro le explicó a uno de los economistas que lo había acompañado en su ruptura con el cristinismo las razones de su asunción: «Este barco se está hundiendo y yo no tengo escapatoria. Me voy a jugar para sacarlo a flote». Una verdad a medias. El gobierno llevaba siete semanas de corrida cambiaria, que se habían iniciado durante la gestión de Guzmán y se habían prolongado durante el interregno de una Silvina Batakis a la que los dos socios principales del gobierno no le habían dado el apoyo prometido.

El domingo 3 de julio, un día después de la renuncia de Guzmán, Massa no se había podido llevar todo el poder que quería de la residencia de Olivos. Tanto la falta de diálogo entre Alberto y Cristina como la desconfianza que los dos todavía tenían en relación con el político que era presentado como el salvador por parte de los medios del establishment habían frustrado su desembarco en el quinto piso del Palacio de Hacienda. Sin embargo, Massa estaba decidido a seguir operando para llegar a su meta y no iba a dudar en desplegar toda su potencia para mostrar la fragilidad de Batakis en plena corrida.

El exintendente venía amasando la meta de saltar al Ejecutivo desde septiembre de 2021 y había estado muy cerca de quedarse con el Ministerio de Desarrollo Productivo después de la renuncia obligada de Matías Kulfas, dos meses antes. El primer fin de semana de junio, tras la salida de uno de los albertistas emblemáticos del Gabinete al que Cristina nunca había digerido, Massa había ido a Olivos para reunirse con Alberto Fernández con la intención de quedarse con un área estratégica, pero el presidente había resistido su nombramiento. Primero, le había pedido que asumiera en lugar de Kulfas a Cecilia Todesca, una de las funcionarias que —como Kulfas— lo acompañaba desde antes de ser candidato, y después había convencido al leal Daniel Scioli —uno de los enemigos históricos de Massa— para que dejara la embajada en Brasil y se hiciera cargo del ministerio. Para Massa era casi un puñal por la espalda.

En un intento de aplacar ese enojo, Fernández inventó diferentes excusas para sumar al renovador por primera vez a sus giras internacionales y lo subió a su avión dos veces en ese junio caliente: primero, a la Cumbre de las Américas en Los Ángeles y después, a la del G7 en Alemania. Un mes más tarde, el nombramiento de la sciolista Batakis era una humillación que Massa no estaba dispuesto a soportar. La composición de poder beneficiaba a sus enemigos internos y estaba decidido a tirarla abajo como fuera. Massa no iba a dudar en incentivar a los actores que buscaban potenciar la corrida, y lograr su objetivo le llevaría apenas treinta días.

Igual que le pasaría al propio Massa, Batakis había aterrizado en el ministerio como producto de la urgencia de una crisis múltiple y sin un equipo de economistas propios. El exintendente había aprovechado ese vacío para designar en un puesto clave a uno de los hombres que lo acompañaría en su gestión, Eduardo Setti, un adelantado o un quintacolumnista del massismo, según a quién le tocara juzgarlo. Hasta entonces a cargo del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses, Setti pasó a ocupar la estratégica Secretaría de Finanzas de Batakis. Hijo de un histórico economista del peronismo, había reportado en la Anses junto a Lisandro Cleri en el tiempo de Bossio y sería decisivo para mantener informado a Massa de lo que estaba pasando.

En busca de un apoyo que no tenía en la Argentina, Batakis viajó a Washington el 24 de julio para ver a Kristalina Georgieva mientras en el país su equipo enfrentaba una semana decisiva. Fue una mala decisión, que el futuro ministro supo aprovechar mejor que nadie. El miércoles 27 fue un día crucial. Economía logró superar un test importante y colocar deuda en pesos por más de 550 000 millones de pesos a través de cinco bonos, pero con una suba de tasas de interés que escaló hasta el 70%. Entre sus efectos, la prueba provocó una baja del riesgo país, una suba de las acciones y una disparada de los bonos en dólares, pero la fugaz ministra no pudo capitalizar el hecho. En Buenos Aires, Massa se enteró de los resultados antes que Batakis por funcionarios del propio gobierno y la colocación que le daba aire a la ministra hasta el 11 de agosto —cuando iba a tener lugar la próxima licitación— fue presentada por medios asociados al exintendente como parte de la euforia que generaba su nombramiento en Economía. En Infobae, una nota sin firma no daba lugar a dudas: «Los mercados cerraron con números positivos ante la expectativa por la llegada de Sergio Massa al Ministerio de Economía». La profecía se había autocumplido. Batakis no tenía capacidad para enfrentar lo que venía y Massa iba a barrer con ella y con Scioli en una jugada fulminante que le daría al fin casi todo el poder que pretendía.

Junto con Cleri en el Banco Central, Setti sería uno de los funcionarios principales del nuevo equipo de Massa. Los otros serían el exasesor de Pichetto, Guillermo Michel, el histórico encargado del Presupuesto Raúl Rigo —que había acompañado a Guzmán durante toda su gestión y regresaría a la secretaría de Hacienda— y tres funcionarios ligados a Roberto Lavagna: su hijo Marcos, el jefe de Gabinete Leonardo Madcur y el fiscalista de Twitter Gabriel Rubinstein.

Antes de asumir, Massa había ido a ver a Lavagna a su casa de Saavedra para conseguir su bendición y había difundido el encuentro a través de Clarín. En el massismo contaban que la reunión se había extendido durante seis horas y que Lavagna lo había animado, porque Sergio contaba con el poder político que nadie tenía en esas circunstancias. Cuatro años antes, el exministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner había chocado duramente con Massa: su lanzamiento como candidato a presidente había desplazado al exintendente del centro y había alterado los planes de Alternativa Federal. Massa lo había enfrentado con todas sus fuerzas y lo había hecho trastabillar en más de una oportunidad hasta evidenciar sus falencias para la partida que pretendía librar. Sin embargo, en agosto de 2022 estaban unidos por una historia de compromisos mutuos.

Durante años, Massa había financiado la estructura de Lavagna, una erogación acorde al ego del economista, que le servía al exintendente para mantener a Marco dentro de su espacio incluso en la peor debacle del massismo y promocionar con visos de grandeza la escuela de gobierno «YPF» del Frente Renovador. Perdida en el polvo de la historia, la escuela buscaba trazar una línea que uniera a Yrigoyen, Perón y Frondizi con Massa como líder y Lavagna como asesor estrella, pero aquella era tan solo la fachada de la estructura societaria que los mantenía juntos. Cuando Massa asumió como ministro, ese vínculo le sirvió de aval y lo ayudó a recuperar la relación con algunos pesados del establishment de los que se había distanciado. Entre ellos, Paolo Rocca era el más destacado.

El nuevo orden

La llegada al quinto piso mostró de entrada la hiperactividad del sucesor de Batakis y el descomunal apoyo que era capaz de lograr por parte de los actores del poder permanente. En apenas unos días, Massa se había convertido en el líder de un nuevo gobierno y era presentado como un candidato con serias pretensiones de pelear la presidencia por polos antagónicos que iban desde las cabezas más visibles del Círculo Rojo hasta los partidarios de la vicepresidenta. Ni Mauricio Macri había tenido tanto respaldo. El ministro de Economía había sacado del estancamiento a la sociedad disfuncional de los Fernández y había reconciliado al peronismo con el establishment en torno a un menú de iniciativas que contaba con el favor de los economistas del mercado y el aval de parte de una oposición que lo envidiaba por traer incluida la anuencia de Cristina.

En pocos días, Massa ocupó el inédito vacío de poder que se había producido ante la ofensiva del mercado por la devaluación y la falta de acuerdo entre los Fernández. Además, consiguió lo que a Guzmán le había resultado imposible durante el último año largo de su gestión y encarnó la solución política para la pelea autodestructiva que los Fernández habían librado casi desde el inicio del experimento de gobierno.

Como piloto de tormenta, tuvo la plasticidad para constituir en torno suyo un frente político casi monolítico, que aprobó su política de corto plazo como si no hubiera un mañana.

Pero lo hizo con una orientación muy clara y una serie de medidas que llevaba a la enésima potencia el sendero de reducción del déficit que Guzmán había propuesto con éxito relativo e intermitente. La cúpula de La Cámpora, que había sellado un sorprendente pacto de poder con Massa, hacía silencio ante un rumbo que combinaba el fuerte ajuste sobre los ingresos y las grandes concesiones a sectores de alta rentabilidad. No era eso lo que más sorprendía en las mesas del establishment, donde hacía tiempo que la agrupación de Máximo era considerada un interlocutor más y no representaba ninguna amenaza. Lo impactante era que la propia Cristina, líder y heredera de un proceso y con veinte años como protagonista ineludible de la política argentina, le diera a Massa el aval para avanzar con iniciativas que iban a contramano de su historia y podían dañar todavía más a su electorado natural. En palabras de un economista al que Massa consultaba en forma habitual, lo que sucedía era una novedad de magnitud: la política se había ordenado finalmente detrás del ajuste.

Después de más de un año colmado de cuestionamientos a Guzmán por parte del cristinismo y La Cámpora, el enigma se había resuelto una vez más en el mismo sentido. La vicepresidenta no tenía un voluntario de su preferencia para ofrecer en un contexto de escasez ni contaba tampoco con la fuerza necesaria para imponerlo. Asesorada por Kicillof y Augusto Costa, CFK parecía asumir que la cátedra Kicillof no tenía forma de hacerse cargo de la crisis y consultaba a economistas de lo más variados. No solo había retomado el diálogo con Redrado —a quien consultaba por cuestiones específicas—, sino que en la antesala de la asunción de Massa se había predispuesto a un diálogo de tres horas con Carlos Melconian, el exfuncionario de Macri que se había formado en la escuadra de Miguel Angel Broda y se había convertido unos meses antes en el sucesor de Domingo Cavallo en la Fundación Mediterránea.

Otra vez al filo del abismo, Cristina había tomado nota de la encerrona en la que había quedado —también a causa de sus propias decisiones— y había reaccionado tal como en la oposición imaginaban economistas como Hernán Lacunza. «Cada vez que está cerca del precipicio, frena», me había dicho el último ministro de Economía de Macri en la semana previa a la asunción de Massa.

Si en lo económico el camino elegido era la variante más ortodoxa que tenía disponible el Frente de Todos, en lo político la vicepresidenta ratificaba su alianza con un actor que le había demostrado desde la oposición la notable capacidad de daño que tenían tanto él como sus socios empresarios y judiciales. Acaso para no permitir que sus enemigos se confabularon en su contra como ya lo habían hecho, Cristina se inclinaba esta vez desde su debilidad relativa por cederles la conducción del gobierno en un contexto nada sencillo. Pero la operación Massa no iba a ser gratuita para nadie.

Pagar por oxígeno

Massa había llegado en el marco de una emergencia, y la devaluación, que tantas veces había sugerido como salida a la crisis en sintonía con los grandes grupos económicos, esta vez le estba prohibida en casi todas sus formas. El superministro confiaba en que su mejor versión estaba asociada a la gestión y se decía convencido de que la asunción con plenos poderes era la única forma de revertir la pésima imagen que tenía a nivel social. Sin embargo, su decisión de lanzarse arriba de una granada a punto de estallar no estaba, por supuesto, exenta de riesgos.

La situación que le tocaba enfrentar era de lo más sensible: la falta de dólares se iba a sentir hasta el final del mandato del Frente de Todos, la inflación que pulverizaba los ingresos de una sociedad descreída era un desafío inconmensurable para el oficialismo camino a las presidenciales, y la paciencia social que parecía inagotable no podía darse por sentada en el contexto de una crisis prolongada que no ofrecía una salida de corto plazo. A poco de andar, Massa entregó un bono dual para las entidades financieras, el cual les ofrendaba la cobertura ante cualquier circunstancia que se diera a su fecha de vencimiento, ya fuera el índice récord de inflación como la eventual devaluación. Además, profundizó la política de suba de tasas de interés elevándolas al 75% en poco tiempo, lo que llevó la tasa efectiva anual al 107%, a tono con lo que demandaba el entonces director del Fondo para el Hemisferio Occidental, el israelí nacionalizado brasileño Ilan Goldfajn. Con el objetivo de desalentar la demanda de dólares, se encarecía el crédito productivo, se acentuaban los efectos recesivos y se agigantaba la deuda en pesos, que la oposición comenzaba a denunciar como la peor de las herencias.

La otra medida de arranque, el dólar soja, era el cumplimiento de un viejo sueño de Massa y funcionaría como una forma de eludir el veto a la devaluación lisa y llana.

A cargo de un gobierno sediento de dólares, Massa obtuvo en tiempo récord la venia de los Fernández para entregar un dólar mucho más alto a los grandes pulpos del agronegocio. Solo faltaba un detalle: la forma de implementar la medida. A los contactos de Michel, el nuevo titular de la Aduana, con el gerente que representaba a las empresas, Gustavo Idígoras, le sumó el acercamiento con un actor de peso, el dueño de la cerealera más grande de capitales nacionales, Roberto Urquía. El alma máter de Aceitera General Deheza y concesionario del tren de carga Nuevo Central Argentino estaba ligado al peronismo. Había sido senador por Córdoba en los primeros años del kirchnerismo y compartido la bancada con aquella Cristina que lo definía como un empresario modelo, hasta que llegó el conflicto por la Resolución 125. Después se había refugiado en el perfil bajo durante más de diez años, pero en 2019 le había dado su apoyo a Alberto Fernández con una invitación a Córdoba en la que le había mostrado sus instalaciones y lo había llevado de visita a la Fundación Mediterránea, la usina ultraliberal a la que aportaba de mil maneras. Decepcionado como tantos otros, Urquía había abandonado su habitual silencio en marzo de 2022 para quejarse de las retenciones y acusar al gobierno de no haber tenido los «cojones» para afectar los intereses de los bancos, las petroleras y la minería. Sin embargo, todavía podía ser un interlocutor amable para el peronismo si el acuerdo que se le ofrecía incluía beneficios para el sector del agrobusiness, que concentra el 48% de las exportaciones argentinas.

A días de la asunción de Massa, el incansable José Luis Manzano convocó a Urquía para trabajar en la implementación de la medida que iba a favorecer a las grandes cerealeras y también a los productores sojeros. Urquía no solo ofreció distintas alternativas, que se estudiaron durante el primer mes del exintendente como ministro, sino que llegó incluso a interrumpir su rutina y viajar a Buenos Aires un domingo, el 4 de septiembre, para el anuncio formal de la primera edición del dólar soja.

En una dinámica de crisis tomada por los eufemismos, el título marketinero que Massa había ideado para su principal iniciativa no era más que una ventana devaluatoria para atenuar la brecha. Una forma de ponerse de rodillas ante las cerealeras, según la particular confesión pública de Máximo Kirchner, el gran promotor de Massa desde el cristinismo.

En una jugada clásica del personaje, Massa ganaba tiempo y accedía a una liquidación anticipada de 8000 millones de dólares que le permitía al Banco Central aumentar sus reservas en 5000 millones. De alto impacto, el movimiento fortalecía a Massa en el tema más sensible para el gobierno, pero postergaba una debilidad de fondo que no se alteraba en lo más mínimo.

El Frente de Todos no había tenido los «cojones» para afectar a otros grandes ganadores, pero al menos le había concedido a los sojeros una devaluación a medida para que liquidaran con un dólar preferencial.

La decisión no hacía más que reconocer el abismo que separaba el dólar oficial de las cotizaciones paralelas y compensar en parte a los agroexportadores que pagaban retenciones y se quejaban del dólar barato con el que el Banco Central del gobierno peronista subsidiaba el festival de importaciones. Pero era también un premio a las grandes fortunas sojeras, que Massa concedía apenas unos meses después de que el presidente Fernández se quejara de los 20 000 millones de dólares que los especuladores del campo tenían guardados en los silos. Un reconocimiento en toda la línea de la restricción externa y la fragilidad del gobierno ante las distintas facciones del poder económico. La propia vicepresidenta lo había admitido en junio de ese año, cuando —con una figura retórica tomada del fallecido consultor Miguel Bein— reconoció en un acto público que el deporte nacional era robarle las reservas al Central.

El problema de fondo no era que Massa fuera a contramano de lo que pregonaba la historia del kirchnerismo, sino que la medida anunciada era una maniobra que metía a su propio creador en un callejón sin salida. La devaluación de facto con fecha de vencimiento abría una serie de interrogantes mayúsculos. El gobierno tenía por delante seis larguísimos meses hasta la liquidación de la próxima cosecha y debía hacer frente en ese período a la salida de dólares por importaciones —con precios internacionales de la energía que se habían disparado después de la guerra—, al aumento del turismo emisivo después de la pandemia, a los pagos de deuda y a las intervenciones para frenar la divisa en el mercado paralelo. Conscientes de que la victoria era definitiva, Aceitera General Deheza y las multinacionales Cargill, Bunge, Dreyfus y Cofco ya no volverían a liquidar al dólar oficial y solo estarían dispuestas a auxiliar al gobierno a cambio de nuevas ediciones del dólar soja.

En el corto plazo, ahí donde nadie podía hacerle sombra, Massa se imponía una vez más y disfrutaba la repentina estabilidad que se advertía en el dólar paralelo y la recuperación de los activos argentinos. Subían las acciones de empresas como Tenaris, de Rocca; Cresud, de Eduardo Elsztain; Galicia, de Escasany-Ayerza-Braun, y el Banco Macro, de la familia Brito.

Ya Melconian había bendecido a Massa con un discurso en la Bolsa de Comercio que daba cuenta de la magnitud del viraje que encaraba el gobierno en general y el cristinismo en particular. «Sin cinismo, desde la buena leche, estoy muy contento, muy. Es lo mejor que conceptualmente nos ha ocurrido. No Massa, este gobierno. Estoy dando recontra muestras de que me paro arriba de la grieta. Esto, con visión de futuro para la Argentina, es buenísimo, porque han perdido la virginidad. Si el gato Macri estuviera dentro de la Casa Rosada, auditando los planes sociales, subiendo las tarifas o cortando la computadora a los chicos […]. Esto es fabuloso desde lo conceptual», decía. La relación de Melconian con Massa era estrecha y había sido fogoneada por Brito padre, uno de los históricos clientes y amigos del economista de la Fundación Mediterránea. La sintonía fina era tanta que, en su ruptura de 2013, Massa había especulado incluso con llevarlo como candidato a diputado del Frente Renovador en la provincia de Buenos Aires, pero la resistencia de un grupo de intendentes, entre los que estaban Gabriel Katopodis y José Eseverri, había frustrado el operativo. A la vuelta de los años, con todas las coordenadas previas estalladas y los dos en lugares distintos, las coincidencias filosóficas entre ellos volvían a potenciarse en el marco de la nueva etapa.

Era el mercado el que expresaba su voto por anticipado. Junto con el dólar-soja y la ofrenda del bono dual para el sector financiero, Massa avanzaba con un programa de esencia cambiemita: el fuerte aumento de tarifas, la pronunciada suba de la tasa de interés que dejaba muy atrás al salario real, el recorte en todas las áreas y, sobre todo, el ajuste sobre jubilaciones y salarios estatales.

¿Era la capacidad indudable de Massa lo que desataba la euforia entre los agitadores del mercado o era el apoyo discreto pero decidido de Cristina para un proceso que combinaba grandes concesiones a sectores de alta rentabilidad con un ajuste muchísimo más agresivo que el que había pretendido Guzmán?

En diciembre, consciente de que no tenía margen para pasar el verano, Massa volvió a ceder para ganar un aire mucho menor: con más pesos en el bolsillo y menos necesidad de vender gracias a la primera edición del dólar soja, el campo liquidó 3700 millones y el BCRA obtuvo unos 1500 millones para las reservas. Massa era un perro que se mordía la cola y ya en febrero la presión para un dólar soja 3 estaba en todos lados. La falta de divisas se reeditaba y Massa no podía tapar el sol con las manos. Los datos de las grandes cerealeras reunidas en Ciara-CEC indicaron que durante todo 2022 el agronegocio había liquidado nada menos que 40 438 millones de dólares, pero las cifras del primer mes del año electoral encendieron todas las alarmas: las empresas del sector liquidaron en enero apenas 928 millones, un 61% menos que en el mismo mes de 2022, y un 75% menos que en diciembre. En esa baja abrupta influyó la grave sequía que afectó a la Argentina, pero todavía más el mecanismo de la devaluación en cuotas.

Mientras, a fines de diciembre, el Ministerio de Economía destacaba que el Central terminaba 2022 con 8700 millones de dólares de reservas netas y más de 44 millones de reservas brutas. Dos meses después, un informe de la consultora Ecolatina dio cuenta de la encrucijada a la que se aproximaba el superministro: «Luego de cerrar enero con ventas por 192 millones de dólares y acumular un saldo negativo por 918 millones de dólares en febrero, las ventas netas de divisas del BCRA alcanzaron los 1110 millones de dólares en lo que va de 2023, mostrando el peor arranque del año (primeras 35 ruedas) desde que se tiene registro (2003)».

La conclusión caía de madura. Una vez más víctima de su propia publicidad, Massa no había podido cumplir con la promesa que había hecho a los periodistas durante su viaje a Washington en septiembre de 2022 y la brecha cambiaria no solo no se había reducido al 30%, sino que seguía en torno al 100%. En ese contexto, el dólar soja solo servía para recibir por anticipado y a un precio más caro las mismas divisas que poco después iban a escasear. Lo repetían las mismas consultoras del mercado que elogiaban la capacidad de Massa: el ministro compraba caros los dólares que después entregaba baratos a los sectores de la industria con los que comerciaba en una rara mediación. A los que subían los precios en exceso, los comprometía bajo el formato de Precios Justos y les entregaba a cambio en tiempo récord los dólares que querían para seguir importando. La amenaza de una devaluación no había sido disipada por completo: solo había sido postergada para la antesala de las elecciones en las que el peronismo se jugaba su sobrevida.

En lo político, la paradoja que marcaba el último tramo del Frente de Todos en el gobierno era violenta. Con su historia reversible y su facilidad para operar a cuatro bandas, Massa encarnaba la última oportunidad de la clase política después del fracaso de Macri y el inviable gobierno de coalición peronista. En paralelo a un proceso que mostraba a la extraña sociedad de los Fernández haciendo agua por donde se la mirara, Massa no solo encaraba la fase más ortodoxa de la administración Fernández. Además, se producía un raro déjà vu, porque la misma pedagogía del macrismo que se había incendiado en el gobierno muy poco antes regresaba fortalecida para explicar las razones del nuevo desengaño que había generado el populismo. Así como la aventura de Macri le había permitido a Cristina salir del aislamiento mayúsculo, el dispositivo fallido que había diseñado la vicepresidenta había diluido el fracaso del ingeniero y era en la práctica un fenomenal generador de legitimidad para un nuevo ajuste de shock, que el peronismo decía no querer llevar a la práctica.

La coherencia

El regreso al Poder Ejecutivo con el aval de la vicepresidenta y en un contexto de fragilidad donde el Frente de Todos ya había quemado todos los libretos liberó a un político que decía haber aprendido de su experiencia de fracasos y derrotas.

En el inicio del mandato de los Fernández, Massa tenía una misión elemental: salir con vida de un experimento inédito, al que había arribado curado en derrotas. Debía preservar su identidad sin romper la disciplina partidaria ni atentar contra su lugar institucional. Sabía que su obligación era eludir la tentación de quemar etapas y no precipitarse con movimientos que pudieran costarle caros. Opciones no le sobraban: si el proyecto del peronismo todista fracasaba, salvarse no le iba a ser fácil.

Famoso por la ambición y la ansiedad que lo gobernaban desde que nació a las grandes ligas de la política, durante su estadía en Diputados Massa se empeñó en transmitir a través de sus colaboradores los esfuerzos descomunales que hacía para no cometer otra vez los mismos errores, cuidar el perfil bajo y medir sus apariciones. En cada una de las oportunidades en las que un proyecto suyo de rebajas impositivas para trabajadores de altos ingresos o para monotributistas se aprobaba, Massa aparecía en dosis homeopáticas y evitaba saturar con su mensaje publicitario. Se concentraba en entrevistas con periodistas de medios grandes y orientaciones enfrentadas: una con alguna señal del Grupo Indalo, propiedad de Cristobal López y Fabián De Sousa, y otra destinada a la audiencia del Grupo Clarín, de Héctor Magnetto y compañía. El resto eran charlas con radios provinciales. Era parte de una nueva estrategia, cuya continuidad estaba marcada por la operación detrás de escena, otro de sus rasgos distintivos. Por ese tiempo, el creador del Frente Renovador admitía en privado que en su momento de auge su propia ambición lo había traicionado. «Me equivoqué. Mordí el polvo dos veces. Me la creí», decía. No era una súbita sabiduría, sino la conclusión obligada después de que el ascenso de Macri y la polarización lo hubieran convertido en una colectora de la política, destinada a perder y caer en forma ininterrumpida.

Desde Diputados y en alianza con Máximo Kirchner, Massa desplegó su propia política en medio de la pandemia que golpeaba los ingresos y encontraba al gobierno implementando programas para sostener el empleo (ATP) y para auxiliar a los sectores que vivían en la informalidad (IFE). Si en su primera experiencia como líder del Frente Renovador había sufrido a más no poder la experiencia legislativa, no había pisado jamás una reunión de comisión y había estado ausente en la enorme mayoría de las sesiones en las que se votaban proyectos, en la presidencia de la Cámara decidió impulsar una agenda para defender sus banderas históricas e incidir al mismo tiempo en la política del gobierno.

Fue Santiago García Vázquez, la mano derecha de Massa en el terreno de la comunicación, el que definió un encuadre estratégico para hablarle a la clase media de trabajadores de ingresos altos. Con los proyectos para actualizar la escala de Ganancias a medida que la inflación subía, Massa buscó recuperar su vínculo con el electorado que lo hizo grande en su debut como candidato renovador en la provincia de Buenos Aires.

García Vázquez tomó los textos del lingüista y asesor político estadounidense George Lakoff para apuntalar la campaña de Massa desde el Congreso a partir de una noción que demócratas y republicanos explotaron durante mucho tiempo: la necesidad del alivio fiscal. Traducido a la política argentina, el término le permitía al exintendente disputar la agenda con una oposición acostumbrada a cuestionar al Estado que asfixia a los contribuyentes con impuestos. Pero estaba dirigido al mundo de los asalariados. El sitio político Letra P patentó un eslogan que en los medios comenzó a repetirse y sirvió para consagrar a Massa en el lugar que pretendía ocupar: el «Señor de los Alivios».

Con el trabajo de Michel, su especialista en materia tributaria, el presidente de la Cámara de Diputados apeló al tema Ganancias desde 2020 para obtener un beneficio múltiple: llevar a la alianza oficialista hacia la avenida del medio, recuperar su interlocución con los sectores medios que mejor ganan, aprobar por unanimidad una iniciativa del oficialismo que la oposición no podía impugnar y fomentar el aumento del consumo, un ítem que el oficialismo consideraba clave de cara al 2021 electoral. Era el mejor Massa, el que generaba consensos en la política, le hablaba a una porción de los asalariados que tenía una ubicación privilegiada en medio de la debacle de los sueldos y ponía a Guzmán a pagar la cuenta de las buenas noticias que él difundía.

Satisfechos, sus colaboradores describían por entonces cómo funciona la cabeza de Massa cuando logra conectar con algo que puede resultar ganancioso para su proyecto. «Cuando no está mirando el teléfono y te presta atención, Sergio te mira a los ojos y te absorbe el cerebro. Si ve que lo que le estás ofreciendo le va a servir, lo compra, lo hace propio y lo vende como suyo», afirmaba un consultor de empresas que orbitaba a su lado.

El cuadro era sintomático. Mientras estuvo en Diputados, el exintendente se inspiraba cuando podía salir del encierro y lograba incidir en las políticas del Ejecutivo. Aunque había podido acomodarse mejor a su nueva escala en el Congreso, disfrutaba de un poder envidiable y hasta tenía en Diputados TV lo que consideraba su propio canal de televisión, Massa sentía muchas veces que corría el riesgo de la intrascendencia y quería dar el salto al Gabinete.

El superministerio era para él una enorme oportunidad, pero llegaba en el peor de los contextos. Aunque con muy poco podía diferenciarse de todo lo anterior, el marco internacional era inestable y la fragilidad del gobierno era alarmante. Los problemas de fondo estaban sobre la mesa y camuflarlos era una misión de resultado incierto. Sin embargo, una vez que recuperó el activo de la gestión, dejó de lado su cautela inicial y comenzó a moverse con la osadía de toda la vida. Esa característica, parte esencial de su ADN, potenció enseguida la fascinación en los dirigentes de La Cámpora, que admiraban su facilidad para operar en lo más alto, pero también les dio argumentos a los contados detractores que advertían en la audacia de Massa un combustible fundamental: la licencia para actuar al margen de las generales de la ley y no pagar, la impunidad de sentirse sin rivales de peso, la confianza de los accionistas permanentes del poder.

El ministro no dudó en detonar la marca que tanta inversión le había costado. Desde el quinto piso, Massa proyectaría una nueva temporada de sacrificios y no de alivios para los votantes rasos del Frente de Todos.

Ya en la primera conferencia de prensa estableció el orden fiscal como prioridad número uno de su gestión y avanzó con recortes que no se limitaron a los subsidios prorricos que denunciaba sin éxito Guzmán. Además, incluyeron el congelamiento de contrataciones de la planta estatal, empresas, sociedades del Estado y prestadoras de servicio, la licuación de jubilaciones y salarios estatales y el hachazo en las partidas sociales y en la obra pública. El resto de las prioridades del ministro eran parte de una declaración de buenas intenciones: superávit comercial, fortalecimiento de reservas y desarrollo con inclusión. Lo mismo podía decirse de los motores que se fijaba para la nueva etapa: inversión, producción, exportaciones y defensa del mercado interno. Nadie podía oponerse a esas consignas ni tampoco dar por sentado que se llevarían a la práctica.

En diciembre de 2022, la publicidad del Ministerio de Economía no dejaba lugar a dudas. El balance era un escándalo de optimismo. A ciento cincuenta días de la asunción de Massa, decía, la Argentina cierra 2022 con números auspiciosos que demuestran una estabilización de las variables macroeconómicas, un descenso de la inflación y un sendero de crecimiento productivo que se expresa en el aumento de inversiones, la recuperación del ingreso y el crecimiento del nivel de empleo. Desde la llegada de Massa a Economía, el índice Merval de acciones argentinas acumulaba una suba del 60% y la nueva política monetaria y cambiaria había estabilizado las cotizaciones del dólar financiero y les daba a los inversores locales incentivos para realizar inversiones en pesos. Mientras una parte del oficialismo volvía a sentirse competitiva hacia 2023, la oposición sin cabeza exhibía todas sus disputas a cielo abierto y solo se unificaba para denunciar la «bomba» del endeudamiento en pesos que estaba a punto de estallar.

Aunque la cúpula del Frente de Todos se dedicó a mirar para otro lado ante un sendero que la alejaba cada vez más de la promesa de recuperar lo perdido que la alianza le había hecho a sus votantes, la reducción profunda del déficit fiscal que ejecutó Massa era evidente para el mercado que lo aplaudía y fue narrada desde la consultora Analytica a través del Monitor de Ajuste del Gasto. En la primera semana de febrero, el gasto primario real llegó al récord y cayó un 24,3% en relación con el mismo mes de 2022. En esa oportunidad, los ajustes más significativos se concentraron sobre la obra pública y las asignaciones familiares y por hijo. De esa manera, Massa había logrado sobrecumplir un mes antes las metas que Guzmán había acordado con el FMI y el cristinismo consideraba incumplibles.

El ministro logró que los soldados del Fondo aprobaran dos revisiones, con cumplimiento de metas de reservas y 2,5% del déficit primario, y reprogramó la deuda con el Club de París por 1972 millones de dólares. Además, en un hecho que el comunicado del Ministerio de Economía festejaba, consiguió un récord histórico de desembolsos —nueva deuda— del BID, el Banco Mundial y la CAF, por un total de 5023 millones de dólares en 2022, la cifra más alta desde 2003.

En una muestra más de la astucia y la fortuna que lo había caracterizado en sus buenas épocas, Massa había sabido refugiarse en el silencio durante los dos años en que Cristina y Máximo lideraban la denuncia contra el ajuste del gobierno de Alberto y había terminado después con las manos libres para operar a fondo a pedir del mercado, gracias a que sus aliados aprobaban la paz cambiaria, rezaban por la baja de la inflación y le agradecían sus servicios. Con la piel de la oposición dentro del gobierno, Massa podía argumentar que mantenía la coherencia y sacaba provecho de las debilidades ajenas con el manual que mejor le calzara en el momento, sea cual fuere. Eran sus socios en la coalición los que habían girado 180 grados: o fingían demencia o creían en algo que no era explicitado.

Ministro y candidato

Con su riesgosa incursión en el Ministerio de Economía, Massa concretó un experimento con el que Néstor Kirchner fantaseó más de una vez. El expresidente era un político que entendía como pocos el rol crucial de la economía como condicionante para cualquier proyecto. Consultaba un arco heterogéneo de economistas y se involucraba en las discusiones con sus ministros, tal como sucedió en momentos bisagra, como respecto de la privatización de YPF que dio origen a los famosos fondos de Santa Cruz o la reestructuración de la deuda en la que Kirchner forzó a Lavagna a una quita mucho más agresiva de la que el exministro hubiera aceptado. Aquella reestructuración que tuvo en el Cupón PBI su talón de Aquiles sirvió para poner en evidencia la pretensión del santacruceño: era la política la que definía los márgenes de las decisiones económicas, que el presidente no podía delegar por completo en un técnico que, en teoría, se le subordinaba.

Una vez que la relación se tensó hasta lo insostenible y Lavagna se fue, después de denunciar el capitalismo de amigos en un acto en Mar del Plata ante el Coloquio de IDEA, Kirchner pensó primero en Miguel Peirano como ministro de Economía de Cristina y después tentó a Massa con la posibilidad de ocupar ese rol. La experiencia traumática de Martín Lousteau en 2008 y la seguidilla de fusibles que se alternaron en el cargo mientras Kirchner vivió lo llevaron a especular con la posibilidad de asumir él mismo como ministro de Economía de Cristina. Ese involucramiento en un tema del que Jorge Remes Lenicov suele decir que los políticos se despreocupan de manera temeraria, no impidió que sus rivales redujeran el conocimiento que Kirchner tenía de la economía al de un «almacenero», una categoría que —dicen— le daba orgullo.

Ahora apartado para siempre de la gestión y refugiado en las clases universitarias, Remes Lenicov fue el primer ministro de Eduardo Duhalde, que se hizo cargo del estallido de la Convertibilidad y ejecutó la pesificación asimétrica antes de la llegada consagratoria de Lavagna. Repudiado por la sociedad que sufrió la devaluación después de caída la ficción del 1 a 1 y reconocido por el duhaldismo que lo considera un mártir, Remes afirma que la dirigencia política carece de análisis económico y solo reacciona ante los cracks, cuando se está al borde del precipicio. «Es una mezcla de soberbia y también de ignorancia […]. Primero hay que ganar y después vemos. Entonces ¿qué pasa? Se va creando una conciencia milagrosa de la economía en la población», asegura.

Junto con la expresidenta, es probable que Massa haya sido en la última década el candidato del peronismo que más noción tuvo de la necesidad de asumir el tema de la economía como una cuestión esencial. Su condición de político que funciona en tándem con un bloque de poder y se mueve como cabeza visible de un grupo de empresarios con intereses en sectores estratégicos también lo emparenta de alguna manera con aquel Kirchner que buscó recrear la marca de la burguesía nacional con resultados poco satisfactorios. Sin embargo, es más que opinable que los conocimientos y las relaciones de Massa lo habilitaran para convertirse en superministro y menos todavía que pudiera llegar al quinto piso sin tener más que la cáscara del equipo de economistas que tanto había promocionado.

Siempre pendiente de las presidenciales que vienen, siempre obsesivo de cualquier hueco que se abre en el poder, Massa fue el único que mostró voluntad y trabajó para asumir las riendas del gobierno en medio de la pelea de los Fernández y en un contexto de extrema fragilidad. Aunque se presentó como un discípulo de Lavagna, asumió el ministerio con una serie de atribuciones que solo podían compararse con las que había tenido Domingo Cavallo durante el apogeo del menemismo. Confiado en sus propias fuerzas, la suya y la de sus aliados, apostó por frenar la corrida que se llevaba puesto al peronismo, revertir la tendencia y llegar competitivo a las elecciones de 2023 como único heredero del proceso que había nacido del dedo de Cristina cuatro años antes. Un nuevo Alberto, más eficaz, más disciplinado, menos ambiguo, más brutal en su ejercicio del poder: eso pretendía ser y, quizás, todavía lo pretende.

Sin embargo, la misión de replegar al peronismo sobre las demandas del mercado e iniciar un proceso que refrendaba el programa trazado por el FMI tenía riesgos elocuentes. Massa comenzó a advertirlos con claridad en el inicio del año electoral, cuando los números de la economía empezaron a enviar nuevas alertas en materia de inflación y reservas. Entonces, decidió declararse prescindente de la pelea de fondo y dijo que no era posible ser, al mismo tiempo, ministro y candidato.

Una vez más, las expectativas desmedidas que él mismo había generado en torno a su potencia le jugaron en contra. Massa repitió en actos públicos y reuniones privadas que no tenía pensado competir por la presidencia en el siguiente turno electoral. Lo hizo a fines de 2022 en una reunión en la casa de Eduardo Eurnekian ante un grupo de empresarios amigos entre los que se destacaban Eduardo Elsztain, Eduardo Escasany y el director histórico de Techint, Daniel Novegil. «Lo que yo tengo a favor es mi cédula», les dijo. Con un lenguaje más propio de sus interlocutores o de sus padres, el creador del Frente Renovador aludió a la edad que figura en su DNI. Insinuó que a los 51 años puede esperar cuatro más para ver cómo el próximo gobierno se ocupa de la pesada herencia que le espera: la inflación récord en más de treinta años, una brecha que resiste altiva en el 100%, la histórica restricción externa apenas maquillada, una deuda en pesos que estimula versiones de reperfilamiento y una economía que marcha hacia el estancamiento, producto del derrumbe del salario real que él mismo profundizó en forma acelerada, y la falta de dólares que solo pudo atenuar con medidas de corto plazo.

Como tantas cosas en el exintendente de Tigre, su promesa de declararse fuera de la carrera presidencial tenía una contracara y contrastaba con la versión que la agencia de lobby del cubanoestadounidense Alfredo «Freddy» Balsera difundía desde su sede en Florida. Contratada por gente del propio gobierno que abonaba la candidatura de Massa y se animaba incluso a declararlo presidente antes de tiempo, la agencia promovía en los Estados Unidos la hipótesis opuesta a la que el ministro sostenía a la misma hora en el plano local. Massa puro, a gusto del consumidor. Con información privilegiada o comprando un globo de ensayo, en los círculos de poder demócratas en los que se mueve Balsera miraban a la Argentina y se esperanzaban con que la avenida del medio llegara finalmente al poder por la vía de los votos.

El ministro logró en su alianza con la vicepresidenta el activo de un respaldo social que había perdido, pero su política daña a la base electoral del cristinismo. Aunque el período que va desde agosto de 2022 hasta las primarias parece sintetizarse en la consigna Cristina es Massa, solo ella sabe hasta cuándo será así. El eventual ascenso de Massa como sucesor de Cristina en el peronismo representa para los círculos de poder financiero internacional una posibilidad muy concreta, que desean con tanta o más intensidad que sus voceros locales. Así como Macri ilusionó a medio mundo con el espejismo de que podía ser el nombre que dejara atrás a la Argentina populista con un proyecto sólido y duradero, Massa regresa como uno de los más firmes candidatos para decretar desde el peronismo el fin de ciclo kirchnerista. Lo que en Macri era una promesa de arrasar con los vicios del estatismo peronista aliado al PJ institucional que se le parecía demasiado, podría ser en este Massa reciclado una variante no traumática en la que el cristinismo cediera, manso y sin remedio, a su propia extinción. Otras opciones, como la de Daniel Scioli, perfilan otro tipo de acuerdo, con bastante menos autonomía para el candidato. Nadie puede saberlo. Sin embargo, el contexto se dibuja con nitidez.

De cara a lo que puede ser el amanecer de un nuevo ciclo de negocios que se apuntale en la transición energética a partir de los metales críticos y un período que se apalanque en el auge de nuevos commodities como el litio, la Argentina vuelve a ser rentable. Más aún cuando el enojo con la política redunda en la emergencia de actores como el líder del mesianismo de mercado Javier Milei, permite el regreso de Cavallo en su rol de catedrático y anuncia una definición entre dos proyectos que en el exterior asimilan a dos tipos de menemismo. Treinta años después, justo cuando vencen las grandes concesiones que Menem otorgó en la era de las privatizaciones para sectores fundamentales de la economía, el mercado apuesta fuerte por un escenario despejado para el shock, sobre las cenizas de un populismo que se ordena detrás del ajuste. Incluso con el escenario contemplado de una nueva recaída en el default, los fondos de inversión y los bancos vislumbran otra vez desde Wall Street a un país que está de oferta o de remate y se abre a un revival de reformas neoliberales con consenso social, en parte gracias al plafón histórico que puede aportar un peronismo reseteado por el establishment. A la oposición, por supuesto, le sobran candidatos que pretenden cumplir el mismo sendero. Todo depende de la paciencia social.

Si mantiene las variables esenciales bajo un relativo control, Massa llegará al final del gobierno de los Fernández en mejores condiciones de las que enfrentó en el inicio. Sin el peso territorial que había logrado edificar en su pubertad de candidato y sin medir bien en las encuestas, Massa logró de entrada pararse como uno de los accionistas del Frente de Todos e imponer la ficción de una alianza dividida en partes iguales entre tres grandes actores del poder. Hizo milagros con un partido que se había reducido a la quinta parte de lo que llegó a ser y veía que hasta en Tigre se rebelaba Julio Zamora, el peronista al que creía su delegado. Hizo equilibrio en un tablero inestable y consiguió el apoyo de dos socios que solo se decidieron a empoderarlo cuando se vieron ellos mismos frente a la posibilidad del abismo. Ni Cristina ni Alberto querían ser los responsables de estrellar por primera vez al peronismo en el gobierno. Pero la cuota de poder de Massa en un barco a la deriva no lo conformaba y sus largos ejercicios de elongación para entrar y hacerse cargo lo llevaron a advertir una oportunidad donde otros solo veían un desenlace traumático.

Aunque los dos Fernández desconfiaban de él y resistieron a su manera la asunción de Massa como interventor del gobierno, en la práctica no hicieron más que allanar el camino para su consagración y le dieron legitimidad a las mismas ideas económicas que, se suponía, venían a contradecir. Massa supo ubicarse a resguardo mientras el presidente y su vice se dañaban el uno al otro. Supo también convencerlos, tanto a uno como a otro, de que su lealtad sui géneris estaba garantizada. En el entorno de Massa, todavía hoy afirman que él nunca entregó a Alberto y lo acompañó hasta donde pudo. Recién cuando vio que su mandato se hundía de manera irremediable, jugó todas sus fichas a convertirse en el heredero de Cristina.

A tres décadas de su gran salto inicial, de la UCeDé al peronismo, y diez años después de su ruptura con Cristina para ser candidato a presidente del antikirchnerismo, Massa dice que se considera joven para ir por el premio mayor. Podría ser parte de un doloroso aprendizaje y de una reinvención que lo llevara a actuar en política con una concepción distinta. O podría ser también la aceptación de los límites indisimulables que enfrenta su proyecto de poder. Sería toda una novedad histórica, porque la esencia del político bonaerense que trabaja desde hace una década para ser presidente no puede alterarse y la espera es, para él, un sacrificio difícil de soportar. Impredecible y contradictorio, Massa asegura que no tiene por qué apurarse y hace gestos que insinúan un comportamiento distinto, como si pudiera aguardar sin comerse las uñas a que decante el escenario político. Como si descontara que el próximo gobierno tiene como único horizonte avanzar una vez más con el ajuste que él mismo inició y se creyera capaz de hacerse a un lado con la confianza de que en el futuro su rol de piloto de tormentas será revalorizado por una sociedad tan cambiante como su dirigencia. Si se decidiera a competir en 2023 y cumplir con el vaticinio de Máximo Kirchner —el primero que lo incluyó en una lista de presidenciables a poco de asumir Fernández—, podría tal vez unificar a distintos sectores del peronismo detrás suyo y encender los motores de su maquinaria de poder para nacionalizar sus promesas. Pero también su caso podría parafrasear el eslogan que el cristinismo le colgó a Scioli en 2015, esta vez en una versión bastante más ingrata: el candidato es el ajuste. Tal vez por eso, el exintendente diga que no se puede ser ministro y candidato.

Tan anunciado como frustrado, el tiempo de Massa siempre fue el de la urgencia y los movimientos precipitados. La realidad rebelde que aguó más de una vez su campaña publicitaria y la sociedad escéptica que lo vio desnudo en su exhibición de socio de todos empujan para que se decida a esperar sin garantía de éxito. Massa ya demostró que no necesita ganar elecciones para estar en la cima del poder. Si deja pasar la oportunidad de ser candidato y líder del peronismo, será porque las condiciones no estaban dadas para él. O porque la seguidilla de frustraciones en una Argentina ingobernable lo obligó a cambiar para siempre. Hasta su propia noción de tiempo.

Tomado de jacobinlat.com

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