¿Hay que comerse a los ricos?

Sarah Babiker* 

17/10/2022

 

Últimamente en las redes sociales, en las animadas conversaciones que van de internet a las sobremesas y de las charlas de amigos a las tertulias televisivas, noto crecer la rabia, un crepitar inmoderado, una indignación largamente macerada hacia esos grupos de gente que vive desgajada de los límites y de las intemperies, llevando una existencia injustificable, insostenible y a todas luces insultante lejos del democrático miedo a no llegar a fin de mes, a no tener acceso si quiera a lo imprescindible después de haber peleado tanto.

Es en los tiempos en los que la precariedad se hace más evidente e insoslayable, cuando el aliento real de la escasez se siente sobre la nuca, ante la caja del supermercado, en la perspectiva de pasar frío en invierno, o no llegar a cubrir las necesidades de los tuyos, cuando se activa con más lucidez ese desasosiego interno. Sucede cada vez que ves a alguien con mucho dinero y poca vergüenza pidiendo que se cuide a las rentas más altas, cuestionando los impuestos, diciendo gilipolleces a miles de años luz de las preocupaciones del prójimo. En este marco, cuando los derroches de los otros se vuelven insoportables, y ya no hay quien tolere sus pretensiones de salir indemnes de la escasez que afecta a tantas.

Ese cabreo proletario, el queme de los de abajo, es la gasolina necesaria para que se mueva el motor de la historia hacia un reparto de lo existente más justo, más humano. Es la pócima mágica de Astérix, que debemos ingerir para ser más fuertes que la mierda neoliberal que se ha extendido por los discursos y subjetividades para instalarnos la cantinela de que hay para quien se merece, y quien no tiene es que no se lo gana, que debemos aspirar a acumular, aislados de los otros, impreocupados por la miseria que nos rodea.

Es patente que hay ganas de reírse de los ricos, personalizar la venganza en una cara que aparece repetitivamente en las pantallas, en forma de it girl aristocrática, de cayetana desmesurada, o de pijo militante. Hay mucha risa, mucha guasa con la gente de un rico caricaturesco. Es gratis y reconfortante, como actividad colectiva, encarnizarse con cualquier mindundi intoxicado con su propia abundancia hasta el punto de vivir totalmente desconectado de este mundo.  A ratos no conseguimos trascender los crueles señalamientos personales, cuando el problema trasciende lo personal, es estructural y no hay meme que lo desactive.

No sirve de nada comerse a los ricos, pero sí asumir que se tiene derecho a comerse una parte de lo suyo, que hay que comerse lo de los ricos cuando hay gente con hambre, que hay que obligarles a ser menos ricos. ¿Odiamos a los ricos? Lo que odiamos es tener que escuchar cómo justifican sus privilegios con los argumentos más perezosos, que si se suben los impuestos llegará el paro y el averno, que hay que cuidar a los empresarios porque entonces quién levantará el país. No es solo legítimo, sino de se sentido común, odiar a quien hace apología del egoísmo como si eso fuera lucidez, odiar a quienes se benefician del empobrecimiento ajeno. ¿Cómo no nos van a dar ganas de comernos a los ricos?

Quizás podríamos aprovechar la mala leche política que nos asalta para invalidar la broma esta de tener que aguantar que nos pontifique gente apestosa de riqueza mientras alrededor, en la calle, en todas partes, vemos tantos naúfragos. Que nuestras ganas de comer ricos no sean caprichosas y coyunturales, sino que sirvan para alimentar cambios estructurales que se basen en hacerles decrecer para que nos alejemos todos de la intemperie.

Es ahora, cuando asoman las costuras de un entramado demasiado frágil para tanta gente, y la ultrariqueza deviene ofensiva ante nuestras urgencias económicas, cuando un compromiso político y de justicia social como es garantizar lo mínimo a todas y todos, cobra particularmente sentido. Tener lo básico para poder pensar en cómo organizamos la escasez. Disponer de lo suficiente, y que otros no tengan demasiado. Garantizar un mínimo imprescindible para que no nos veamos arrastrados a competir por migajas. Rebajar, en definitiva, el odio hacia los ricos, no haciendo un ejercicio de autocontención y buen rollo, si no quitándonos razones para odiarles. Porque nadie quiere comerse a los ricos, lo que queremos es saber con seguridad que tendremos lo necesario.

Quizás, con una renta básica universal se nos quitarían un poco las ganas de comernos a los ricos.  No solo porque tendríamos asegurada nuestra existencia, lo cual quieta bastante tensión. Si no también porque repartiendo la riqueza entre todos, erradicando la pobreza y recortando la desigualdad, sería mucho más difícil ser asquerosamente rico, lo que es una buena noticia para todos.

 

*Sarah Babiker: Feminista, activista a favor de la renta básica. Periodista obsesionada con la lucha contra toda forma de desigualdad. Integrante de El Salto Diario.
Tomado de: Sin Permiso

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *