Resistencia sobradamente justificada

Por Brian Anglo

Ochenta años después del levantamiento del gueto de Varsovia el 19 de abril de 1943, cuando ya no queda vivo ninguno de los participantes, mucha gente sigue planteándose la pregunta: ¿cómo es posible que los judíos europeos no opusieron una resistencia más generalizada y más pronta a su aniquilamiento sistemático por los nazis?

De hecho, ésta es precisamente la pregunta que se hicieron varias personas judías en aquellos momentos. En octubre de 1942, después de que los alemanes ya se hubieran llevado a casi trescientos mil judíos de Varsovia hacia la muerte de forma ordenada -y prácticamente sin problemas teniendo en cuenta la envergadura de la operación-, Emmanuel Ringelblum, el encargado de documentar la vida (y la muerte) en el gueto, se atormentaba con esta duda: “Deberíamos haber salido corriendo a la calle, haber prendido fuego a todo, haber derribado los muros y habernos escapado al Otro Lado. Los alemanes habrían tomado su revancha. Habría costado decenas de miles de vidas, pero no 300.000. […] ¿Por qué no resistimos cuando empezaron a trasladar a 300.000 judíos de Varsovia? ¿Por qué nos dejamos ser llevados como ovejas para el matadero?”[i]

Esta frase bíblica, “como ovejas para el matadero”, del salmo 44, resuena desde entonces como un leitmotiv en las reflexiones angustiosas de no pocos judíos.

Sin embargo, antes de examinar este interrogante más a fondo, conviene introducir un matiz, ya que la premisa en la que se basa no es del todo exacta. Tanto antes como después de esta revuelta, sin duda la más trascendente, se produjeron varios actos de resistencia colectiva, en algunos casos armada, en otros guetos e incluso dentro de algunos de los campamentos de exterminación.

Cabe mencionar, también, los grupos que se unieron a los partisanos que luchaban en los territorios ocupados por los alemanes, así como otras formas de rebelión más pasivas o individuales, como las fugas del gueto, las escapadas de los trenes durante el trayecto hacia las cámaras de gas, o los intentos de hacerse pasar por arios o de esconderse entre la sociedad fuera de los guetos.

Además, retrocediendo un poco más en el tiempo, se ve como ya desde finales del siglo diecinueve muchas personas judías se implicaron de lleno en el combate contra el ascenso del antisemitismo, del fascismo y del nazismo en los países donde vivían. También constituyeron hasta un 10 por ciento de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española, considerada la última oportunidad de parar el fascismo, aunque en la mayoría de los casos no participaron en tanto que judíos, sino como miembros de organizaciones laicos que defendían valores universales como la democracia o el socialismo.

Sin embargo, si nos centramos en Polonia, donde los nazis liquidaron casi toda la población judía de más de tres millones, plantear la pregunta aún hoy conserva buena parte de su sentido.

¿Por qué tan poca resistencia?

Por supuesto no existe una respuesta sencilla. Una de las explicaciones más frecuentes invoca una combinación de engaño y autoengaño. Los nazis hicieron todo lo posible para esconder sus intenciones, sembrando falsas esperanzas, introduciendo divisiones entre la población (se salvarán las personas productivas), prometiendo reasentamientos con nuevas oportunidades y llegando a organizar el envío de postales y cartas de judíos contando las maravillas de sus nuevos destinos. Ante esto, costaba creer la enormidad de lo que relataban las publicaciones clandestinas dentro de los guetos basándose en testigos de escapados de los campamentos o en informaciones proporcionadas por la resistencia polaca. “Eso nunca podría pasar aquí”.

Otro factor importante era el aislamiento, no sólo la segregación relativa de los judíos del resto de la sociedad antes de la ocupación, seguida de la separación física total con la implantación de los guetos después, sino el no contar con ningún referente o apoyo externo, como un gobierno en el exilio.

Dentro del gueto, la policía judía ejercía un fuerte control y ejecutaba las órdenes de los alemanes, transmitidas a través del Judenrat, o Consejo Judío, espoleada por ofertas de inmunidad o bajo pena de severos castigos por incumplimiento. Los alemanes tampoco tenían reparos en utilizar amenazas estremecedoras alternadas con los escarmientos más brutales, unas veces selectivos, otras totalmente arbitrarios.

Algunas explicaciones buscan razones más profundas y hablan de una tradición de adaptación, de evitar “provocaciones”, de minimizar los daños. En el gueto, esta actitud era encarnada por el Judenrat, compuesto precisamente por aquellos elementos de la comunidad que se lo habían apostado todo a la cooperación completa con la administración alemana.

Cambio de mentalidad

Fue sobre todo una parte de la gente joven quienes rompieron con esa “tradición”. “Para los laicos modernos la tradición judía de martirio, kiddush ha-shem [literalmente, santificación del nombre (de dios)], era la representación paradigmática del destino de la Diáspora contra el que se rebelaban”.[ii]

Al principio, buena parte de la población del gueto consideraba a esta juventud irresponsable y la contemplaba con escepticismo o miedo. Sin embargo, a medida que la Organización Judía de Combate (ŻOB), formada por diferentes grupos políticos de izquierda, tanto sionistas como antisionistas, iba eliminando a algunos de los policías y colaboracionistas más odiados, su prestigio y su apoyo crecían, mientras que los del Judenrat mermaban, hasta tal punto que el presidente del consejo les dijo a los alemanes: “No tengo ningún poder dentro del gueto. Otra autoridad rige aquí”.[iii]

Fue en gran medida este cambio que permitió a la ŻOB prepararse para el enfrentamiento final. Con gran dificultad se las ingenió para conseguir algunas armas. Al mismo tiempo, convenció a miles de personas para que construyeran refugios subterráneos que les ofrecieran alguna protección a ellas también. Notemos, de paso, que una situación tan extrema como esta no había borrado las diferencias de clase, así que “los judíos acomodados gozaron de búnkers notablemente más lujosos que los de los pobres”.[iv]

Hay que tener en cuenta que para entonces el 85% de los judíos que había habido en el gueto ya estaban muertos -unos 265.000 en los campos de exterminio, el resto dentro del gueto, de hambre, de enfermedades contagiosas o fusilados- y que de los setenta u ochenta mil que quedaban, la mitad se había registrado con las autoridades, mientras que la otra mitad se había pasado a la clandestinidad.

El acto final

Cuando los nazis entraron en el gueto el 19 de abril de 1943, víspera de la pascua judía, para empezar a deportar a ese 15% restante, toparon con los grupos armados que les estaban esperando y tuvieron que replegarse. Naturalmente, a pesar de la sorpresa inicial, no tardaron mucho en volver y se dedicaron a la labor de liquidar a los que permanecían sin el más mínimo reparo. Interrumpieron el suministro de agua, gas y electricidad, prendieron fuego a todos los edificios e introdujeron humo en la red subterránea de refugios y alcantarillado.

Para cuando la operación había concluido el 16 de mayo, con la voladura de la Gran Sinagoga como punto final (“un inolvidable homenaje a nuestro triunfo sobre los judíos”)[v], unos 57 mil judíos habían sido capturados o muertos -ejecutados, quemados en los incendios o enterrados bajo los escombros de los edificios derrumbados-, y unos cinco o seis mil se habían escapado (de los cuales la mayoría, sin embargo, fueron capturados después). Unas pocas decenas de miembros de la ŻOB, incluyendo a Zivia Lubetkin, una de las fundadoras, y Marek Edelman, otro de los líderes (de los que volveremos a hablar más adelante), sobrevivieron y pudieron salir del gueto a través de las cloacas. En el verano de 1944, algunos de ellos pudieron participar en la insurrección de Varsovia dirigida por el ejército nacional polaco, el cual les había dado armas para utilizar en su levantamiento el año anterior.

Por otro lado, según el informe de Jürgen Stroop, encargado específicamente de llevar a cabo la última fase de la operación, los alemanes (y las tropas de otras nacionalidades que les ayudaban) sufrieron 17 fallecidos y 93 heridos, aunque otras fuentes dan cifras bastante más altas.

¿Cómo evaluar, pues, esta reacción, contundente si bien tardía?

El significado del levantamiento: ¿una hazaña puramente nacionalista…

En opinión de Raul Hilberg, el historiador más destacado del Holocausto, este enfrentamiento no tuvo consecuencia alguna en cuanto al desarrollo posterior del proceso de destrucción. Sin embargo, dentro de la historia judía la batalla representó una verdadera revolución, pues después de dos mil años de una política de sumisión la rueda se giró y los judíos volvían a emplear la fuerza.

Efectivamente, los judíos -algunos cientos de hombres y mujeres jóvenes, al menos- emplearon la fuerza, la violencia, armas… y lo hicieron con toda legitimidad. Desde entonces, casi nadie ha puesto en duda su justificación. Ahora bien, sí cabe cuestionar si esta legitimidad es “transferible”, como propuso, por ejemplo, Yisrael Gutman, antiguo historiador principal de Yad Vashem, el centro israelí dedicado al Holocausto con la misión de “salvaguardar la memoria del pasado y transmitir su significado a generaciones venideras”.[vi] Según él, “la revuelta del gueto de Varsovia… se convirtió en un símbolo para aquellos que lucharon por la independencia de Israel”.[vii] O, en palabras de Dina Porat, actual historiadora principal de Yad Veshem, sería “una fuente de orgullo para los supervivientes y para toda la nación judía”.[viii]

Otro que quiso apropiarse de esta hazaña en beneficio del proyecto sionista es el exviceprimer ministro de Israel Abba Eban, para quien “la fuerza más positiva que surgió de las cenizas del Holocausto fue el ‘nuevo judío’ – el judío que ya no aceptaría de forma pasiva su destino, que lucharía por sobrevivir. […] El ejemplo más destacado de esta nueva actitud judía fue el levantamiento del Gueto de Varsovia”.[ix]

Vista desde ahora, inquieta la perspicacia de un miembro de HaShomer HaTzair (Joven Guàrdia) que detectó en una parte de la población judía del gueto el efecto perverso que el maltrato puede tener en las víctimas: “en el fondo de su corazón arde un sueño: ser como [los alemanes] – guapos, fuertes y seguros de sí mismos. Poder golpear, apalear e insultar, impunes. Despreciar a los demás, tal y como los alemanes desprecian a los judíos hoy.”[x] Imitar a los maltratadores “vengándose” en un chivo expiatorio inocente no es una consecuencia inevitable, pero resulta más probable si se promueven los supuestos intereses de la propia nación por encima de las de cualquier otra.

… o internacionalista y universal?

Como afirma Idith Zertal, “nacionalizar las revueltas del gueto fue una manera de nacionalizar la narrativa y sacar todos sus elementos contradictorios, no-sionistas…. El hecho de que las organizaciones paraguas implicadas en la rebelión incluían todos los partidos políticos fue minimizado u ocultado”.[xi]

La Enciclopedia del Holocausto, editada por Gutman, apenas menciona a Marek Edelman, a pesar de la importancia innegable de su papel en el levantamiento. Su libro[xii] sobre este episodio excepcional, el único escrito por uno de los protagonistas, salió publicado en Polonia en 1945, pero no apareció en Israel hasta el 2001. No es inverosímil ver aquí una relación con el hecho de que Edelman había sido miembro del Bund, partido socialista judío laico que se había opuesto fuertemente a la política de emigración hacia Palestina preconizada por los sionistas, en parte por su incómoda similitud con la emigración masiva (a cualquier destino) propuesta como solución al “problema judío” por el régimen polaco de antes de la guerra, muy hostil a los judíos.

Es cierto que la mayoría de los partidos integrados en la ŻOB eran sionistas (más o menos “de izquierda”) y que su comandante jefe, Mordecai Anielewicz, de sólo 24 años, pertenecía a HaShomer HaTzair (Joven Guardia), un partido sionista-socialista. Sin embargo, la ŻOB concebía su lucha dentro del marco de una lucha más amplia contra el nazismo, en común con otros, mientras que la Unión Militar Judía (ŻZW), compuesta fundamentalmente de partidos sionistas de derechas, con un enfoque estrictamente nacionalista, se mantuvo aparte.

Así, la famosa proclamación emitida por la ŻOB el 23 de abril de 1943, dirigida, más allá del gueto a los “polacos, ciudadanos, luchadores por la libertad”, rechaza enfáticamente la particularidad de su combate: “Se está librando una batalla por vuestra libertad tanto como por la nuestra. Por el honor y la dignidad humanos, cívicos y nacionales, tanto nuestros como vuestros”.[xiii]

Relevancia para otra resistencia

Pero si la revuelta del gueto de Varsovia contra el programa exterminador de los nazis no puede usarse para justificar ni excusar en modo alguno la opresión y expropiación del pueblo palestino de parte del Estado de Israel, tal vez sí puede proporcionar una comparación válida que vindicaría la resistencia de los y las palestinas contra ese tratamiento implacable.

Huelga decir que no se trata de establecer una equivalencia entre el Holocausto y la Nakba. La exterminación sistemática de seis millones de personas (no sólo judías) por su clasificación como raza inferior -un caso paradigmático de genocidio- es de un orden de magnitud y de abominación que admite pocas comparaciones. Sin embargo, la limpieza étnica, los castigos colectivos, la ocupación y la apropiación de tierras, la opresión y la persecución, igualmente metódicas, practicadas por el Estado israelí (o el protoestado que le precedió) son hechos que, si les aplicáramos los mismos criterios, legitimarían sobradamente una resistencia palestina, no contra “los judíos”, sino contra el Estado que pretende, falazmente, hablar y actuar en su nombre.

Y es así como lo vio Marek Edelman. En 2002, presentándose como “antiguo Subcomandante de la Organización Militar Judía en Polonia, una de las líderes de la Insurrección del Gueto de Varsovia”, dirigió una carta a “todos los dirigentes de las organizaciones militares, paramilitares y guerrilleras palestinas”.[xiv] Es decir, tratándoles de este modo “de tú a tú”, reconocía implícitamente la legitimidad de su lucha. El hecho de que en esta carta “se permite la libertad” de criticar, con gran respeto, algunas acciones de esta resistencia (concretamente los atentados suicidas contra la población civil), no hace sino reforzar ese reconocimiento.

Convertido en cardiólogo de profesión, estableció contacto con Mustafa Barghouti, presidente de la Unión de Comités Palestinos de Ayuda Médica, y apoyó a Marwan Barghouti, uno de los líderes de las dos intifadas, condenado a cinco penas de cadena perpetua en un juicio polémico.

A diferencia de algunos de los otros supervivientes de la ŻOB, que fundaron un kibutz con el nombre de Lohamé ha-Guetot, los Combatientes del Gueto, Edelman permaneció toda la vida en Polonia, manteniendo siempre una actitud crítica e independiente. Con ocasión del 45 aniversario del levantamiento, se negó a participar en la conmemoración oficial junto a las autoridades estalinistas de Polonia y los dignatarios sionistas venidos de Israel, prefiriendo asistir a una ceremonia alternativa en honor a dos dirigentes del Bund asesinados por orden de Stalin durante la guerra. Como sentenció: “Ser judío significa estar siempre con los oprimidos y nunca con los opresores”.

Hoy, parece que la mayoría de las personas en Israel y en los territorios ocupados que se identifican como judías no se sienten interpeladas por esta máxima (ni por la de Dionisio Uchu Inca Yupanqui, popularizada por Marx, según la cual “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”). Fuera de allí, en cambio, el número de judías y judíos que cuestionan no sólo las políticas del gobierno israelí de turno, sino el propio sionismo como proyecto de asentamiento colonial, con su corolario de “genocidio larvado”, no deja de crecer, al igual que la solidaridad con el pueblo palestino.

La autodeterminación palestina no puede ganarse sólo desde el exterior, pero eso no quiere decir que la izquierda debiera dejar que los palestinos luchen solos, como ocurrió con los combatientes del gueto de Varsovia en su combate a la desesperada contra un adversario incomparablemente más poderoso. En un contexto de acentuada represión, habría que preparar las movilizaciones en torno al Día de la Nakba, el 15 de mayo, con la máxima energía y urgencia.

[i] Citado en Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews, Holmes & Meier, Nova York, 1985.

[ii] Lucy S. Dawidowicz, The War against the Jews 1933-45, Penguin Books, Londres, 1990.

[iii] Ver Yitzhak Zuckerman: The Creation and Development of ŻOB, en Lucy S. Dawidowicz, A Holocaust Reader, Behrman House Inc., West Orange, N.J., 1976.

[iv] Hilberg, op. cit.

[v] Jürgen Stroop, citado en Kazimierz Moczarski, Conversations with an Executioner, 1981. https://en.wikipedia.org/wiki/J%C3%BCrgen_Stroop

[vi] https://www.milsteinff.org/supported-organizations/american-society-for-yad-vashem-inc/

[vii] https://www.myjewishlearning.com/article/warsaw-ghetto-uprising/

[viii] https://www.yadvashem.org/remembrance/archive/central-theme/defiance-and-rebellion-during-the-holocaust.html

[ix] Abba Eban, citado por John Rose en la introducción a Marek Edelman, The Ghetto Fights, Bookmarks, Londres, Chicago, Melbourne, 1990.

[x] Shmuel Braslaw, citado por Marcus Barnett, Remembering the Warsaw Ghetto Uprising, Jacobin, 04-19-2017 https://jacobin.com/2017/04/warsaw-ghetto-uprising-anniversary-socialists-radicals

[xi] Idith Zertal, Israel’s Holocaust and the Politics of Nationhood, Cambridge University Press, 2005.

[xii] Marek Edelman, The Ghetto Fights, Bookmarks, 1990

[xiii] En Lucy S. Dawidowicz, A Holocaust Reader, Behrman House Inc., West Orange, N.J., 1976.

[xiv] https://otwarta.org/en/wp-content/uploads/2014/08/To-all-leaders-of-Palestinian-military-organizations.pdf

Tomado de vientosur.info

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