Maduro y Castro

Por: Jesús Puerta

El Castro del título no es Fidel, sino Cipriano. Aunque también del otro voy a hablar, pero solo de pasada.

A propósito del tema del reclamo del Esequibo, ha habido muchas reflexiones y propuestas. De una lectura sucinta de ese cúmulo de documentos, a uno le quedan claros algunas explicaciones de por qué llegamos a este punto, sin aliados, sin fuerza, pataleando en una Corte Internacional, convocando un referéndum que, si le paramos a Escarrá, más parece un examen de una materia filtro en la Facultad de Ingeniería (30 preguntas: ¡por Dios!), que un ejercicio de la maquinaria del PSUV o una forma de sabotaje a la primaria de la oposición:

  1. por diversas razones, desde inconsistencia institucional del Estado venezolano (sobre todo en el siglo XIX: leer Laureano Vallenilla y, en el otro extremo, Augusto Mijares; es decir, pesimismo y optimismo sobre nuestra nación), pasando por falta de carácter y comprensión del problema (coño, pana; se trata de los intereses de una Nación, no de mi familia y amigos), por dejarse llevar por el chantaje del discurso antiimperialista (pobrecitos los guyaneses, tan colonia liberándose del maligno imperio británico; hay que luchar todos los pobres de la tierra frente al opresor que habla inglés) o simple cálculo de una muy posible derrota en el campo militar (no lo llamen temor o falta de bolas, por favor), no hubo una política coherente y exitosa en esa reclamación territorial, sino algo así como: “dámelo, pero si no me lo das, está bien; seguimos siendo amigos”
  2. Ya es como tarde seguir con esa puja, porque hasta los amigos chinos están salivando con el negocio de esas plataformas marinas (aunque parece que, en realidad, no hay tanto petróleo como se creía, y la Exxon y sus socios chinos están reconsiderando esas inversiones). Entonces vienen las reflexiones sobre la descomposición de la Nación, la incapacidad del gobierno, su compromiso o dependencia de la política cubana que desde los setenta (para no decir “siempre”) respalda a Guyana, etc. O sea, las justificaciones del zorro cuando ve que las uvas están muy lejos, y la rapaz medita acerca del mal sabor de la fruta. Y es que, de verdad, no podemos hacer más de lo que hemos hecho. Ahora vamos a la CIJ, ¡imagínate!
  3. Posiciones cosmopolitas: “en realidad, eso del nacionalismo está pasado de moda, “demodé” (se acuerdan de CAP)”. “En realidad, el nacionalismo y el patrioterismo, ha sido un recurso demagógico de todas las élites para someter al pueblo”. “Hay que actualizarse con la globalización, la Inteligencia Artificial y la robótica en vez de estar pensando en términos del siglo XIX”. Y así.

En fin, no es fácil asimilar esto. Propuestas que suenan bien, mueren porque el gobierno ni las escucha. Eso de convocar a un gran acuerdo nacional por la soberanía, instalar una base militar-científica en la isla de Corocoro (buscar en Google: isla situada en el delta del río Barima en pleno Atlántico, entre las costas de Delta Amacuro Venezuela y el Esequibo) y otras medidas, para reclamar juntos, mostrar músculo más allá del PSUV. Mostrar amplitud y patriotismo, etc.; suena bien; pero el realismo aquí se vuelve pesimista y viene a colación Castro.

La invocación viene a cuento porque, como es sabido, Cipriano Castro, cuando las grandes potencias bloquearon nuestras costas cobrando una deuda impagable, este presidente de la República convocó una gran unidad nacional frente al invasor extranjero y tomó una serie de medidas que confirmaban esa actitud. Soltó todos sus presos políticos, incluso liberó a su enemigo acérrimo, que había estado levantado en armas contra él, José Manuel “el mocho” Hernández.

Pero aquí pedir (“exigir” suena muy duro ¿suena mejor “solicitar”?), por ejemplo, la liberación de los presos políticos, el cese de la judicialización de los conflictos laborales, la devolución a los partidos de su personalidad jurídica y sus tarjetas y la suspensión de las Zonas Económicas Especiales, a cambio de un “acuerdo nacional por la soberanía” que no se sabe cómo se come, suena a clamor en el desierto. Queda como un gesto, además, porque mezcla cosas de diferente grado de necesidad para el gobierno. Si se quiere hacer el gesto, está bien. Pero estemos claros que solo quedará en una declaración perdida en la vorágine diaria de lo que queda de medios de divulgación y las redes. O sea, un instante.

De modo que Maduro no es, ni puede ser, un Cipriano Castro. Y ahí sí es conveniente nombrar al otro Castro, Fidel, quien desde los setenta defendió los intereses de Guyana, primero (hay que decirlo) frente al imperio británico en decadencia ya, y, segundo, contra los intereses venezolanos, a los que no tuvo empacho de caracterizar como agresivos y de “gran potencia”. Maduro rinde culto a Fidel (igual que Chávez), por eso no va a hacer nada “agresivo”, mucho menos “contundente” frente a Guyana y sus socios.

Por otro lado, viene sonando un planteamiento de diálogo desde otro lado; nada menos que del padre Luís Ugalde, ex rector de la UCAB y líder espiritual de la oposición. El texto de Ugalde se titula “Acuerdo nacional o derrota” y dice cosas que vale la pena leer y reflexionar.

Por supuesto, los destinatarios son los dirigentes de la oposición, de esa que va a la primaria. Ugalde caracteriza como inútil la rabia y la frustración a la hora de pensar una solución a los graves problemas del país y poder avanzar en el cambio en el cual todo el mundo, en principio, está de acuerdo, hasta el gobierno (¿sí?). La rabia y la frustración deben dar paso a la reflexión. Otra afirmación redonda es que “entre todos los opositores (…) ninguno tiene la fuerza suficiente para derrotar al actual gobierno y conducir exitosamente la necesaria transformación y construcción del país”. De allí, su llamado al diálogo y al acuerdo. “Acordar incluso con aquellos que nos agraviaron y nos dañaron”, dice muy cristianamente Ugalde. Hay que recordar que el cristianismo (el Islam también, sea dicho de paso) eleva el perdón (y la misericordia) a uno de los rasgos definitorios de lo Divino. Hay rencores que, para ser superados, hay que ser todopoderoso. Vale.

Luego en el texto de Ugalde vienen los inevitables ejemplos de Mandela perdonando a su torturador blanco racista, los dirigentes chilenos de la larga transición que todavía no ha dejado muy atrás que se diga a Pinochet, la capacidad de los líderes democráticos de las exrepúblicas soviéticas para no castigar a los torturadores de la KGB y la Stassi alemana y, por último pero no menos importante, la competencia política demostrada por AD, COPEI, URD y demás para, tras largas décadas de mutuo rechazo, llegar a acuerdos para viabilizar la democracia representativa a partir de 1958.

De modo que (cambiando un poco el lenguaje teológico) lo que se impone es la acción comunicativa, crear esas condiciones ideales (contrafácticas) y éticas del diálogo que Habermas describió: a) que todos usen el lenguaje y sus palabras con los mismos sentidos, b) que todos tengan el mismo derecho a participar (isogonía), c) que haya sinceridad, d) que haya acuerdos en los métodos y medios de corroboración de los hechos. Difícil, muy difícil.

A pesar de todo, las cosas se mueven. Por ejemplo, en Estados Unidos hay un nuevo enfoque de las sanciones en general, como medio político del gobierno norteamericano frente a gobiernos no-amigos, y en particular, en relación a las sanciones hacia los gobernantes venezolanos actuales. La Administración Biden, siguiendo el pragmatismo tradicional gringo, quiere cambiar el enfoque extremista o principista de Trump. En otras palabras: se ha dado cuenta de que las sanciones no tumban gobiernos, por lo que sus objetivos deben ser acotados, más específicos y evaluables con precisión. Las sanciones no solo afectan a la población sin hacerle mella a los déspotas, dicen los asesores de Biden; sino que incluso afectan intereses norteamericanos. No es lo mismo exigir la renuncia de Maduro, lo cual no se logra así no más, que pedirle meter unos tipos en el CNE, liberar a unos gringos ahí, así como la entrada concertada al negocio del petróleo, el oro, los metales “raros”, en las ZEE, etc. (ahora es que hay negocios posibles en Venezuela). Además, es bueno hablar para que no le den tanta participación a los chinos, rusos e iraníes, cuando nosotros (los gringos) tenemos dólares y estos todavía valen que jode y quién sabe por cuánto tiempo más.

Otro ejemplo de diálogo acotado: las autoridades de la Universidad de Carabobo convirtieron durante cerca de dos décadas (desde 2002, siendo más específicos) al Consejo Universitario, en una célula de una oposición insurreccional. Recuerdo clarito a unas directivas cerrando las rejas del área de postgrado y anunciando, con la misma actitud resuelta de los muchachos guarimberos con sus cohetones y molotovs, que eso no se abría mientras estuviera ese presidente ahí. Pasaron las derrotas, pasó el tiempo. Y, de pronto, hubo un acuerdo con el ministro de entonces (uno que después apareció en la pandilla de El Aissami) acerca de unas primas extraordinarias para las autoridades y personal directivo de la Universidad. No solo eso: se llegó a un acuerdo para realizar las elecciones universitarias. Y más allá: la propia rectora apareció muy sonriente al lado del Drácula de Carabobo anunciando algunas mejoras en la estructura física de la Casa de Estudios, en un acuerdo buenísimo que incluyó “meterle la mano” a edificios. Se dice, incluso, que la nueva fórmula rectoral está pendiente para la aprobación de Drácula. Incluso que este está dispuesto a aceptar un rector que, hasta hace poco, decía que dedicaría su vida a derribar al tirano. Así son las cosas. A veces y para ciertas cosas concretas, el diálogo funciona.

Hay otros ejemplos de diálogos acotados: los del gobierno con Fedecámaras, el “coco” de la burguesía”. Hay antecedentes de esto. Por ejemplo, el diálogo de Chávez con el empresario global Cisneros. “Ganar, ganar”, dicen los especialistas. En este enfoque quedan fuera los extremos. Por supuesto, adiós socialismo; claro. Pero, incluso, adiós democracia participativa.

Ya dijimos que Maduro no es Cipriano Castro. Tampoco los dirigentes de la oposición son apóstoles. Espero no se arrechen si digo que Drácula es Drácula y Jessy es Jessy. Estamos hablando de diálogos, no de conversiones milagrosas, como la de Saulo de Tarso que pasó a ser San Pablo. Hay que administrar sanciones; apartar rabias y frustraciones. Sanar las heridas, aunque el puñal todavía esté ahí en la herida. No es fácil.

Como decía Voltaire: Dios no existe, pero, a veces, sería bueno inventarlo.

Tomado de aporrea.org

 

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