Roca, la fundación del Estado argentino y la masacre

Por Daniel Campione

Julio Argentino Roca es un auténtico fundador del Estado argentino. Es una constatación que precede a la valoración crítica de su papel.

Con sus gestiones presidenciales, en especial con la primera, coinciden el avance en la ocupación efectiva del territorio, matanza de indígenas mediante, el arreglo de los principales conflictos de límites, la federalización de Buenos Aires. Asimismo la configuración del Ejército argentino (incluyendo el servicio militar obligatorio y su carácter de única fuerza armada terrestre en el país), el establecimiento de la unidad monetaria, las medidas que dieron forma a una parcial separación entre Iglesia y Estado, la regulación básica de la educación pública.

Se genera por primera vez una maquinaria estatal consolidada, y al mismo tiempo se dedican esfuerzos y recursos materiales y simbólicos a generar una ciudadanía antes inexistente. Donde había gauchos, indios e inmigrantes recientemente arribados, el estado se propone crear “argentinos”, fieles súbditos del Estado nacional, impulsados por un “patriotismo” que hasta ese momento no había tenido referencias firmes.

Lo hace a través de la expansión de la educación pública, la conscripción obligatoria, la institucionalización del culto patriótico. 1880 puede ser considerada como fecha de origen del Estado argentino con motivos al menos tan sólidos como 1816 (la declaración de independencia de España) o 1852 (la primera constitución nacional).

Perfil del “Hombre de Estado”.

Nació en Tucumán, hijo de un guerrero de la independencia, el coronel José Segundo Roca, hombre todavía sin fortuna, que también tomó parte en la guerra con Brasil y en varios episodios de los conflictos civiles.

Durante su trayectoria, Julio Argentino experimentó un fuerte ascenso social, individual y de su entorno inmediato. Se convertirá en un propietario rural de primer orden, en parte gracias a donaciones estatales. Y su grupo familiar será pionero en el enriquecimiento a través de contratos estatales (provisión a las fuerzas armadas, en primer lugar). Será alguien que comprende (y contribuye a organizar) los mecanismos de enriquecimiento rápido, diversificado y asociado a la prebenda estatal. Los mismos que caracterizaron la conformación de la clase dominante en la Argentina “moderna” y se extienden hasta nuestros días.

Roca se identificó ininterrumpidamente con el orden, con el país “oficial”. En el ejército, desde 1859 en adelante, jamás estará del lado de los insurrectos o los disconformes. Luchará contra el “Chacho” Peñaloza, alzado en armas en La Rioja. Hará, disciplinado, la guerra del Paraguay, a la que amplios sectores se resistían. Marchará a la caza de Ricardo López Jordán, una y otra vez rebelde en Entre Ríos. Derrotará a la sublevación del ex presidente Bartolomé Mitre, en 1874. Todo hasta llegar en 1877 al ministerio de Guerra, de ahí al comando de la “campaña al desierto”, y finalmente a que las armas de la nación impongan a Buenos Aires, breve guerra civil mediante, su candidatura presidencial y la “federalización” de la ciudad.

La “Nueva Argentina”.

El general tucumano será la figura política decisiva durante treinta años, desde fines de la década de 1870 hasta poco antes de 1910. Electo presidente dos veces (1880-1886 y 1898-1904) en el interregno entre ambas presidencias fue el líder político más gravitante, el organizador de la maquinaria política nacional. Esos roles coinciden en el tiempo con el ingreso más pleno de Argentina al mercado internacional, cuando el cereal primero, y la carne después, se unen a la lana (y la superan) como principal rubro de exportación.

Y las inversiones británicas (y en menor medida estadounidenses) se orientan cada vez más a la infraestructura para el comercio exterior, en forma de ferrocarriles, puertos, frigoríficos. Ese crecimiento agroexportador está asentado en parte en un acelerado reparto de tierras, que tiene en los nuevos espacios generados por la “conquista del desierto” y en la más gradual campaña del Chaco, una base fundamental.

Los grandes apellidos locales, que controlan la tierra pero también inciden en los bancos, el gran comercio y parte de las incipientes industrias, se asocian con el capital extranjero que se reserva el dominio del transporte, los servicios públicos y las comunicaciones.

Esa integración será sustento, al mismo tiempo, de una gigantesca modernización económica, y asimismo social y cultural. La “oligarquía argentina” comienza a pensarse como la hacedora de un gran país, de una porción de civilización de matriz europea en el bárbaro suelo de América del Sur. Los intendentes de Buenos Aires de la época derriban buena parte de la ciudad colonial para convertirla en una metrópoli de pretensiones “civilizadas”.

Él no será un intelectual, pero sabrá servirse de los intelectuales. A su lado, como ministros, consejeros o secretarios privados, estarán Eduardo Wilde, Paul Groussac, Joaquín V. González, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Alberto Navarro Viola. No escribió más que correspondencia y discursos, sin embargo logró sentar las bases de un “proyecto de país” desplegado hasta el presente.

Destacados hombres de letras brillan en los salones porteños, cultivando un estilo más mundano y cosmopolita que el de sus antecesores. En lo político-institucional, el dos veces presidente pondrá en marcha la “república posible” ideada por Juan Bautista Alberdi, que culminará su obra escribiendo una celebración del papel de unificación e institucionalizador del general con aspecto de “archiduque austríaco”, La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por Capital. Tal república se hallaba irrealizada hasta el 80, atrapada en un horizonte de guerras civiles y rebeliones constantes.

Con el fraude electoral, sistematizado y en parte “desmilitarizado”, con la Liga de Gobernadores y el partido autonomista nacional, el P.A.N. (lo que explica magistralmente Botana en El Orden Conservador) Roca construye un escenario de “pacificación” y de consolidación de la autoridad nacional. Y de administración racional y ordenada de una sociedad cuyas premisas básicas ya no se discuten en los círculos del poder.

Al interior mismo de las clases dominantes, el Estado nacional del período “roquista” actuará como enlace entre distintas fracciones territoriales de esas clases, asentadas en cada provincia. Y hasta ese momento siempre enfrentadas con la burguesía predominante de Buenos Aires, y en disputa por el poder político local y regional.

El general organiza un cierto “reparto” en materia de inversiones estatales, que afianzan la integración de esas burguesías locales, incluyendo las no ligadas a la generación de excedentes exportables en la región pampeana. Éstas últimas se incorporan al aparato estatal nacional y sus representantes más dilectos circulan fluidamente por los cargos públicos nacionales.

Una parte de esa obra de consolidación de las clases dominantes y del Estado está ligada al control represivo, cuando no al exterminio, de las “clases peligrosas”.

El control sobre los habitantes no indígenas del medio rural, su reducción a mano de obra asalariada o a carne de cañón en los fortines, es anterior a la actuación político-militar del tucumano. A él sí le tocará encararse contra los “malones” provenientes primero de Salinas Grandes y luego de Nueva Pompeya y Almagro (como escribiera David Viñas).

Primero los indios, después los “gringos”.Se pasa a defender lo “criollo”, marcando fronteras sociales internas.

En dirección a los “salvajes” la segregación se corporiza en las normas orientadas a conquistar el desierto (con su empréstito reembolsable en tierras y sus leyes de premios militares). Y para los extranjeros en la Ley de Residencia, la 4144, de 1902, que faculta a la expulsión de migrantes “indeseables’ por su actuación social e ideas políticas.

Lo acompaña una ideología de defensa violenta del orden establecido, que sería completada por el “higienismo”, el racismo de base biologista, y la criminología. La protesta social es considerada delito, motivo de exclusión de la comunidad nacional y del territorio. El adversario de clase es pintado como criminal nato, bestia con forma humana, para legitimar su represión y de ser necesario, su aniquilación.

La mirada desde el presente.

Tal como lo esbozamos brevemente, el hombre de “Paz y Administración” o, mejor expresado, el sistema que impuso, fueron decisivos en la formación de nuestro país y sus huellas continúan hasta el presente.

No por azar la prédica más conservadora en nuestra sociedad tiene aún un eje central en la referencia al presidente de 1880. Se lo considera como “padre fundador” de un orden perdido, un tiempo de esplendor, irrepetible hasta ahora, que habría que recuperar. En las versiones más radicalizadas, predomina un “decadentismo” que equipara al comienzo del irrefrenable declive nacional con el ocaso del “orden conservador” presidido por la figura de Roca.

La reivindicación de ese orden de profunda dependencia económica y desigualdad social; antidemocrático, elitista, racista, dice mucho acerca de quienes la propician y del modo en que entienden la defensa exclusivista de sus intereses de clase.

Una perspectiva de superación del imperio de la desigualdad y la injusticia, que entronque con las mejores tradiciones de luchas sociales y de impugnación del sistema capitalista no puede estar sino en las antípodas del culto al “conquistador del desierto”. El país oficial, con entusiasmo o reticencias, le sigue rindiendo homenaje a través de monumentos, y nombres de calles y ciudades.

Quienes abrevan en una pretensión crítica, aspiran a la ruptura de los hilos de continuidad con el “modelo de país” que edificó, basado en la explotación, la segregación y el crimen. La Argentina que queremos no puede ser la misma que la “hija” de Roca.

Tomado de contrahegemoniaweb.com.ar

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